¿Quién?
Hay cosas que hacemos porque queremos, otras porque las necesitamos y luego están todas esas cosas que hacemos simplemente porque es lo que toca.
El otro día pensaba en una bastante absurda: comer a determinadas horas. Son las dos, así que hay que comer. ¿Por qué? ¿Tengo hambre? Da igual, son las dos.
Evidentemente tenemos horarios, trabajos y obligaciones que condicionan nuestra vida, pero me resulta curioso cómo terminamos convirtiendo muchas costumbres en normas, hasta el punto de hacer cosas sin preguntarnos siquiera si nos apetecen o las necesitamos.
Y lo de comer es una tontería. El problema es cuando hacemos lo mismo con decisiones bastante más importantes.
El carnet que hay que sacarse
A mí me pasó con el carnet de conducir. Llegó una edad y había que sacárselo, no porque necesitase un coche desesperadamente ni porque tuviera decidido que quería conducir. Simplemente tocaba.
Ahora estoy viendo una situación parecida con mi sobrino y me hace pensar.
¿Tiene ventajas tener carnet? Por supuesto. Yo me lo saqué y ahora sé la libertad que puede darte: puedes moverte cuando quieras, viajar, aceptar determinados trabajos o simplemente no depender de horarios y transporte público.
Yo se lo recomendaría, pero nada más.
Si mi sobrino me dijera que ahora mismo no quiere sacárselo, que no lo necesita y que prefiere dedicar su tiempo y su dinero a otra cosa, le dejaría a su bola. Ya llegará el momento, o no. ¿Cuánta gente vive sin carnet, utiliza transporte público y está perfectamente feliz?
Quizá el problema es que muchas veces confundimos recomendar con decidir por los demás.
Las costumbres que heredamos
Creo que buena parte de estas cosas son costumbres heredadas. Nuestros padres consideraron que determinadas decisiones eran buenas para nosotros porque probablemente sus padres pensaron lo mismo sobre ellos, y nosotros podemos terminar haciendo exactamente lo mismo con los que vienen detrás.
Y normalmente lo hacemos con buena intención. Ese es precisamente el problema.
No hace falta que alguien quiera controlarte. Puede quererte muchísimo y estar completamente convencido de que te está dando el mejor consejo del mundo, pero está decidiendo qué es mejor para ti utilizando su criterio, su experiencia y sus prioridades.
Y tú puedes tener otras completamente distintas.
Escuchar la experiencia de alguien me parece inteligente. Vivir la vida que esa persona considera correcta para ti ya me parece otra cosa.
Comprar una casa, porque alquilar es tirar el dinero
Hay otra frase que llevo escuchando prácticamente toda mi vida:
«Alquilar es tirar el dinero.»
Y después suele venir su hermana: «Por lo menos pagando una hipoteca estás pagando algo que algún día será tuyo.»
Yo compré una casa y, curiosamente, hoy tengo sentimientos bastante contradictorios sobre aquella decisión.
Por una parte, agradezco haberla comprado. Tengo una vivienda, he ido pagando la deuda y hoy dispongo de una estabilidad que seguramente no tendría si hubiera pasado todos estos años de alquiler.
Pero también hay otra cara.
Me ha retenido aquí.
Si volviera atrás, quizá no compraría una vivienda tan joven. Quizá habría vivido de alquiler y habría tenido más facilidad para cambiar de ciudad por un trabajo, irme una temporada fuera o simplemente moverme más.
No sé si habría sido mejor, y precisamente ahí está la cuestión.
Durante años hemos tratado la compra de una vivienda casi como el siguiente paso obligatorio de la vida adulta: trabajas, ahorras, compras una casa y sigues.
Además, muchas veces recibimos consejos financieros de personas que jamás han tenido educación financiera. No porque sean irresponsables ni porque quieran aconsejarnos mal, sino porque simplemente repiten las ideas con las que ellos crecieron.
Y una de ellas es ver la hipoteca prácticamente como una hucha.
Pero una hipoteca no es una cuenta de ahorro. La vivienda es un activo que puede adquirir o perder valor, mientras que la hipoteca es una deuda que pagas durante muchos años, con intereses y otros gastos. Además, la propia vivienda necesita impuestos, mantenimiento, reparaciones y dinero.
Comprar puede ser una decisión fantástica y alquilar también. Dependerá de tus números y, sobre todo, de la vida que quieras llevar.
Porque hay algo que rara vez aparece cuando hacemos las cuentas: el precio de perder libertad para moverte.
¿Habría sido mejor para mí alquilar? Ni puta idea. Quizá hoy estaría escribiendo exactamente lo contrario.
Pero habría sido interesante tomar aquella decisión pensando más en cómo quería vivir yo y menos en cómo se suponía que tenía que vivir.
La vida no viene con calendario
Creo que al final todo vuelve al mismo sitio. Nos hemos creado una especie de calendario imaginario: a determinada edad estudias, trabajas, te sacas el carnet, encuentras pareja, compras una casa, tienes hijos, consigues estabilidad… y procura no salirte demasiado del camino.
Pero ¿quién coño hizo ese calendario?
Hay gente que quiere casarse y tener tres hijos, y perfecto. Hay gente que quiere vivir sola, y perfecto. Hay quien quiere comprarse una casa y no moverse de su pueblo en toda su vida, y perfecto también.
Lo que a mí me daría pena sería llegar a los 90 años, mirar atrás y descubrir que nunca salí de donde estaba no porque quisiera quedarme, sino porque nunca me atreví a irme.
Alguna vez he visto en televisión a personas mayores decir orgullosas: «Nací aquí y moriré aquí.» Y siempre me provoca una sensación extraña.
Si esa persona ha sido feliz exactamente ahí y esa era la vida que quería, probablemente haya acertado mucho más que muchos de nosotros.
Pero yo no quiero eso para mí.
El mundo es demasiado grande.
Si pudiera hablar con el chaval de 20 años
Si pudiera volver atrás y sentarme un rato con el que era yo a los veinte años, tampoco le diría que ignorase a todo el mundo. Sería absurdo.
Le diría que escuchase, que preguntase y que aprovechase la experiencia de la gente que sabe más que él. Pero después le diría algo mucho más importante:
Haz lo que sientas. Escucha a los demás, pero decide tú.
Y si tienes que arriesgarte, arriésgate. Te equivocarás, probablemente unas cuantas veces, pero al menos algunas de esas hostias serán tuyas.
Porque al final puedes recuperar dinero, cambiar de trabajo, vender una casa o sacarte el carnet a los 18, a los 30 o a los 50. Hay muchas cosas que pueden esperar.
Pero hay una que no.
Solo hay una vida.
Y sería una putada vivirla siguiendo el calendario de otro.