La fantasía del teletrabajo
Hay momentos en la vida adulta en los que uno se sienta delante del ordenador, abre una pestaña, luego otra, luego otra más, y de pronto se descubre mirando carreras universitarias a distancia como quien mira pisos en Asturias, furgonetas camper o vídeos de gente que ha dejado su trabajo para vivir de vender velas artesanales. El artículo también gira alrededor de teletrabajo.
No sabes muy bien cómo has llegado hasta ahí, pero ahí estás.
En mi caso, el pensamiento empezó de una forma bastante inocente: “¿Y si estudiara algo?”. Y digo inocente porque uno pronuncia “algo” como si estuviera hablando de apuntarse a un curso de hacer pan de masa madre los domingos, pero en cuanto rascas un poco, ese “algo” puede convertirse en una carrera, varios años de estudio, matrículas, exámenes, apuntes, tutorías y una palabra que debería aparecer siempre acompañada por música de terror: matemáticas.
Si además ya estás en una edad en la que has trabajado unos cuantos años, tienes tus rutinas, tus cansancios y tus pequeñas negociaciones con la vida bastante asentadas, la idea de volver a estudiar resulta curiosa. Ilusiona, sí, pero también tiene algo de disparate organizado, como comprarte unas zapatillas para empezar a correr después de llevar años subiendo las escaleras con cara de haber cometido un delito.
El asunto es que detrás de todo esto hay una zanahoria.
Y la zanahoria tiene fibra óptica.
La fantasía del teletrabajo
No sé en qué momento el teletrabajo pasó de significar simplemente “trabajar desde casa” a convertirse en una especie de paraíso moderno con portátil, café, silencio, una planta de fondo que siempre está viva y una persona sonriendo delante de una ventana enorme.
Esa imagen existe en internet y todos sabemos que es mentira, porque en la vida real la taza tiene manchas, la silla empieza a parecerte incómoda a los veinte minutos y el vecino decide sacar el taladro precisamente el día que tienes una videollamada.
Aun así, es normal que atraiga.
A cierta edad, uno no fantasea necesariamente con hacerse millonario, comprarse un yate o retirarse en una isla con palmeras. A veces la fantasía es bastante más humilde: trabajar desde casa, ahorrar desplazamientos, tener algo más de control sobre tu tiempo y conseguir que una parte menor de tu vida se vaya simplemente en llegar al trabajo, volver del trabajo y organizar la vida alrededor del trabajo.
Dicho así puede parecer poca cosa, pero no lo es.
Poder hacer tu jornada sin tener que estar físicamente en un sitio por obligación tiene algo de pequeño lujo moderno. Uno de esos lujos que no parecen especialmente importantes hasta que empiezas a sumar las horas que pierdes, el cansancio que acumulas y todas esas veces que has pensado: “si pudiera hacer esto desde casa, mi vida sería bastante menos absurda”.
El problema es que el teletrabajo no suele venir envuelto en papel de regalo. Normalmente trae una etiqueta pequeña, de esas que nadie lee, donde pone algo parecido a: “formación, experiencia, paciencia y varias hostias de realidad no incluidas”.
Mirar Informática a distancia
Una de las opciones que más sentido me parece que tiene cuando pienso en la posibilidad de trabajar en remoto es Informática. No porque sea magia ni porque todo el que sabe distinguir un router de una tostadora acabe trabajando desde una cabaña en Noruega cobrando en dólares, que esa película ya cansa un poco, sino porque es uno de los sectores donde existen bastantes trabajos que pueden realizarse a distancia.
Desarrollo, sistemas, soporte avanzado, cloud, ciberseguridad, automatización, bases de datos… hay caminos donde no es imprescindible estar físicamente en una oficina mirando una impresora como si fuera un animal herido.
Y entonces empiezas a mirar la UNED.
Informática a distancia, posibilidad de estudiar mientras sigues trabajando y una estructura que, al menos sobre el papel, permite intentarlo sin desmontar completamente tu vida actual. Si además ya tienes cierta base con ordenadores y no partes de cero absoluto, durante unos minutos incluso te sientes una persona organizada, estratégica, casi peligrosa.
Luego miras el plan de estudios y aparece la realidad con un bate.
Porque sí, una carrera puede estar planteada para cuatro años, pero una cosa es el plan académico y otra bastante distinta es estudiar mientras trabajas. El papel no llega cansado a casa, no tiene lavadoras pendientes, no arrastra el turno todavía dentro de la cabeza ni se queda mirando un tema preguntándose quién fue el simpático que decidió que las matemáticas discretas tenían que existir.
Hacer una carrera a distancia mientras mantienes un trabajo tiene una ventaja enorme: no necesitas quemar el puente que ya tienes. Puedes seguir con tu sueldo, tus rutinas, tus obligaciones y tus pequeñas miserias cotidianas mientras avanzas poco a poco hacia otra posibilidad.
La factura es que probablemente tardes más.
Quizá no sean cuatro años, sino seis, siete, ocho o los que hagan falta. Y ese “más despacio” no tiene por qué significar que lo estés haciendo mal; simplemente es el precio de intentarlo sin abandonar todo lo demás y sin fingir que eres un chaval de veinte años con tardes infinitas, energía nuclear y cero responsabilidades.
La calculadora, esa señora desagradable
Aquí es donde entra la parte menos romántica, porque resulta bastante fácil imaginarse estudiando unos años, cambiando de sector y terminando en un trabajo remoto que te permita vivir de otra manera.
La escena queda bien: tú, el ordenador, una profesión nueva, algo más de libertad y la sensación de que todavía puedes mover alguna pieza importante de tu vida.
Hasta que aparece la calculadora.
La calculadora es esa señora desagradable que entra en medio de una conversación ilusionante y dice: “sí, pero…”. Y lo peor es que muchas veces tiene razón.
Porque si ya tienes un trabajo estable, con pagas extra, trienios, convenio y ciertas condiciones acumuladas durante años, no puedes comparar un futuro cambio laboral únicamente con lo que ganas hoy.
Ahí está la trampa.
Si tardas seis, siete u ocho años en prepararte para cambiar de sector, tu situación actual no se queda congelada en una vitrina esperando a que termines. Durante ese tiempo puede subir el IPC, llegar nuevos trienios, cambiar el convenio o aparecer alguna mejora salarial adicional. O no, porque tampoco vamos a ponernos Disney, pero lo normal es que el listón con el que comparas ese futuro trabajo no sea exactamente el mismo que tienes hoy.
Y eso cambia bastante la película.
Una cosa es pensar “me cambio a un trabajo desde casa” y otra bastante distinta es pensar “me cambio a un trabajo desde casa perdiendo una parte importante del sueldo, de la estabilidad y de las condiciones que he ido construyendo durante años”.
En ese momento la zanahoria sigue siendo zanahoria, pero empieza a llevar factura.
Cambiar de vida sin hacer el canelo
Eso no significa que no merezca la pena. De hecho, precisamente porque podría merecer mucho la pena, creo que conviene pensarlo bien.
Hay cambios que se hacen por impulso y otros que se hacen con casco. Y a ciertas edades, aunque sigas teniendo ganas de moverte, quizá no sea mala idea llevar casco, rodilleras y hasta chaleco reflectante si hace falta.
Estudiar una carrera a distancia puede ser una forma bastante sensata de abrir una puerta sin cerrar todas las demás. No significa dejarlo todo mañana, lanzarte hacia una vida completamente nueva y desayunar cada día mirando una taza motivacional donde pone “cree en ti” mientras suena un piano sospechosamente optimista.
Es algo bastante menos cinematográfico.
Vas haciendo asignaturas, aprendiendo, probando, descubriendo qué se te da mejor y comprobando si tu cabeza todavía acepta estudiar después de tantos años o empieza a echar humo cada vez que ve una fórmula.
Mientras tanto, sigues trabajando.
Tiene bastante menos épica que esas historias de “dejé mi empleo y seis meses después estaba facturando desde Bali”, pero también tiene bastante más sentido.
Porque quizá al final ni siquiera acabes cambiando de vida por completo. Puede que el título te permita moverte hacia otro tipo de puesto, que encuentres una salida híbrida o que descubras que lo tuyo no es programar aplicaciones sino sistemas, soporte avanzado, cloud, automatización o alguna rama que ni siquiera tenías bien ubicada cuando empezaste.
También puede pasar que después de unos años llegues a la conclusión de que prefieres quedarte como estás.
Y tampoco sería necesariamente un fracaso.
Por lo menos habrás cambiado el “¿y si…?” por una respuesta.
La edad y el mito del “ya es tarde”
Luego está el otro invitado pesado: la edad.
Ese pensamiento que aparece con voz de funcionario cansado y te pregunta si no será ya demasiado tarde para empezar algo nuevo.
Es una frase muy práctica si quieres quedarte quieto, porque siempre parece tener sentido. A los veinte no sabes qué quieres, a los treinta sientes que ya deberías haberlo decidido, a los cuarenta empiezas a preguntarte si merece la pena y a los cincuenta puedes convencerte perfectamente de que para qué vas a empezar ahora.
Y así, si uno se organiza bien, puede llegar a los setenta diciendo que igual tendría que haberlo mirado antes.
La edad importa, claro que importa. No voy a hacer aquí el numerito de “todo es posible si sonríes muy fuerte”, porque para eso ya está internet lleno de gente señalando pizarras invisibles y hablando de salir de la zona de confort.
Hay sectores, empresas y procesos de selección donde empezar tarde puede pesar, y fingir lo contrario sería vender humo con lacito.
Pero también hay otra parte que suele olvidarse: haber trabajado muchos años te ha dado cosas.
Constancia, responsabilidad, aguante, puntualidad, cierta capacidad para resolver problemas y bastante experiencia tragándote marrones sin convertir cada uno de ellos en una crisis existencial. Bueno, alguno sí. Tampoco somos de piedra.
Y en informática existe además una ventaja interesante: puedes demostrar lo que sabes hacer. Puedes aprender, montar proyectos, practicar con servidores, scripts, sistemas, redes, automatizaciones y herramientas reales. El título puede abrir puertas, pero el camino hasta conseguirlo también puede servir para construir un perfil profesional.
Eso me parece especialmente interesante, porque evita pensar que tienes que esperar seis o siete años para que todo ese esfuerzo empiece a servir de algo.
Entonces, ¿merece la pena?
No tengo todavía una respuesta cerrada.
Y probablemente sea mejor así.
Por ahora sé que el teletrabajo me parece una zanahoria bastante atractiva, pero también sé que no basta con verla brillar desde lejos como si fuera el premio final de un videojuego. Hay que mirar cuánto cuesta llegar hasta ella, cuántos años puede llevar, qué energía exige, qué dejas atrás y qué tendría que ofrecerte realmente un trabajo nuevo para compensar lo que ya tienes.
Después de hacer esas cuentas puede seguir mereciendo muchísimo la pena.
Porque no siempre quieres cambiar de vida porque tu vida sea un desastre. A veces simplemente notas que todavía tienes margen para mover alguna pieza y te preguntas qué pasaría si lo intentaras.
Aunque sea despacio, aunque sea estudiando a distancia y aunque haya matemáticas discretas observándote desde una esquina como un villano de serie barata.
Creo que ahí está la diferencia entre querer cambiar algo y venderte una película.
Pensar en grande está bien.
Hacer números también.
Y si después de poner ambas cosas encima de la mesa decides estudiar, avanzar poco a poco y abrir una puerta nueva, pues habrá que ver qué hay detrás.
Eso sí, conviene vigilar esa parte del cerebro que te dice: “venga, hazlo, que esta vez sí”.
Porque esa misma parte también es la que te convence de mirar mesas de mezclas como si fueran motos de segunda mano.
Y de eso ya tengo cierta experiencia.
Luego pasa lo que pasa.
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