Religiones, dioses y el negocio de la eternidad.

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El niño que casi acaba en un seminario

Yo nunca he creído en Dios. Al menos no recuerdo un momento de mi vida en el que creyera de verdad. Crecí rodeado de religión, como casi todo el mundo de mi generación, pero una cosa es que te lleven a misa y otra bastante distinta que consigan meterte la fe dentro. Este artículo también examina la relación entre religión y negocio.

Tuve incluso un tío sacerdote en Cuenca que quiso mandarme a un seminario. Yo era pequeño y supongo que vio en mí algún tipo de potencial espiritual. O quizá simplemente pensó que aquel niño necesitaba disciplina con urgencia.

Mi madre lo tuvo bastante claro:

—Va a ser que no.

Gracias a Dios.

Ese mismo tío, sin embargo, me regaló veintiún libros de Julio Verne cuando yo tenía ocho o nueve años. Antes de cumplir los once ya me los había leído todos. La institución que representaba nunca consiguió convencerme, pero aquel cura abrió dentro de mi cabeza una puerta por la que todavía sigo entrando.

La vida tiene esas contradicciones. Una persona puede hablarte de Dios y, sin querer, enseñarte a hacer preguntas.

El Cristo gigante

La iglesia de mi infancia tenía un Cristo crucificado enorme. En mi recuerdo medía tres metros y medio, aunque ya sabemos que los recuerdos infantiles utilizan su propio sistema métrico: todo era más alto, más oscuro y estaba bastante peor iluminado.

Aquel Cristo me daba un miedo de la hostia.

Un día alguien me dijo que debía besarle los pies. No sé por qué. Cuando eres niño, los adultos te cuentan una cosa con suficiente seriedad y tú asumes que debe de existir alguna razón. Así que mi madre me acompañó hasta allí, aunque a ella también le daba miedo, y yo besé los pies de aquella figura gigantesca.

No sentí ninguna revelación. No descendió una luz del cielo ni escuché una voz. Solo era un niño aterrorizado cumpliendo una instrucción extraña delante de un hombre clavado en una cruz.

Vista desde fuera, la religión cristiana empieza fuerte.

Cómo sacar un diez hablando de Dios

Fui a un colegio llevado por religiosos. En casa había una Biblia pequeña e ilustrada y yo descubrí bastante pronto que aquellas imágenes podían resultar muy útiles.

Cuando nos mandaban un trabajo, fotocopiaba alguna, la recortaba, la coloreaba y la pegaba junto a una frase del estilo «Dios te quiere». Aquello era prácticamente infalible.

Diez.

Volvía a hacerlo.

Otro diez.

Yo no había encontrado la fe. Había encontrado el algoritmo.

Mucho antes de YouTube, las redes sociales o Google, ya había aprendido que cada sistema premia determinadas palabras, imágenes y comportamientos. No necesitaba creer en el mensaje; bastaba con saber qué esperaba recibir la autoridad que iba a evaluarme.

Puede parecer una anécdota infantil, pero no hemos cambiado demasiado. Seguimos aprendiendo qué tenemos que decir para conseguir la aprobación de la iglesia, el profesor, el jefe, el público o la plataforma. Cambia el altar. El mecanismo permanece.

La Biblia que parecía el Necronomicón

A los veintitrés o veinticuatro años compré una Biblia enorme en Traperos de Emaús. Me costó doscientas cincuenta pesetas, aproximadamente un euro y medio haciendo la conversión directa. Tenía el lomo dorado y el aspecto de un libro que, si lo abrías por la página equivocada, podía invocar a algo.

Parecía el Necronomicón de Posesión infernal.

Me la leí entera. Antiguo Testamento y Nuevo Testamento. No buscaba convertirme ni demostrar que todo era mentira. Sencillamente quería saber qué contenía el libro sobre el que tanta gente opinaba sin haberlo leído.

Y me gustó.

Como historia, tiene aventuras, guerras, traiciones, castigos, monstruos, milagros y personajes capaces de tomar decisiones completamente demenciales porque una voz les ha dicho que deben hacerlo. Yo venía de leer fantasía y aquello no estaba tan lejos de Dragonlance. Cambias los dragones por ángeles, añades unas cuantas plagas y ya tienes campaña para meses.

También me gustaron muchas parábolas. Algunas contienen ideas morales poderosas y escenas capaces de permanecer dentro de la cultura durante siglos. Jesús, por ejemplo, cura a un ciego haciendo barro con saliva y poniéndoselo en los ojos. Leído sin la reverencia obligatoria, parece una escena protagonizada por un mago de fantasía que todavía no ha terminado de explicar su sistema de poderes.

Podía disfrutar de todo aquello y seguir sin creer que hubiera ocurrido. Nadie exige fe para emocionarse con Julio Verne, Kvothe o un relato vikingo. No veo por qué una historia religiosa debería perder su interés solo porque uno no la considere una crónica periodística.

Terminé la Biblia siendo exactamente igual de poco creyente que cuando la abrí. Eso sí: ahora podía discutir sobre ella con la tranquilidad de quien, por lo menos, se había leído el manual.

De esto viven

Las religiones se alimentan del miedo a la muerte.

Hasta ahí.

Podrán organizar comunidades, construir identidades, transmitir normas, explicar el mundo y, en demasiadas ocasiones, justificar quién manda sobre quién. Todo eso vino después o creció alrededor. La raíz, lo que las mantiene vivas generación tras generación, sigue siendo la misma pregunta:

—¿Y si cuando muera hay algo después?

Te haces mayor, notas que el final ya no es una abstracción reservada a otras personas y empiezas a negociar con lo desconocido. Por si acaso. No vaya a ser que exista una puerta, alguien lleve una lista y tú llegues sin la documentación adecuada.

La necesidad de imaginar algo después de la muerte es antiquísima. Existen pruebas de que algunos neandertales enterraron deliberadamente a sus muertos, aunque eso no demuestra que imaginaran un paraíso ni que hubiera un neandertal predicando junto a la hoguera. Los huesos pueden enseñarnos lo que hicieron; no siempre lo que pensaban mientras lo hacían.

Pero no resulta difícil entender que alguien que salía a cazar animales enormes, se lesionaba con frecuencia y podía morir por una infección absurda necesitara construir alguna respuesta. Bastante tenía ya con sobrevivir como para aceptar que, después de todo aquello, solo llegaba el apagón.

Siglos después aparecieron relatos mucho más elaborados. El Valhalla, por ejemplo, ni siquiera era el destino universal de todos los vikingos, pero funcionaba de maravilla como imagen: morir combatiendo y despertar en un salón grandioso, rodeado de guerreros, banquetes y promesas de otra batalla.

Papel cuché de la época.

Ahora vemos a gente golpeándose los huevos con un martillo o tirándose un cubo de hielo encima para conseguir atención en internet. Antes también circulaban historias, imágenes y modelos de comportamiento. No tenían TikTok, pero conocían perfectamente el poder de un relato capaz de prometerte que tu sufrimiento significaba algo.

Perdón de última hora

Con el cristianismo tengo además un problema de contabilidad moral.

Desde fuera, a veces parece que una persona puede pasarse la vida haciendo barbaridades, arrepentirse antes de morir y entrar en el paraíso junto a otra que ha dedicado ochenta años a ayudar a los demás.

Ya sé que la teología cristiana no considera suficiente decir «perdón» como quien cancela una suscripción. Habla de arrepentimiento verdadero, transformación interior y reconciliación con Dios. Pero mi objeción permanece: ¿qué ocurre con las víctimas? ¿En qué momento la reconciliación con una autoridad divina repara el daño causado a una persona real?

Imaginemos a alguien que ha violado a cincuenta y siete mil personas. Antes de morir se arrepiente de verdad. Perfecto, al paraíso. Allí se encuentra con un hombre que se ha pasado toda su puta vida plantando árboles y procurando no joder a nadie.

Supongo que tendrán mucho de qué hablar.

No me considero capacitado para decidir quién merece morir, sufrir eternamente o ser perdonado. No soy Dios, pero tampoco necesito serlo porque no creo que exista ese tribunal. Para juzgar los delitos tenemos leyes humanas, imperfectas y revisables. Prefiero una justicia que podamos discutir y corregir a una sentencia invisible cuya única garantía sea que alguien asegura hablar en nombre del juez.

Ser buena persona sin puntos para el cielo

Tampoco creo que necesitemos una amenaza eterna para comportarnos decentemente.

Si viene un repartidor a casa, puedo recibirlo con una sonrisa y darle las gracias. Si me encuentro a un vecino en el ascensor, puedo decirle buenos días. No porque el universo vaya a concederme puntos, porque las hostias siempre regresen ni porque un ángel esté actualizando mi expediente.

Lo hago porque no quiero convertirme en un individuo de mierda viviendo entre tinieblas.

No se trata de mindfulness, de energía positiva ni de uno de esos cursos que te explican por cuatrocientos euros cómo respirar y tratar a los demás como seres humanos. Es educación, empatía y convivencia básica. Con una frase puedes hacer un poco más agradable el día de otra persona y no te cuesta absolutamente nada.

Durante mucho tiempo también pensé que todo lo que haces termina volviendo. Hoy por ti, mañana por mí. Repartes hostias y algún día las recibes. La experiencia cotidiana parece confirmarlo muchas veces porque, si estás siempre metido en broncas y jodiendo a la gente, aumentas las posibilidades de que alguien termine devolviéndotela.

Pero no es una ley cósmica. Hay hijos de puta blindados por el dinero, el poder y los guardaespaldas. Hay personas débiles que reciben todos los golpes sin haberlos repartido. La estadística moral del universo no está obligada a quedar cincuenta a cincuenta.

Precisamente por eso tiene más valor portarse bien. Si haces lo correcto solo porque esperas una recompensa o temes un castigo, no eres necesariamente buena persona. Eres un inversor prudente.

La secta en la que enseñaban matemáticas

Mi curiosidad por las creencias no terminó con la Biblia. También llegué a la masonería. Nadie apareció una noche para reclutarme entre sombras. Fui yo quien se acercó porque quería saber qué había detrás de toda aquella simbología, los secretos y las historias que circulaban alrededor.

La iniciación tenía todos los ingredientes para parecer una secta: rituales, túnicas, escuadras, compases, grados y gente que sabía cosas que todavía no iba a contarte. Yo estaba preparado para cualquier cosa. Incluso para alguna ceremonia sexual extraña.

Después descubrí que el precio de entrar en la secta era estudiar matemáticas.

Bendita secta.

En los grados posteriores recibí clases impartidas por profesores universitarios sobre matemáticas, literatura, historia y geografía. Allí coincidían testigos de Jehová, jesuitas, personas con creencias diferentes y un servidor, que seguía sin creer en Dios. Aquello me interesó precisamente porque no todos tenían que pensar igual para sentarse en la misma habitación.

La idea del Gran Arquitecto del Universo, tal como yo la comprendí dentro de mi experiencia masónica, no necesitaba ser un señor con barba vigilándolo todo desde una nube. Podía representar el potencial humano, la capacidad de construirnos mediante el conocimiento y de acercarnos a algo más grande que nosotros mismos.

No pretendo presentar esa interpretación como el catecismo universal de toda la masonería. Es lo que yo encontré allí. Y lo que encontré, por encima de los rituales, fue gente estudiando.

El conocimiento es poder. Esa frase puede sonar a taza motivacional, pero sigue siendo cierta. Cuanto más sabes, más difícil resulta que otro te venda una respuesta cerrada y te prohíba mirar detrás de la cortina.

La religión que vino a joderme la teoría

Durante esta conversación afirmé que todas las religiones explicaban el principio del mundo y anunciaban su final. Creación y apocalipsis. Un paquete completo para que nadie tuviera que quedarse con dudas.

Entonces apareció el jainismo para joderme la teoría.

Según la cosmología jainista, el universo no fue creado por un dios: no tiene principio ni final y atraviesa transformaciones dentro de una existencia eterna. Hay liberación individual, karma y una arquitectura espiritual enormemente compleja, pero no un creador que encienda la máquina ni un apocalipsis definitivo que la apague.

Eso no convierte el jainismo en la respuesta correcta. Lo convierte en una prueba bastante útil de que decir «todas las religiones» es una manera excelente de conseguir que aparezca una religión de la que nunca habías oído hablar para llevarte la contraria.

Me gusta que ocurra. Una teoría que no soporta una excepción no merece que la protejamos. Merece que la corrijamos.

Del púlpito a Wikipedia

El problema no es únicamente la religión. La fe no desaparece cuando dejamos de entrar en una iglesia. Muchas veces solo cambia de dirección.

Antes alguien decía «esto es verdad porque está escrito en la Biblia». Ahora decimos «esto es verdad porque lo he visto en Wikipedia», «porque lo ha explicado un influencer» o «porque me lo ha dicho una inteligencia artificial».

No son fuentes equivalentes. Wikipedia puede ser una herramienta extraordinaria, la ciencia dispone de métodos para corregirse y una inteligencia artificial puede ayudarte a encontrar relaciones que no habías visto. Compararlas directamente con una revelación divina sería una gilipollez.

El parecido aparece en nuestra actitud: aceptamos la respuesta porque procede de un lugar al que hemos concedido autoridad y dejamos de comprobar cómo ha llegado hasta allí.

Yo también utilizo Wikipedia. También hablo con una inteligencia artificial; de hecho, buena parte de este artículo nació discutiendo con una. La diferencia no consiste en rechazarlas, sino en permitir que te contradigan y obligarlas a mostrarte dónde pueden estar equivocadas.

Una herramienta deja de ayudarte en el momento en que la conviertes en oráculo.

El carpintero y las piedras preciosas

Hay una imagen que resume bastante bien mi problema con las instituciones religiosas. El cristianismo construyó su identidad alrededor de un carpintero pobre que predicaba entre gente corriente. Siglos después, parte de esa fe se representa entre oro, mármol, palacios y objetos litúrgicos cubiertos de piedras preciosas.

No necesito inventarme cuánto cuesta «el cáliz del papa» ni asegurar que el vaso de la Última Cena era de madera, porque no lo sabemos y tampoco existe un único cáliz papal con tarifa oficial.

La contradicción simbólica ya funciona sola.

Una religión construida alrededor de un carpintero pobre terminó celebrándolo entre oro, mármol y piedras preciosas. Igual en algún momento se nos fue un poco de las manos.

Otros lugares donde pone que es verdad

Si mañana desaparecieran todas las religiones, el miedo a la muerte seguiría aquí. Y como las religiones se alimentan del miedo a la muerte, no tardaríamos demasiado en inventar otras. Cambiarían los nombres, los símbolos y las historias, pero levantaríamos nuevos altares y buscaríamos nuevas voces dispuestas a asegurarnos que esto no termina cuando nos apagamos.

Tal vez ya lo hemos hecho.

Colocamos en ellos a famosos, millonarios, políticos, divulgadores, algoritmos y máquinas capaces de responder en unos segundos. Buscamos a alguien que nos diga qué pensar, cómo vivir y, si es posible, qué ocurrirá cuando todo termine. La incertidumbre pesa y una respuesta rotunda, aunque sea falsa, resulta mucho más cómoda que admitir que no tenemos ni puta idea.

Yo tampoco tengo una respuesta sobre la muerte. Puede que después no haya absolutamente nada. Puede que todos llevemos siglos equivocándonos. No necesito rellenar ese vacío con una certeza inventada.

Lo único que puedo decidir ocurre antes.

Puedo leer un libro sin arrodillarme ante él. Puedo escuchar a un sacerdote, a un profesor, a un masón, a un científico, a un influencer o a una inteligencia artificial sin entregarles las llaves de mi cabeza. Puedo cambiar de opinión cuando aparece el jainismo a última hora para desmontarme una frase preciosa.

Y puedo dar los buenos días al vecino sin que nadie me prometa el paraíso.

Para empezar, no me parece poca cosa.

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