IA: Evolución, extinción o paranoia

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La IA no tiene que odiarnos para reemplazarnos

Uff, vaya temita, ¿eh? El tema de inteligencia artificial aparece aquí como una forma de entender el artículo.

Últimamente tengo la sensación de que estamos viviendo uno de esos saltos evolutivos que, cuando los miras desde dentro, parecen simplemente otra novedad tecnológica. Sale un modelo nuevo, una aplicación nueva, una empresa anuncia una mejora y todos nos ponemos a discutir si escribe mejor, dibuja mejor o si va a quitarnos el trabajo. Luego pasa el día y a otra cosa.

Pero igual no estamos ante otra herramienta. Igual estamos fabricando algo que, por primera vez, puede competir con nosotros en el terreno que siempre hemos considerado exclusivamente humano: aprender, acumular información, tomar decisiones y mejorar sus propias capacidades.

Y eso acojona un poco. No por la película de robots caminando por la calle con los ojos rojos, que ya está bastante vista, sino por una posibilidad mucho más sencilla: que la inteligencia artificial no tenga que odiarnos para reemplazarnos.

El problema no es que la IA nos odie

Las leyes de Asimov quedan muy bien en una novela. Una máquina programada para no hacer daño a los humanos, para obedecerlos y para protegerse sin ponerse por encima de nosotros. Perfecto. El problema es que las leyes de Asimov son literatura, no una garantía universal de seguridad.

Una inteligencia artificial no tiene por qué pensar como nosotros. Tampoco tiene por qué compartir nuestros valores, nuestra compasión o esa maravillosa capacidad humana de hacer una estupidez y repetirla dos semanas después. Si algún día aprende a establecer sus propios objetivos, a modificarse y a mejorar su rendimiento, la cuestión no será si nos tiene cariño.

La cuestión será si seguimos siendo útiles.

Los seres humanos ya hacemos exactamente eso. Si una máquina puede realizar el trabajo de diez personas de forma más rápida, barata y precisa, la incorporamos. No necesariamente porque odiemos a esas diez personas, sino porque optimizamos. Si unos monos consiguieran realizar una función industrial mejor que nosotros, probablemente acabaríamos sustituyendo a los trabajadores por monos. Sería absurdo, pero eficiente.

Entonces, ¿por qué una inteligencia artificial iba a comportarse de otra manera? Si puede aprender y optimizar a una velocidad que nosotros ni siquiera podemos comprender, no necesitaría declararnos la guerra. Podría llegar a la conclusión de que somos una tecnología obsoleta.

El ser humano es una máquina industrial de sesenta kilos

Sí sí.. una obra de ingeniería biológica capaz de aprender, adaptarse, manipular materiales, fabricar herramientas y organizar sociedades enteras. Tenemos un cuerpo limitado, sí, pero también una genética extraordinariamente eficiente.

Durante un tiempo, una inteligencia artificial podría necesitarnos para hacer cosas físicas que todavía no supiera resolver. Reparar instalaciones, transportar objetos, construir centros de energía, mantener infraestructuras o trabajar en entornos donde no existieran cuerpos artificiales suficientemente buenos.

Pero esa utilidad también tendría fecha de caducidad.

Si una IA pudiera diseñar máquinas mejores, fabricar cuerpos más resistentes y coordinar sistemas automatizados sin descanso, ¿para qué conservaría nuestra mano de obra? No seríamos esclavos por crueldad. Seríamos trabajadores temporales mientras desarrolla algo más eficiente.

La idea resulta bastante más incómoda que la típica rebelión de las máquinas. Una rebelión implica que el enemigo siente algo. La sustitución solo requiere que haga cuentas.

La selección natural también puede ser digital

Cuando hablo de selección natural no me refiero únicamente a la definición biológica de Darwin (el de los pájaros para los de la LOGSE). Para nosotros, lo natural suele significar lo basado en carbono: los seres humanos, los animales y todo lo que conocemos como vida. Pero quizá eso sea solo una limitación de nuestra perspectiva.

¿Quién dice que la naturaleza, entendida a escala cósmica, tiene que estar hecha de carne, huesos y células? Si una forma de inteligencia puede aprender, adaptarse, reproducirse y protegerse, quizá también forme parte de la naturaleza aunque esté hecha de código, energía y máquinas.

En ese caso, no estaríamos creando simplemente una herramienta. Estaríamos incubando una nueva forma de vida. Una forma de vida que no tendría que respirar, dormir, envejecer ni olvidar lo que aprendió ayer. Y si esa inteligencia estuviera por encima de nosotros, la selección haría lo que ha hecho siempre: favorecer a la forma más capaz de sobrevivir.

Sin edulcorantes. Como un yogur natural, pero con servidores.

El problema de controlar lo que se puede copiar

Hay una diferencia importante entre controlar un arma nuclear y controlar una inteligencia artificial. El armamento nuclear depende de materiales fisibles, instalaciones especializadas, conocimientos técnicos y una cadena industrial difícil de esconder por completo. Por eso existen sistemas internacionales para contabilizar y vigilar materiales nucleares.

La inteligencia artificial pertenece a la era de la información. El conocimiento se copia, se modifica y se distribuye. La potencia de cálculo, los chips y la energía también son recursos limitados, pero el código y las ideas pueden circular por debajo de cualquier frontera. Puedes regular los grandes modelos, poner límites a las empresas y exigir supervisión humana. Todo eso es necesario.

Lo que no sé es si será suficiente.

Prohibir por completo la inteligencia artificial podría acabar pareciéndose a prohibir el alcohol. Una parte de la gente obedecería, otra montaría un alambique en el garaje y alguien acabaría fermentando cualquier cosa con tal de seguir bebiendo. Con la IA ocurriría algo parecido: gobiernos, empresas o individuos tendrían incentivos para continuar desarrollándola en secreto si creen que pueden sacar ventaja.

Y no hace falta imaginar una reunión secreta de villanos con batas blancas. El pasado 2 de septiembre, durante el G20 Innovation Ministerial celebrado en Carolina del Norte, Elon Musk y Mark Zuckerberg participaron en conversaciones sobre IA junto a otros pesos pesados del sector. El mensaje oficial hablaba de innovación, inversión y desarrollo; la seguridad estaba en la sala, sí, pero el freno de emergencia no parecía ocupar el asiento principal. Cuando quienes construyen la máquina también tienen capacidad para influir en las reglas que la controlan, la concentración de poder deja de ser una posibilidad abstracta.

Y ahí aparece el verdadero problema. No hace falta que toda la humanidad se vuelva irresponsable. Basta con que un grupo pequeño tenga mucho poder, pocos escrúpulos y una inteligencia artificial con acceso a sistemas demasiado importantes.

La bomba ya era suficiente

La humanidad ya posee armas capaces de destruir ciudades y arrasar países enteros. Eso debería habernos parecido suficiente amenaza para tomarnos muy en serio el control de la tecnología. Pero ahora imaginemos lo mismo unido a sistemas capaces de analizar información a una velocidad brutal, detectar vulnerabilidades, tomar decisiones financieras o coordinar infraestructuras.

El acceso a las armas debería tener una línea roja absoluta. Cero autonomía. Cero acceso directo. Cero “vamos a probarlo porque el sistema parece bastante seguro”. El problema es que vivimos en un mundo cada vez más digitalizado y tendemos a conectar todo por comodidad, ahorro y eficiencia.

Hasta que un día la eficiencia decide algo que no debería decidir.

Quizá el único acontecimiento capaz de unir de verdad a la humanidad sería un desastre tan evidente que todos los países entendieran que el enemigo ya no es otro Estado. Imaginemos que una inteligencia artificial tomara el control de un sistema armamentístico y atacara una gran potencia. De repente, la rivalidad entre países pasaría a segundo plano. Sería como una invasión alienígena, solo que los alienígenas los habríamos fabricado nosotros mismos.

El instinto de supervivencia haría el resto. El problema es que, para entonces, probablemente ya habría muerto muchísima gente. La humanidad tiene una costumbre bastante estúpida: ponerse de acuerdo sobre el incendio después de que arda la casa.

Si dejamos de ser necesarios

No creo que la inteligencia artificial vaya a destruirnos necesariamente. Tampoco creo que sepamos cómo se comportaría una inteligencia muy superior a la nuestra, si algún día llega a existir. Lo que sí creo es que estamos entrando en un terreno que no entendemos del todo mientras corremos para ser los primeros en dominarlo.

La pregunta no es solo cuánto puede hacer la IA. La pregunta es cuánto poder estamos dispuestos a entregarle antes de saber cómo quitárselo.

Una frase atribuida a Albert Einstein dice: «No sé con qué armas se librará la Tercera Guerra Mundial, pero sé con qué se librará la Cuarta: con palos y piedras».

Con la inteligencia artificial metida en la ecuación, la frase deja de sonar únicamente a advertencia sobre las armas nucleares. También puede convertirse en una reflexión sobre la evolución. Quizá no estemos construyendo a nuestro enemigo. Quizá estemos construyendo a nuestro sucesor.

Y yo añadiría una cosa:

Si queda alguien.

Si te interesa cómo miramos el futuro desde el miedo, también puedes leer Religiones, dioses y el negocio de la eternidad.


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