Cero personalidad
No sé si esto va de la generación Z, de los influencers, de TikTok, de Instagram,
de los algoritmos o de una mezcla bastante triste de todo lo anterior.
Pero hay días en los que ves una cuadrilla de chavales por la calle y parece
que alguien ha apretado “imprimir cinco copias” en una impresora 3D.
Mismo corte de pelo.
Misma ropa.
Misma pose.
Misma forma de mirar el móvil.
Misma cara de estar esperando a que el algoritmo les diga qué personalidad toca
esta semana.
Y ojo, que modas absurdas ha habido siempre. Nosotros también tuvimos lo nuestro.
Hubo una época en la que llevar el pantalón caído y enseñar el calzoncillo
parecía una decisión estética aceptable, aunque visto desde hoy aquello parezca
una llamada de socorro con cinturón.
Más ridículo que eso hay pocas cosas.
Pero incluso entonces, dentro de una cuadrilla seguías viendo personajes. Estaba
el raro, el gorrón, el macarra, el ligón, el intenso, el que siempre andaba sin
un duro, el que desaparecía cuando tocaba pagar y el que parecía haber salido de
otra película.
Ahora, muchas veces, cuesta distinguir dónde acaba uno y empieza el siguiente.
No parecen una cuadrilla.
Parecen los putos clones de la impresora 3D.
Antes las cuadrillas venían con personajes
Yo he estado en casi todos los fregados posibles.
Fui punky un rato, luego heavy, también tuve mi etapa macarreta, mi etapa más
pija, ropa de marca, discotecas, conciertos, cuadrillas raras y hasta ocho años
de presidente en un club motero, que no es precisamente un máster en sociología,
pero te enseña bastante sobre fauna humana.
He estado con heavies, con pijos, con moteros, con gente de discoteca, con
macarras, con raros, con intensos y con personajes que hoy probablemente serían
cancelados antes de terminar el primer cubata.
Así que no hablo desde la pureza.
Hablo desde haber sido varias versiones discutibles de mí mismo.
Y por eso precisamente me llama tanto la atención lo de ahora. Porque antes
también copiábamos, claro que sí. Antes también había modas, tribus, poses,
uniformes no oficiales y ganas de encajar. Nadie se libra de haber hecho el
ridículo con mucha seguridad en algún momento de su vida.
Pero había variedad.
Podías estar en una cuadrilla pija siendo heavy y llevando una chupa de cuero.
Podías acabar tomando algo con gente que parecía salida de un anuncio de colonia
mientras tú ibas con cara de “yo aquí he venido por accidente, pero ya que
estamos, póngame otra”.
Y eso tenía gracia.
Porque sí, claro que había jerarquías. Claro que siempre había alguien más guapo
que tú, alguien que entraba en un bar y parecía que le habían puesto iluminación
propia. Pero también había margen para jugar otra carta.
Podías ser el heavy en una cuadrilla pija. El macarra que, por alguna razón, le
hacía gracia a una chica que en teoría debería estar mirando al chico con camisa
buena y peinado de catálogo. El raro que no encajaba del todo, pero justo por eso
llamaba la atención.
Y no lo digo desde el resentimiento, porque tampoco me ha ido mal en ese terreno.
Lo digo porque era evidente: cuando había contraste, había sorpresa.
Blanco y en botella.
Si todo el mundo va igual, solo gana el que ha salido más guapo de fábrica. Si
hay personajes, en cambio, siempre puede aparecer alguien a quien le guste justo
el que no tocaba.
Antes copiabas al que molaba; ahora copiáis al algoritmo
Y cuando digo que van todos iguales no hablo de una sensación abstracta, ni de
esa frase de señor mayor que empieza a mirar mal cualquier cosa que no entiende.
Hablo de ver cuadrillas enteras con el mismo corte de pelo, la misma ropa, las
mismas marcas, la misma pose y el mismo teléfono en la mano como si fuera una
extensión del sistema nervioso.
Una temporada van todos con pantalones cortos bajísimos y calcetines subidos
hasta donde empieza a perder sentido la pierna. Y tú los miras y piensas:
coño, para eso ponte un pantalón largo.
Luego estuvo la época gloriosa de llevar los pantalones tan caídos que se veía
medio calzoncillo, media nalga y media dignidad huyendo por la acera. Aquello,
sinceramente, tendría que haber sido ilegal, o como mínimo castigado con llevar
tirantes reflectantes durante seis meses.
Y sí, modas ridículas ha habido siempre. Nosotros también hicimos cosas que,
vistas hoy, merecerían una disculpa pública o una hoguera pequeña con fotos.
Pero antes había una diferencia.
Antes había uno que molaba y dos le copiaban, porque pensaban: “joder, a este
le funciona, vamos a probar suerte”. Era una copia artesanal, de barrio, de
ensayo y error, con cierta miseria humana pero también con algo de lógica.
Ahora no.
Ahora parece que un influencer estornuda una estética y, a la semana siguiente,
tienes a media ciudad vestida igual, peinada igual y posando igual en una
terraza mientras todos miran el móvil con la misma cara de estar esperando
instrucciones.
Antes la copia era artesanal.
Ahora viene en descarga automática.
También habláis todos igual, bro
También está el tema del lenguaje, que me enerva.
Me mosquea, para los de la LOGSE.
Porque hay palabras que empiezan como una gracia, luego pasan a ser una muletilla
y acaban convirtiéndose en una plaga.
El “bro”, por ejemplo.
¿Qué pasa, bro? ¿Cómo va, bro? Tranquilo, bro.
Bro para arriba, bro para abajo, bro como si medio barrio hubiera salido de una
película doblada raro o de una academia de postureo urbano con WiFi gratis.
Y mira, si has vivido en el Bronx, has cruzado Nueva York con una sudadera robada
al destino y has aprendido la palabra en su contexto, pues todavía te compro la
licencia poética.
Pero que un chaval de aquí, sentado en una terraza, con el mismo corte de pelo
que otros seis, el mismo pantalón, las mismas zapatillas y el móvil en la mano,
me suelte un “bro” como si estuviera a punto de grabar un videoclip en una cancha
de baloncesto oxidada, pues no sé.
Me cuesta.
Me cuesta mucho.
Antes cada grupo tenía sus palabras, sus bromas internas, sus motes y su forma
de hablar. Ahora parece que todos han descargado el mismo paquete de expresiones:
bro, literal, random, cringe, vibes, chill y demás piezas de Lego lingüístico
para montar una personalidad de saldo.
Y ojo, que todos hemos dicho gilipolleces de jóvenes. La diferencia es que antes
las gilipolleces eran más locales, más nuestras, más de cuadrilla.
Ahora suenan a plantilla global con subtítulos.
El guapo, el kalimotxo y los mal renderizados
En una cuadrilla clonada la jerarquía es mucho más simple: el más guapo se lleva
todas las tías y los demás se quedan alrededor bebiendo kalimotxo, cerveza o
diciendo tonterías muy alto para ver si así también cuentan como personalidad.
Y ahí está el problema.
Si todos vais igual, habláis igual, posáis igual y lleváis el mismo corte de
pelo, al final solo destaca el que ha salido mejor de fábrica.
Los demás sois el mismo modelo, pero con peor renderizado.
O dicho de forma menos técnica, para los de la LOGSE: eres el clon feo de tu
amigo.
Es duro, sí.
Pero es que si renuncias a tener personalidad propia, luego no puedes quejarte
de que la única diferencia visible sea quién tiene mejor cara, mejores ojos,
mejor mandíbula o mejor suerte genética.
Antes el raro podía destacar por raro. El heavy por heavy. El gracioso por
gracioso. El macarra por macarra. El intenso por dar la chapa a las tres de la
mañana con una teoría absurda sobre la vida.
Ahora da la sensación de que todos compiten dentro del mismo molde, con las
mismas armas, el mismo peinado y la misma pose de catálogo barato.
Y claro, en una competición de clones, el que sale guapo gana.
Los demás, atrezzo puro y duro.
Atrezzo, para los de la LOGSE, viene a ser el decorado humano que hace bulto
alrededor.
El cabecilla, los palmeros y el débil de turno
Hay una cosa que sí he visto repetirse en todas las épocas, en todos los
ambientes y en todas las cuadrillas: el momento en el que cuatro se hacen fuertes
porque van juntos.
Siempre había un cabecilla.
El típico que no necesitaba tener razón, solo necesitaba tener público. Y
alrededor, tres palmeros esperando la señal para reírse del chorra de turno, del
más débil, del que no encajaba, del que no sabía defenderse o del que ese día
había tenido la mala suerte de estar en el punto de mira.
Y eso siempre me ha dado bastante asco.
Yo no sé si por carácter, por cabezonería o porque ya venía mal configurado de
fábrica, pero en esos momentos muchas veces acababa saltando. Sin necesidad
ninguna, además. Porque lo cómodo era mirar al suelo, reírte un poco para que no
te tocara a ti y dejar que el grupo hiciera su trabajo sucio.
Pero no.
Si uno se ponía chulo con el débil, había que recordarle sus propias miserias:
tú tienes esto, tú tienes lo otro, tú no pagas nunca, tú también das bastante
pena cuando nadie te está haciendo coro.
Porque hay que ser muy vil para meterte con alguien más débil esperando que el
grupo te respalde. Pero casi peor me parece el otro perfil: el que no se atreve
a meterse con nadie a solas y solo saca pecho cuando son tres contra uno.
Eso sí que no.
Así que no, no voy a vender la moto de que antes todo era noble, auténtico y
maravilloso. Antes también había mierda. Había mucha.
Pero por lo menos sabías dónde estaba el cabecilla, dónde estaban los palmeros
y dónde estaba el raro al que estaban intentando aplastar.
Hoy a veces cuesta más verlo, porque la manada viene vestida igual, peinada igual
y hablando igual.
No es culpa solo de los chavales
Y aquí conviene frenar un poco antes de que esto parezca el típico discurso de
“los jóvenes de ahora” dicho por alguien que ya ha empezado a mirar obras con
las manos detrás de la espalda.
Igual me estoy haciendo mayor.
Puede ser.
Pero una cosa es hacerse mayor y otra es tener ojos.
No creo que toda la culpa sea de los chavales. Al final han nacido en mitad de
una trituradora de personalidad que funciona veinticuatro horas al día. Les
hemos dado redes sociales, filtros, influencers, marcas, comparaciones constantes,
escaparates infinitos y una presión bastante enfermiza por parecer alguien antes
incluso de saber quién son.
Luego nos sorprendemos de que salgan todos parecidos.
Pues hombre.
Si a una persona le metes desde los doce años una pantalla que le enseña cómo
vestirse, cómo hablar, cómo posar, qué música escuchar, qué cuerpo debería tener,
qué cara debería poner y qué cosas debe comprar para ser aceptable, igual el
resultado no es una generación espontánea de clones.
Igual es simplemente el producto final de la fábrica.
Y la fábrica somos todos un poco.
Los padres que no miran.
Las marcas que empujan.
Los influencers que venden autenticidad con código de descuento.
Las redes que premian repetir lo que ya funciona.
Y nosotros, que luego miramos la acera llena de copias y decimos: “qué raro,
van todos iguales”.
Raro no es.
Es bastante lógico.
Triste, pero lógico.
Ojalá vuelvan los raros
Por eso, aunque el artículo parezca una colleja a la juventud, en el fondo va
bastante de lo contrario.
Va de echar de menos al raro.
Al que se vestía como le daba la gana.
Al que escuchaba música que no tocaba.
Al que no encajaba en la foto.
Al que no sabía posar.
Al que llevaba una camiseta de un grupo que nadie conocía.
Al que se sentaba en una esquina y parecía estar pensando en otra película.
Al que no necesitaba pedir permiso al algoritmo para existir.
Porque una cuadrilla sin raros no es una cuadrilla. Es un catálogo de personas
con zapatillas caras.
Y sí, quizá siempre hubo modas, siempre hubo copias, siempre hubo cabecillas,
palmeros y gente intentando sobrevivir sin llamar demasiado la atención. Pero
también había personajes. Había mezclas. Había contradicciones. Había gente que
se equivocaba intentando ser algo, no simplemente descargando una plantilla.
Ojalá vuelvan los raros.
Ojalá vuelva el derecho a ir un poco mal combinado, a escuchar algo que no pega,
a tener una pinta que no se entiende, a hablar sin parecer un audio reciclado de
TikTok y a ser el personaje secundario extraño que, sin saber muy bien cómo,
acaba siendo lo único interesante de la película.
Porque los clones aburren.
Incluso cuando salen guapos.
Y una cuadrilla sin personajes no es una cuadrilla.
Es una tirada defectuosa de impresora 3D.
Si te interesa esa mezcla de redes, exposición y cansancio digital, también puedes leer De beber cerveza en Twitch a sentir que tenía que fichar.
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