La música del bostezo
No quiero ser «family friendy» ni políticamente correcto.
No vengo a matizar durante tres párrafos para que nadie se ofenda, ni a decir
eso de “bueno, todos los gustos son respetables” mientras pongo cara de persona
equilibrada y tolerante.
Hoy no.
Hoy vengo a decir una cosa sencilla, clara y seguramente necesaria:
muerte al reguetón.
Y no, antes de que alguien empiece a respirar fuerte por la nariz, no hablo de
matar a nadie, ni de prohibir nada, ni de ir por ahí arrancando altavoces con
una llave inglesa, aunque reconozco que alguna vez la fantasía ha pasado por la
cabeza.
Hablo de una muerte simbólica, musical, espiritual y, si puede ser, con entierro
en cal viva para ese “tun-tu-tun” eterno que lleva años persiguiéndonos por
bares, coches, terrazas, gimnasios, salas de espera, ascensores y cualquier
rincón donde alguien haya descubierto que un altavoz Bluetooth también puede
ser un arma de destrucción acústica.
Porque hay músicas que no te gustan.
Y luego está el reguetón, que es otra liga, una liga de dolor…
Yo escucho de todo, pero todo tiene un límite
Conviene aclarar una cosa antes de que alguien piense que estoy aquí con
monóculo, copa de vino y un vinilo de jazz japonés juzgando al pueblo desde una
torre de marfil.
Yo escucho prácticamente de todo.
Y cuando digo de todo, digo de todo de verdad: Miguel Bosé, La Polla Records,
Deicide, Tenacious D, Simon & Garfunkel, Elvis, techno, clásica y cualquier
cosa que se me cruce si ese día el oído no ha pedido la baja médica.
Mi gusto musical no es una línea recta, es una rotonda con un camión ardiendo
en medio.
Así que no, no soy fino ni purista ni enemigo de todo lo popular. No estoy aquí
defendiendo que toda canción necesite una orquesta, un solo de guitarra de once
minutos o un señor alemán explicando armonía con cara de sufrir por la
humanidad.
Puedo disfrutar música simple, música absurda, música vieja, música bruta,
música bonita y música que probablemente no debería defender en público si
quiero conservar cierta dignidad.
Pero el reguetón me supera.
No un poco: me supera como concepto, como sonido, como invasión y como fenómeno
que ha conseguido que medio planeta acepte con normalidad una base repetida
hasta la náusea mientras alguien susurra, bosteza o amenaza con hacer
abdominales encima de una sílaba.
El bombo que no descansa
No pido que todo sea música compleja. No necesito que cada canción venga con
manual de instrucciones, cambio de compás, violines dramáticos y una tesis
doctoral escondida en el estribillo.
Pido algo bastante más humilde: que no parezca que medio planeta ha decidido
bailar encima del mismo archivo de audio reciclado.
Porque hay canciones de reguetón que empiezan y uno no sabe si está escuchando
un tema nuevo, un anuncio de verano, una alarma de marcha atrás o el recuerdo
traumático de una fiesta a la que nunca quiso ir.
Tun, tu-tun, tun.
Tun, tu-tun, tun.
Tun, tu-tun, tun.
Y ahí seguimos todos, como si no hubiera pasado nada, fingiendo que hay una
diferencia profunda entre una canción y la siguiente mientras el bombo vuelve
otra vez con la discreción de una excavadora entrando en una biblioteca.
Lo peor no es que sea repetitivo, porque hay música repetitiva que funciona,
que crea ambiente, que hipnotiza, que te mete en un estado mental concreto. El
techno, por ejemplo, puede ser repetitivo y aun así tener capas, tensión,
construcción, viaje y una especie de arquitectura interna.
El problema del reguetón es que demasiadas veces no parece construir nada. Solo
aparece, ocupa espacio, mueve el culo del mundo durante tres minutos y se va
dejando el mismo olor a ambientador barato que la canción anterior.
La poesía del “te doy toda la noche”
Pero mi problema gordo con el reguetón no es solo el “tun-tu-tun” eterno.
Es la letra.
Esa mezcla de chulería sexual de saldo, mujer convertida en accesorio, poses de
macho de escaparate y frases que, si las dices sin base musical debajo, suenan
directamente a denuncia pendiente.
Y ojo, no me molesta que una canción sea sexual. La música ha hablado de sexo,
deseo, cuerpos, noche y calentones desde que alguien golpeó dos piedras y pensó
“esto con una letra guarra igual funciona”.
El problema no es el sexo, es la cutrez.
El problema es esa sensación de que muchas letras se han escrito juntando tres
ideas en una servilleta: culo, cama y obediencia. Luego le metes autotune, una
base que ya venía usada de fábrica y un videoclip con luces, coches y gente
mirando a cámara como si acabaran de descubrir la gravedad.
Y ya está.
Producto terminado.
No voy a fingir respeto artístico donde no lo tengo. Puedo tolerarlo, puedo
aceptar que a millones de personas les guste y puedo no ir por la vida
quitándole el altavoz a nadie, que uno todavía conserva algo de convivencia
básica.
Pero respetarlo como propuesta musical ya es otra cosa.
Ahí me bajo.
Estos son mis principios; si no te gustan, tengo otros
Decía Groucho Marx, más o menos, aquello de: “Estos son mis principios; si no
le gustan, tengo otros”.
Y mira, pocas frases resumen mejor ciertas contradicciones modernas.
Lo de “feminazi” siempre me ha parecido una palabra fea, entre otras cosas
porque todo lo que lleva “nazi” pegado detrás ya empieza regular.
Me da igual si hablamos de feminazis, machonazis, veganazis o nazis del vinilo
prensado en 1973. En cuanto alguien convierte una idea en una porra, malo.
Pero luego ves la contradicción: gente que vigila cada palabra como si estuviera
desactivando una bomba y después baila letras donde la mujer sale tratada como
atrezzo con culo.
Y claro, uno se queda mirando la escena con cara de router reiniciándose.
Vivimos en una época donde se revisa cada frase, cada gesto, cada coma y cada
posible ofensa con lupa de joyero, pero después suena una canción donde la mujer
queda reducida a decoración con movimiento y parece que de pronto todos hemos
firmado una amnistía cultural.
Ahí no sé si falla la música, la coherencia o el detector de ironías. Igual
falla todo a la vez, que tampoco sería la primera vez.
El autotune no es el problema; el bostezo sí
Tampoco quiero hacer el discurso fácil de “antes sí se cantaba y ahora todo es
autotune”, porque eso también tiene bastante olor a señor enfadado con una nube.
El autotune no es el problema por existir. Puede ser un recurso estético, una
herramienta, una textura, una forma de construir un sonido concreto. Hay gente
que lo usa con intención y consigue algo reconocible, igual que hay guitarristas
que usan distorsión sin que nadie les acuse de hacer trampa porque la guitarra
no suena como una cuerda desnuda en una cabaña medieval.
El problema es cuando el autotune parece una escayola.
Cuando no está para crear un efecto, sino para sujetar una canción que sin eso
se caería por las escaleras.
Cuando el reguetón aparece donde nadie lo ha llamado
Una cosa es que el reguetón suene en una discoteca, en una fiesta, en una
radiofórmula o en un coche con las ventanillas bajadas. Ahí, hasta cierto punto,
sabes dónde te estás metiendo y puedes huir con más o menos dignidad.
No pones esa emisora, no entras en ese bar o cruzas la calle fingiendo que
acabas de recordar algo importantísimo.
El problema gordo viene cuando aparece donde no pinta nada.
En una sala de espera. En una peluquería. En una tienda. En el gimnasio. En una
consulta. En un ascensor. En cualquier sitio donde no has ido a consumir música,
sino a que te arreglen una muela, comprar unas pilas, esperar tu turno o subir
tres pisos sin tener que participar en un experimento sociológico con bajo
latino.
Ahí ya no es música, es secuestro acústico.
Porque en esos lugares, si tiene que sonar algo, debería sonar música de fondo.
Algo neutro. Algo que no te obligue a participar emocionalmente en la canción:
música clásica, jazz suave, ambiental, lo que sea. Algo que esté ahí sin
agarrarte del cuello.
No pondrías death metal en la sala de espera del dentista, no pondrías techno
hardcore en un ascensor de comunidad y no pondrías a un señor gritando guturales
mientras una abuela espera para hacerse una radiografía.
Pues con el reguetón debería pasar lo mismo.
Pero no. El reguetón tiene esa capacidad de aparecer en cualquier sitio con la
confianza de un cuñado que entra en tu cocina y abre la nevera.
El ascensor, ese pequeño infierno vertical
Lo del ascensor me parece especialmente perverso, porque encima lo pagas.
Pagas la comunidad, pagas el mantenimiento, entras en una caja metálica de dos
metros cuadrados y, por si fuera poco, compartes el habitáculo con un vecino al
que no saludas desde hace 17 años.
Y mientras decides si mirar al suelo, al techo o al botón del tercero como si
escondiera una revelación divina, empieza el “tun-tu-tun”.
Eso no es ambiente musical, es una prueba de resistencia.
Hay músicas que necesitan consentimiento ambiental. El death metal lo necesita,
el techno hardcore lo necesita y el reguetón, por mucho que algunos se empeñen
en tratarlo como si fuera hilo musical de supermercado, también.
Porque no todo sonido vale para todo lugar.
Hay momentos donde uno solo quiere existir en silencio, esperar su turno,
comprar pan, subir a casa o sobrevivir a una limpieza dental sin que una voz
procesada le susurre barbaridades al oído como si eso fuera lo más normal del
mundo.
No odio a quien lo escucha, odio no poder escapar
No odio a la gente que escucha reguetón. Eso sería absurdo, además de agotador,
porque entonces tendría que odiar a medio planeta y yo tampoco tengo tantas
tardes libres.
Lo que odio es el secuestro acústico.
Odio que una música tan invasiva, tan poco neutra y tan pensada para imponerse
a base de bajo acabe sonando en cualquier sitio como si fuera lluvia ambiental.
Entiendo que a mucha gente le guste, aunque no lo comparta ni lo vaya a fingir
por educación. Hay gustos que uno respeta desde lejos, con una distancia
prudente y, si puede ser, una puerta cerrada de por medio.
Pero una cosa es que algo exista y otra muy distinta es que parezca obligatorio
tragarlo en cualquier espacio común, a cualquier hora y en cualquier volumen.
Ahí es donde se me acaba la paciencia.
Menos reguetón. Muerte al reguetón.
Y bueno, al fin y al cabo, pues eso.
Muerte al reguetón.
No muerte a nadie, no prohibiciones, no hogueras, no comités de salvación
musical ni patrullas vecinales requisando altavoces Bluetooth, aunque alguna
tarde uno entienda cómo empiezan las civilizaciones a derrumbarse.
Muerte simbólica, muerte estética, muerte espiritual y, sobre todo, muerte a la
idea de que todos tengamos que tragarnos el mismo “tun-tu-tun” en cualquier
rincón donde haya un enchufe y alguien con ganas de castigar al prójimo.
No pido un mundo perfecto, no pido que todos escuchen lo que me gusta ni pido
que la humanidad entera se siente en silencio a apreciar un disco raro mientras
alguien explica que el segundo tema es mejor si lo escuchas con auriculares de
estudio y una tristeza moderada.
Pido menos reguetón donde no toca.
Pido que si alguien quiere escuchar esa mierda, cosa que está en su derecho de
hacer porque la libertad también incluye decisiones lamentables, al menos tenga
la decencia de no convertir el espacio común en una pista de castigo.
Pero bueno, esta es mi opinión.
Y si no te gusta, pues te jodes.
Pero, por favor, haznos un favor a todos y vete a escuchar esa mierda a otra
parte.
Y si te va más el ruido con guitarras, tienes también Chuck Norris, un heavy y una mesa de mezclas.
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