Chuck Norris, un heavy y una mesa de mezclas

Tiempo de lectura: 7 minutos

Todo empezó por un pique

Yo siempre había pensado que tenía cierta cultura musical. Tampoco voy a decir que fuera una enciclopedia con patas, pero conocía bastantes grupos y escuchaba música muy variada, aunque mi territorio natural siempre ha sido el rock y el heavy metal. El artículo también gira alrededor de Chuck Norris.

Eso sí, nunca he sido músico. No sé tocar ningún instrumento ni leer una partitura. Mientras algunos amigos eran capaces de memorizar nombres, discos, fechas y biografías enteras, yo prestaba más atención a cómo sonaban las cosas: el bajo, la batería, la guitarra o ese pequeño detalle que aparece al fondo de una canción y que, una vez lo descubres, ya no puedes dejar de escuchar.

Un día, un amigo que pinchaba música electrónica empezó a explicarme cómo funcionaba aquello. Yo lo escuchaba hablar de cuadrar temas, contar compases y preparar mezclas y pensé lo que suelo pensar justo antes de meterme en algún jardín:

—Bah, tampoco puede ser tan difícil.

No era desprecio. Era peor: curiosidad acompañada de una confianza completamente injustificada.

Quería saber qué hacía exactamente un DJ aparte de mover botones, ponerse un auricular sobre una oreja y fingir que estaba desactivando una bomba. Mi amigo intentó explicármelo, pero yo seguía sin comprender del todo qué podía tener de complicado hacer sonar una canción después de otra.

Entonces apareció Chuck Norris.

Chuck Norris entra en la mezcla

Mi amigo cogió una base de tecno y la hizo coincidir con la sintonía de Walker, Texas Ranger. De pronto, Chuck Norris cabalgaba sobre una base electrónica y todo encajaba de una forma que no debería haber funcionado, pero funcionaba.

Yo me quedé mirándolo.

—¿Cómo coño has hecho eso?

Ahí empezó a explicarme las estructuras musicales. Muchas canciones se organizan en frases y bloques regulares. Si aprendes a reconocerlos y cuentas correctamente, puedes anticipar cuándo va a entrar un elemento, cuándo va a desaparecer otro o en qué momento conviene introducir el siguiente tema.

Hasta entonces yo escuchaba la música como una unidad. Después de aquella explicación empecé a verla por piezas.

El bombo, la caja, el bajo y las melodías ya no aparecían porque sí. Entraban, salían y se transformaban siguiendo una estructura. Mi amigo contaba y, al llegar al punto exacto, ocurría algo: desaparecía una base, entraba otra capa o cambiaba por completo el tema.

Aquello despertó una nueva obsesión.

La maldición del 32

Durante un tiempo no podía escuchar música sin contar mentalmente.

Una noche estaba en un bar heavy hablando con el dueño y traté de explicarle lo que acababa de aprender. Detuvimos la música, pusimos algo en la televisión y empezamos a contar. Al llegar al punto que esperábamos, la canción cambió exactamente como habíamos previsto.

Nos miramos como si acabáramos de descubrir una ley desconocida del universo.

La gente del bar, mientras tanto, debía de estar preguntándose por qué aquellos dos idiotas habían detenido la música para ponerse a contar frente a una pantalla.

Cuando descubres una estructura que siempre había estado ahí, empiezas a encontrarla por todas partes. Es como aprender una palabra nueva y escucharla tres veces durante la semana siguiente. La música no había cambiado, pero mi forma de prestarle atención sí.

Chuck Norris me había enseñado a escuchar tecno.

1.600 euros de curiosidad

Mi amigo se ofreció a llevar su equipo a mi casa para enseñarme las primeras nociones. Llegó con sus platos y su mesa de mezclas, empezó a instalarlo todo y, mientras preparábamos aquella primera clase, llamaron al timbre.

Era un repartidor.

Yo llevaba unos días organizando la sorpresa sin decirle nada. Abrí la puerta y aparecieron unas cajas con mi propia mesa y dos reproductores de CD y MP3. En total, unos 1.600 euros de equipo.

Mi amigo se quedó mirándome con una mezcla de sorpresa y confirmación. Probablemente ya sospechaba que yo no sabía acercarme a una afición con prudencia, pero aquel día obtuvo pruebas.

Podría haber esperado a recibir un par de clases. Podría haber probado primero con su equipo, comprobar si se me daba bien o incluso averiguar si aquello me gustaba de verdad.

En lugar de eso, compré todo lo necesario antes de empezar.

Yo soy así. Cuando algo me despierta curiosidad, no siempre me asomo para mirar. A veces derribo la puerta, entro con dos platos bajo el brazo y ya veremos después qué hacemos con ellos.

Aprender a separar dos bombos

Al principio, mezclar dos temas parecía sencillo hasta que intentaba hacerlo. Había que igualar las velocidades, escuchar ambos bombos y saber cuál se estaba adelantando. Después tocaba corregir con el pitch, encontrar el momento adecuado para introducir el segundo tema y conseguir que la transición no sonara como dos obras distintas perforando la misma calle.

Mi amigo escuchaba unos segundos y sabía inmediatamente qué tema iba por delante. Yo oía una masa de golpes intentando matarse entre ellos.

Poco a poco empecé a distinguirlos.

Aprendí a cuadrar canciones, preparar entradas y salidas y construir transiciones razonablemente limpias. Nunca llegué a ser un experto ni mucho menos un profesional, pero alcancé ese punto que tanto me gusta: dejar de mirar algo desde fuera y empezar a comprender lo que está ocurriendo por dentro.

También fui definiendo qué tipo de electrónica me interesaba. Me gustaba el tecno oscuro y contundente, con artistas como Carl Cox, Richie Hawtin, Laurent Garnier y, especialmente, Jeff Mills.

Hay una frase que siempre he asociado a él:

«En la repetición está el éxtasis».

Antes quizá habría escuchado una base repetitiva y habría pensado que no estaba ocurriendo gran cosa. Después de aprender a pinchar entendí que precisamente ahí estaba parte del juego: en los pequeños cambios, en la tensión acumulada y en ese elemento que desaparece durante unos segundos para regresar cuando el cuerpo ya lo estaba esperando.

Sesiones para nadie

Nunca llegamos a pinchar delante de un público como tal. Solíamos irnos a una casa que tenemos en Navarra, montábamos allí el equipo y nos turnábamos.

Uno pinchaba, el otro escuchaba y después cambiábamos. Grabábamos las sesiones enteras en tarjetas SD y también hacíamos vídeos con aquellos teléfonos Nokia del año de la polka. Las grabaciones de audio quizá sigan perdidas en alguna tarjeta, pero los vídeos ya no los conservo. Si aparecieran, no me importaría añadirlos aquí, aunque seguramente servirían para confirmar que la tecnología y nosotros hemos envejecido de manera parecida.

No había espectadores, dinero ni ninguna intención profesional. Éramos dos amigos encerrados en una casa, probando mezclas y esperando ese momento en el que dos temas dejaban de pelearse y empezaban a sonar como si siempre hubieran debido estar juntos.

Con el tiempo acabé utilizando una controladora más compacta, con dos miniplatos y todo gestionado mediante MP3 y ordenador. La encendía de vez en cuando, quizá cada dos semanas, mezclaba unos temas y la volvía a guardar.

Mi amigo intentó comprármela varias veces y yo siempre le decía que no. Al final, después de medio año o quizá un año, terminé vendiéndosela.

La realidad era bastante sencilla: pinchar no había nacido de una vocación profunda. Había empezado como un pique entre amigos, como una manera de demostrarme que podía aprender algo que desde fuera parecía imposible. Una vez resuelto el misterio y superado el reto, la intensidad empezó a desaparecer.

Un heavy en una fiesta de tecno

Que dejara de pinchar no significa que aquella etapa no dejara nada.

Sigo yendo principalmente a conciertos y festivales heavies. Ese continúa siendo mi terreno. Pero también voy de vez en cuando a fiestas de tecno, especialmente a las que se organizan en un monte, dentro de algún fuerte o en cualquier lugar apartado que parezca elegido por alguien que no quiere que la Guardia Civil encuentre el GPS.

Y me gustan.

Esa música se me ha quedado dentro. Ahora la escucho de otra manera porque sé reconocer parte de lo que está ocurriendo. Puedo notar cómo se construye una transición, anticipar un cambio y prestar atención a detalles que antes habrían pasado desapercibidos.

Aprender a pinchar no me convirtió en DJ, pero enriqueció mi manera de escuchar música.

No está mal para algo que empezó con Chuck Norris.

La próxima mala idea tiene seis cuerdas

Después de aprender a pinchar, mi siguiente reto probablemente sea aprender a tocar la guitarra.

Durante mucho tiempo pensé en comprarme un ukelele porque tiene cuatro cuerdas y, en teoría, parece más sencillo. Una aproximación prudente y razonable, dos conceptos que rara vez intervienen en mis decisiones.

La cosa terminó de complicarse una noche en Discord. Un amigo que toca un poco la guitarra empezó a hablarnos de técnicas, solos, modelos de guitarra y todas esas cosas que yo había escuchado alguna vez sin comprender realmente qué ocurría detrás.

Entonces me acordé de otro amigo mío que toca la guitarra a nivel dios. No digo que toque bien ni que se defienda: digo a nivel dios. Le he visto tocar temas de Iron Maiden, hacer tapping y cometer con las cuerdas una serie de barbaridades que mis manos ahora mismo no sabrían ni denunciar.

Lo llamé, pero no me cogió. Así que le mandé un mensaje por WhatsApp:

—Estamos en Discord hablando de solos de guitarra y esas cosas.

A los cinco segundos:

Clonc.

Ya estaba dentro del canal.

Terminamos allí hasta las dos de la mañana hablando de técnicas, escalas, modelos de guitarra y conceptos como la escala pentatónica. En algún momento empezaron con cosas del tipo «tono, tono, semitono, tono, tono, tono, semitono», como si estuvieran recitando el código secreto para abrir una cámara acorazada.

Yo no sabía prácticamente nada, pero cada explicación abría otras cinco preguntas. De repente, detrás de un solo de guitarra ya no había únicamente unas manos moviéndose muy rápido. Había patrones, intervalos, escalas y una lógica que llevaba toda la vida escuchando sin saber que estaba ahí.

Fue como descubrir una droga nueva.

Otra materia enorme, llena de palabras desconocidas, técnicas imposibles y cosas que aprender. Exactamente el tipo de agujero por el que mi cabeza se tira sin comprobar antes la profundidad.

Mi amigo ha aceptado darme las primeras nociones. Me parece una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar. No espero convertirme en guitarrista ni aparecer dentro de seis meses sustituyendo a Dave Murray. Solo quiero descubrir qué ocurre detrás de esas seis cuerdas y comprobar si soy capaz de conseguir que una guitarra produzca algo reconocible antes de que él se arrepienta de haberse ofrecido.

Lo sensato sería empezar despacio, aprender cuatro acordes y comprobar si realmente me gusta antes de comprar nada.

Así que ya veremos qué equipo aparece en mi casa.

Lo que queda después del ruido

Durante mucho tiempo podía interpretar estas etapas como aficiones abandonadas. Compraba algo, aprendía, me obsesionaba durante unos meses y finalmente pasaba a otra cosa.

Ahora no lo veo igual.

No necesito haber pinchado delante de miles de personas ni haber dedicado veinte años a perfeccionar la técnica para considerar que aquello mereció la pena. Aprendí a escuchar la música de otra manera, descubrí artistas que todavía me acompañan y compartí muchas horas con un amigo haciendo algo que nos divertía.

La mesa y los platos terminaron marchándose de casa. La mayoría de las grabaciones probablemente se hayan perdido y mi carrera internacional como DJ no parece que vaya a despegar próximamente.

Pero el oído se quedó.

Quizá eso sea lo que dejan muchas aficiones cuando terminan: no una profesión ni una identidad nueva, sino una forma distinta de mirar —o de escuchar— algo que ya estaba delante de nosotros.

La música siempre ha formado parte de mi vida. Escucho rock, heavy, tecno y grupos de prácticamente todos los estilos. No necesito que todo encaje dentro de una sola etiqueta.

Escucho prácticamente de todo.

Salvo reguetón.

¡Muerte al reguetón!

Un momento.

Ha sonado el timbre.

¿Quién coño habrá pedido una guitarra?


El equipaje del Nómada

Si quieres seguir tirando del hilo: La búsqueda infinita de algo que me enganche.


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2 comentarios en «Chuck Norris, un heavy y una mesa de mezclas»

  1. Me ha encantado toda esta historia, no sólo porque me veo 100% reflejado en la actitud que tienes cuando descubres algo con curiosidad y de pronto te apasiona y te vuelcas de lleno, sino porque he vivido cosas muy similares en otros campos. Ah bueno! Y porque soy parte de este relato, que eso es lo que más ilusión me ha hecho. Me ha encantado de verdad!
    Ya tengo ganas de ver esas nuevas 6 cuerdas, y prepárate con un block de páginas web blanco que empieza la teoría musical. 😉

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