Este artículo también reivindica leer como una forma de encontrar ideas y voces propias.
Leer también es viajar, maldita sea!
Hay gente que dice con cierto orgullo que no lee.
—Yo no he terminado un libro en mi vida.
Y lo sueltan como quien presume de no haber caído nunca en una estafa piramidal o de llevar veinte años sin pisar un hospital. Con satisfacción. Como si hubieran conseguido escapar de algo.
Yo lo respeto, faltaría más. Cada uno hace con su tiempo lo que quiere. Pero, en primera instancia, me da una pena tremenda.
No porque crea que leer te convierta automáticamente en una persona más inteligente, más culta o moralmente superior. He conocido gente que ha leído muchísimo y sigue siendo gilipollas. Los libros tampoco hacen milagros.
Me da pena porque estoy convencido de que existe alguna historia para cada persona. Hay tantos libros, géneros, autores y formatos que resulta difícil creer que no haya absolutamente nada capaz de engancharte.
Quizá no has encontrado todavía tu libro.
O quizá llevas toda la vida intentando leer lo que otros dicen que deberías leer.
Primero llegaron las aventuras
Yo empecé de pequeño con las historias de Tintín. Aventuras, viajes, lugares lejanos y personajes metiéndose en problemas. Todo bastante más interesante que muchas de las cosas que supuestamente debía aprender a esas edades.
Después cayó en mis manos una colección casi completa de Julio Verne. Muchos títulos ya me resultaban familiares porque aquel tipo de historias formaba parte del mundo de aventuras que había conocido mediante los tebeos.
Viaje al centro de la Tierra. De la Tierra a la Luna. Mundos desconocidos, expediciones imposibles y personajes que siempre parecían tener una razón estupenda para abandonar la seguridad de su casa y meterse donde nadie los había llamado.
Creo que me quedaron apenas tres libros para terminar la colección entera.
No los leía porque quisiera mejorar mi vocabulario ni porque estuviera construyendo una sólida formación literaria. Los leía porque me flipaban. Así de sencillo.
Un poco más adelante, durante el instituto, llegó la fantasía épica. Dragonlance fue una puerta que daba a veinte puertas más: Crónicas, Leyendas, Preludios, Héroes, El ocaso de los dragones… Me leí una cantidad absurda de novelas.
Magia, guerras, mundos enormes, personajes condenados a salvarlo todo y gente cargando con espadas que probablemente pesaban más que ellos.
Ahí estaba yo.
No soy mucho de cómics, salvo por cincuenta tomos de Conan
La verdad es que nunca me he considerado especialmente aficionado a los cómics.
Aunque, ahora que lo pienso, durante el instituto llegué a reunir unos cuarenta o cincuenta recopilatorios de La espada salvaje de Conan.
Así que igual mi definición de «no ser mucho de cómics» necesita una pequeña revisión.
Eran aquellos libros de tapa dura y bastante volumen que recopilaban distintas historias. Conan siempre me ha fascinado como personaje, tanto en las viñetas como en el cine. Ya expliqué parte de esa obsesión cuando hablé de mi película favorita.
Me gusta Spider-Man, he disfrutado muchos cómics cuando me he puesto con ellos y Conan ocupó durante años una parte considerable de mis estanterías. Pero nunca he sentido que el cómic fuera mi formato principal.
Y da exactamente igual.
Porque este artículo no va de defender que todo el mundo tenga que leer novelas de ochocientas páginas. Va precisamente de lo contrario.
Lee un cómic. Lee manga. Lee una revista. Lee una biografía de un futbolista, las memorias de un actor o un libro sobre cómo reparar motores soviéticos.
Me la pela.
Lo importante es que encuentres algo que te haga querer pasar a la página siguiente.
Leer por rachas también es leer
Tengo temporadas en las que puedo leer ocho o nueve libros en dos meses. Me engancho a una historia, después busco otra y, cuando quiero darme cuenta, estoy buscando trilogías y sagas completas para no tener que abandonar aquel mundo demasiado pronto.
Luego puedo pasarme tranquilamente medio año sin terminar un solo libro.
Y no pasa nada.
Leer no debería convertirse en otra competición absurda. No necesito alcanzar una cifra anual ni publicar una fotografía con una torre de libros para demostrar que he aprovechado bien el tiempo.
Ya convertimos demasiadas aficiones en estadísticas.
A mí un libro tiene que engancharme. No necesariamente en las primeras diez páginas, porque algunas historias necesitan respirar un poco, pero sí durante las primeras treinta o cuarenta. Tiene que aparecer algo que me haga pensar: «Ostras, quiero saber qué coño ocurre aquí».
A veces ni siquiera basta con que el libro tenga todos los ingredientes que normalmente me gustan. Nacidos de la bruma, de Brandon Sanderson, tiene fantasía épica, magia y un mundo construido con muchísimo detalle. En teoría, debería haberme atrapado por completo.
Pues no lo hizo.
En cambio, El nombre del viento, el primer volumen de Crónica del Asesino de Reyes, me lo devoré prácticamente en día y medio. El temor de un hombre sabio, el segundo, me gustó algo menos, pero sigue formando parte de una de las historias que más he disfrutado.
También he leído tres libros de Canción de hielo y fuego, Cuento de hadas de Stephen King, relatos de Lovecraft y recopilaciones vinculadas a Alfred Hitchcock.
Mis gustos deberían apuntar claramente hacia la fantasía, la aventura y lo extraño.
Sin embargo, mi libro favorito es Lo mejor que le puede pasar a un cruasán.
Mi libro favorito me costó un euro
Lo encontré en Traperos de Emaús.
Costaba un euro.
Me llamó la atención el título, leí la sinopsis de la contraportada y vi que tenía cierto aire policiaco. A mí la novela negra nunca me ha atraído especialmente, pero aquel libro parecía tener algo distinto.
Por un euro tampoco estaba arriesgando el futuro económico de mi familia, así que me lo llevé.
Y me lo devoré.
Era una edición de bolsillo, de esas que puedes llevar a cualquier parte. En el metro, en el topo, durante un descanso en el trabajo o esperando en cualquier sitio. Sacas el libro y te pones a leer como un yonqui que necesita saber qué ocurre en la página siguiente.
Mi libro favorito no apareció en una lista de grandes obras universales. No me lo recomendó un prestigioso crítico literario. No pagué treinta euros por una edición especial numerada.
Lo encontré de segunda mano por un euro porque el título me hizo gracia.
Por eso digo que leas lo que te dé la gana.
Nunca sabes dónde está esperándote el libro que te va a enganchar.
Leer enseña sin parecer que estás estudiando
Suele decirse que el conocimiento no ocupa lugar.
Es verdad que aprendemos muchas cosas que quizá no utilizaremos jamás. Pero también incorporamos palabras, expresiones e ideas que un día empiezan a salirnos de manera natural.
Recuerdo escuchar por primera vez a un amigo utilizar la palabra longevo. Entendí el significado por el contexto y, con el tiempo, aquella palabra pasó a formar parte de mi vocabulario. Hoy puedo emplearla sin tener que detenerme a pensar de dónde salió.
Con la ortografía sucede algo parecido.
Cuando lees, las palabras entran en el cerebro como fotografías. Las ves una vez, otra y otra. No estás estudiando conscientemente cómo se escriben, pero la imagen se queda almacenada. Después, cuando necesitas utilizarlas, muchas veces sabes cómo escribirlas porque ya las has visto cientos de veces.
No soy Espronceda. Tampoco he sentido nunca una pasión desmedida por estudiar Lengua Española.
Simplemente he leído.
Y a fuerza de repetición, el vocabulario se amplía, la escritura mejora y las estructuras gramaticales empiezan a salir con más naturalidad.
Leer no te transforma mágicamente en académico. Pero resulta difícil pasar cientos de horas rodeado de palabras sin que alguna se te quede pegada.
Todo vale… bueno, hablemos de los audiolibros
Para mí, el formato importa muy poco.
He leído novelas, cómics, relatos cortos y periódicos. Aunque el periódico siempre me ha parecido una especie de recopilación diaria de dramas y penurias.
Abres la sección deportiva y descubres que un equipo ha fichado a un jugador. Muy bien.
Después continúas y encuentras guerras, catástrofes, corrupción, problemas económicos y distintas formas de recordarte que el mundo se está yendo a la mierda.
La antimotivación absoluta.
Por suerte quedaba la sección de contactos. Cada uno encontraba allí su propia manera de practicar el carpe diem.
Pero leer el periódico también es leer.
¿Y los audiolibros?
Ahí tengo mis dudas.
Un audiolibro te permite conocer una historia, descubrir personajes y ampliar tu vocabulario oral. Puede ser fantástico para conducir, caminar o para alguien que tenga dificultades para leer un texto.
Pero, para mí, escuchar un libro no es exactamente leerlo.
No ves las palabras, por lo que no ejercitas la ortografía de la misma manera. Tampoco realizas el mismo esfuerzo de concentración. Pulsas el botón y alguien hace gran parte del trabajo por ti.
Y vivimos precisamente en una época en la que queremos que todo nos llegue hecho, rápido y sin esfuerzo.
Así que no estoy completamente en contra de los audiolibros.
Digamos que estoy en contra al setenta u ochenta por ciento.
Para mí era mejor el libro. ¡Y para mí, el árbol!
Hay una frase que aparece inevitablemente cada vez que una película adapta una novela:
—A mí me gustó más el libro.
Enhorabuena.
A mí me gustaba más el árbol.
Entiendo que un libro puede desarrollar personajes, situaciones y pensamientos que una película tiene que comprimir en dos horas. Y si has leído primero la novela, es normal que hayas construido tu propia versión de aquel mundo y que después la adaptación no encaje con ella.
Pero cuando ya he visto la película, normalmente no me apetece leer el libro para volver a recorrer una historia cuyo destino conozco.
Prefiero abrir otra puerta.
Otra historia.
Otro mundo.
El puto mundo
Con leer pasa un poco como con viajar.
Hay quien dice:
—Yo no viajo porque estoy muy a gusto aquí. Total, ¿qué me estoy perdiendo?
Hombre, pues mira: te estás perdiendo el mundo. Básicamente, el puto mundo.
Con los libros ocurre exactamente lo mismo.
Puedes quedarte siempre donde estás o abrir uno y aparecer en otro país, otra época, otro planeta o dentro de la cabeza de alguien que no se parece en nada a ti.
Y todo sin moverte del asiento.
Presumir de no haber leído jamás me parece parecido a presumir de no haber probado el sexo. Eres perfectamente libre de no hacerlo, faltaría más. Pero no termino de entender dónde está la medalla.
No tienes que empezar por un clásico ruso de ochocientas páginas. Tampoco necesitas entender cada metáfora, escribir una reseña ni montar una estantería perfectamente ordenada para Instagram.
Busca algo que ya te interese.
Una película, una época histórica, un personaje, un deporte, un crimen, una aventura, una nave espacial o un bárbaro con una espada.
Dale treinta o cuarenta páginas.
Si no te engancha, déjalo. No te debe dinero y tú no le debes fidelidad.
Busca otro.
Pero lee, joder.
Descubre más desde El Nómada Mental
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.