Cuando jugar dejó de ser solo jugar
Yo empecé subiendo vídeos de juegos retro. Nada demasiado calculado: me gustaba ver a otra gente jugando a los títulos con los que había crecido y pensé que yo también podía hacerlo. Este artículo también gira alrededor de Twitch y de cómo una afición puede acabar pareciendo un trabajo.
Instalé unos emuladores, me puse a grabar y me entró esa mezcla de ilusión y ansiedad que aparece cuando descubres algo nuevo. Creo que publiqué cerca de cincuenta vídeos durante las dos primeras semanas. Una cosa muy sana y equilibrada.
Jugaba a Final Fight, Street Fighter y a todos esos juegos en los que uno avanza por la calle repartiendo estopa a cualquiera que se cruza. Nunca he sabido muy bien por qué, pero aquello me producía una paz extraordinaria.
Lo que empezó como una afición terminó convirtiéndose en más de mil vídeos publicados en YouTube. Poca broma.
Con el tiempo fui dejando atrás los juegos retro y acercándome al género que realmente me tenía atrapado: los RPG de acción. Diablo, Path of Exile y cualquier juego que me permitiera pasar cientos de horas buscando un objeto ligeramente mejor que el que ya llevaba equipado.
Una manera estupenda de aprovechar la vida.
De YouTube a Twitch
Durante mucho tiempo consumí principalmente YouTube. Era una plataforma pensada para vídeos y los directos todavía parecían algo metido allí con calzador.
Twitch, en cambio, estaba construido alrededor del directo. Encendías la cámara y la conversación comenzaba inmediatamente. Eso era lo que me atraía.
Bueno, eso y escapar del espectador que entraba únicamente para escribir:
—Salúdame.
—Hola, Ernesto.
Y ya está. Una experiencia inolvidable para ambas partes.
Cuando llegué a Twitch no lo hice completamente solo. Ya tenía una comunidad considerable en YouTube y una parte de ella vino conmigo, lo que me permitió empezar con más espectadores que otros canales de aquel mismo nicho.
Pero lo que realmente hizo crecer el canal fue Path of Exile.
Yo venía de jugar muchísimo a Diablo, pero en Path of Exile era prácticamente un bebé. El juego era bastante más complejo y había gente en el chat que sabía muchísimo más que yo.
En lugar de fingir que controlaba, preguntaba. Ellos me explicaban las mecánicas, yo las probaba y después convertía lo aprendido en pequeñas guías para principiantes: vídeos cortos y directos, pensados para evitarle al siguiente jugador los mismos errores que yo acababa de cometer.
Aquello funcionó. YouTube llevaba gente hacia Twitch; en Twitch aprendía gracias a la comunidad y después regresaba a YouTube para transformar ese aprendizaje en otro vídeo.
Sin buscarlo demasiado, habíamos construido una pequeña rueda que se alimentaba sola.
Y entonces llegó el boom
El salto grande llegó con Wolcen. El número de suscriptores en YouTube aumentó en varios miles en muy poco tiempo, los directos crecieron y llegaron más suscripciones de pago. Durante una temporada, el canal se convirtió en uno de los espacios en español con más espectadores dentro de aquel género.
En el punto más alto llegué a tener cerca de ciento cincuenta suscriptores de pago. No era suficiente para vivir de ello, pero sí para ingresar varios cientos de euros algunos meses.
Cuando una afición empieza a dejarte cuatrocientos o quinientos euros, resulta inevitable pensarlo: ¿y si le dedico un poco más de tiempo?, ¿y si esto sigue creciendo?, ¿y si algún día puedo vivir de ello?
Yo nunca había empezado con esa intención, pero tampoco voy a fingir que el dinero daba exactamente igual. Una cosa es no perseguirlo y otra muy distinta hacerte el sorprendido cuando aparece.
El problema es que aquel dinero no llegaba solo. Detrás había más de mil vídeos en YouTube y alrededor de 4.500 horas emitidas en Twitch. Eso equivale a más de 187 días hablando y jugando sin parar durante las veinticuatro horas, o a más de 562 jornadas laborales de ocho horas.
Visto así, quizá lo extraño no sea que terminase cansado.
Los birra streams
Mis directos nunca fueron especialmente family friendly. Fumaba delante de la cámara, me bebía alguna cerveza y hablaba exactamente igual que hablaría si estuviera con unos amigos.
Los fines de semana podía empezar un birra stream y continuar durante diez o doce horas. Algunos acababan regular. Recuerdo revisar fragmentos al día siguiente y comprobar que durante las últimas horas ya no se me entendía una mierda.
Pero la gente seguía allí.
Podíamos empezar jugando y terminar viendo un vídeo sobre gramática, sobre la evolución del español en Latinoamérica o sobre cualquier asunto extraño que se me hubiera metido en la cabeza aquella semana. Y podía haber cien personas mirando.
Eso era lo que más me gustaba. No necesitaba fingir que todo aquello formaba parte de una estrategia. Me interesaba algo, lo compartía y aparecía gente dispuesta a recorrer conmigo aquel camino absurdo.
Cuando alguien habla con verdadera pasión, puede engancharte prácticamente con cualquier cosa. Puede hablarte incluso de la birrefringencia del cuarzo.
No sé absolutamente nada de minerales, pero acabas de decir “birrefringencia”. ¿Qué coño es eso?
Pues resulta que un rayo de luz entra en determinados materiales y puede dividirse en dos.
Pum. Ya se ha liado.
Cuando descansar tiene un precio
No recuerdo un día concreto en el que todo dejara de ser divertido. Fue algo gradual.
Había días en los que no me apetecía jugar, pero sí quería estar con la gente. Encendía el directo porque aquello también se había convertido en una especie de bar: entrabas, saludabas a los habituales y veías hacia dónde terminaba desviándose la conversación.
Pero si no te apetece jugar, no te apetece. Y si estás cansado, lo razonable sería descansar.
El problema es que las plataformas no entienden demasiado bien el descanso. Podía marcharme una semana de vacaciones y regresar con alrededor de un cuarenta por ciento menos de espectadores.
Nadie me obligaba a emitir. Bastaba con mirar las estadísticas después de descansar.
Ahí comienza una trampa bastante curiosa. Teóricamente eres libre porque trabajas para ti mismo: puedes emitir cuando quieras, jugar a lo que quieras y tomarte los días que quieras. Sin embargo, cada ausencia tiene un precio.
También empiezas a depender de las modas. Aparece un juego que no te interesa, pero sabes que puede darte trescientos espectadores y que esos espectadores pueden convertirse en diez o veinte suscripciones.
Entonces lo pruebas, no porque te apetezca, sino porque toca.
Cuando algo que hacías por diversión empieza a tener horarios, objetivos, clientes y penalizaciones por irte de vacaciones, quizá ya no tienes una afición. Quizá tienes un trabajo.
Pedir es gratis
Ser un creador pequeño también provoca que intentes complacer a todo el mundo:
—Haz una guía sobre esto.
—Prueba este juego.
—Sube otro vídeo.
—Explica esta mecánica.
Para quien lo escribe es una petición de diez segundos. Para quien está al otro lado puede representar una tarde aprendiendo, preparando, grabando, editando y publicando.
Pedir una guía era gratis; hacerla podía llevarme horas. Y yo todavía no había aprendido a decir que no.
Así se llega a publicar más de mil vídeos. Una parte nace de la ilusión y otra de esa pequeña voz que te recuerda que hay gente esperando algo de ti.
Las reglas no son iguales para todos
Después estaba Twitch como empresa.
Durante una época comenzaron a proliferar los directos deliberadamente sexualizados: piscinas hinchables, bikinis, body painting y categorías construidas alrededor de ese tipo de contenido. Algunos reunían miles de espectadores y contaban con el respaldo de la propia plataforma.
A mí me sancionaron durante tres días porque, al levantarme para ir al baño, el pantalón se bajó ligeramente y se me vio más de la cuenta durante un instante.
Un accidente y tres días fuera.
Aquello terminó de confirmarme algo que llevaba tiempo sospechando: las normas de una plataforma no siempre se aplican con la misma lógica a todo el mundo.
Puedes pasar años levantando un canal, pero el espacio nunca es realmente tuyo. La plataforma decide las reglas, cambia el terreno y determina cuánto vales. Eres un número rentable hasta que dejas de serlo.
No cerré el canal
Nunca anuncié una gran despedida ni apagué la cámara sabiendo que sería la última vez. Sencillamente empecé a emitir menos.
Primero dejaba pasar un día, después dos y luego tres o cuatro. Alguna vez regresaba después de varios meses y aparecía muchísima gente de golpe, contenta por el reencuentro, pero el problema seguía allí.
Todavía hoy aparecen comentarios en vídeos antiguos diciendo que se me echa de menos o preguntando si podría preparar una guía nueva. Me alegra saber que aquello significó algo para algunas personas.
Pero pedir sigue siendo gratis y hacer el vídeo sigue costando una tarde.
Antes creábamos primero
Cuando yo empecé, hace alrededor de diez años, ya existían youtubers millonarios. Claro que existían. Pero eran la excepción, no el motivo por el que todo el mundo abría un canal.
También había mucha gente que grababa porque era fan de un juego, porque quería enseñar algo o porque le hacía ilusión que otras cuatro personas compartieran aquella afición.
No todo era una marca, una estrategia o el primer paso de un supuesto plan empresarial. Había menos industria y, seguramente, también bastante menos morralla.
Yo pertenecía a esa parte.
No encendí una cámara para dejar mi trabajo ni pensando que algún día conduciría un Lamborghini por Andorra. Empecé porque me gustaban los videojuegos y quería hablar de ellos.
Después llegaron el público, las suscripciones y algunos meses de cuatrocientos o quinientos euros. Y claro que entonces pensé: «Hostia, ¿y si esto sigue creciendo?». Habría sido absurdo no pensarlo.
Pero lo pensé después. Ese es el matiz.
Hoy tengo la sensación de que el recorrido suele hacerse al revés. Mucha gente abre un canal pensando primero en vivir de él, hacerse millonaria o escapar de un trabajo normal. Después ya decidirá qué juego jugar, qué polémica fabricar o qué gilipollez grabar para conseguir visitas.
Antes creábamos algo y, con suerte, aparecía el dinero.
Ahora muchos empiezan buscando el dinero y luego necesitan inventarse algo que crear.
El influencer y el Lamborghini
No tengo una visión especialmente amable del modelo actual de influencer. No porque me moleste que alguien gane mucho dinero siendo joven. Ojalá ganar dinero fuera siempre así de sencillo.
El problema aparece cuando confundimos dinero y visibilidad con inteligencia, experiencia o autoridad.
Un chaval puede tener un patrimonio de millones, alquilar un Lamborghini y hablarle a su audiencia como si hubiera descubierto el funcionamiento secreto de la vida. Miles de personas pueden interpretar ese coche como una prueba de que todo lo que dice debe ser cierto.
Pero un Lamborghini no deja de ser un Lamborghini. Y un imbécil no deja de ser un imbécil porque lo conduzca.
También existen divulgadores y creadores extraordinarios que utilizan internet para despertar la curiosidad, enseñar y compartir aquello que les apasiona. No todo lo popular es basura.
La diferencia está en si quieres transmitir algo o simplemente conseguir que nadie deje de mirarte.
Yo también tuve audiencia, cobré suscripciones y miré estadísticas. También pensé alguna vez que aquello podía convertirse en algo más grande. Precisamente por eso sé lo fácil que es confundir una comunidad con una cifra.
Lo que todavía echo de menos
No echo de menos Twitch, las estadísticas, las modas, los baneos ni la sensación de perder espectadores por tomarme una semana de descanso.
Echo de menos a la gente.
A los habituales que aparecían casi todos los días, a quienes entraban solo para saludar y a los que convertían una partida cualquiera en una conversación que podía terminar hablando de gramática, minerales o cualquier otra gilipollez.
Echo de menos esa sensación de abrir el directo y encontrar al otro lado a personas con las que ya existía una historia, aunque solo estuviera hecha de bromas, preguntas y horas compartidas.
No echo de menos crear contenido per se.
“Per se”, para los de la LOGSE, significa “por sí mismo”. Si necesitan más información, pueden consultar el artículo de leer, joder.
También echo de menos transmitir entusiasmo: descubrir un juego que te fascina, aprender una mecánica nueva, encender la cámara y conseguir que otra persona termine interesándose también.
Da igual que hables de un videojuego, de un libro o de la birrefringencia del cuarzo. Si algo te emociona de verdad, esa emoción atraviesa la pantalla.
Puede que algún día vuelva a emitir. Quizá en otra plataforma, sin horarios y sin perseguir cifras. A Twitch tengo bastante claro que no regresaría.
Y, si algún día lo hiciera en otro sitio, seguiría sin ser family friendly. No sabría interpretar ese personaje aunque quisiera. El Nómada Mental ya debería dejarlo bastante claro.
Si aquella historia hubiera terminado como prometen los gurús, quizá ahora estaría conduciendo un Lamborghini camino de Andorra.
En cambio, he abierto un blog.
Creo que la historia se explica sola.
Si te interesa cómo nos miramos y copiamos en redes, también puedes leer La juventud del copia y pega: generación Z.
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