Un circuito nuevo, veinte mil plazas VIP, menos de diez adelantamientos y una pregunta incómoda: ¿se diseñó antes el negocio que la carrera?
Llevo viendo Fórmula 1 desde antes de 2004, pero fue por aquellos años, con Alonso empezando a hacernos creer que un español podía estar ahí arriba, cuando la cosa dejó de ser simplemente ver coches dando vueltas y empezó a convertirse en algo emocional. El artículo también gira alrededor de MADRING.
Así que no escribo esto porque no me guste la Fórmula 1, sino precisamente porque me gusta y porque llevo más de veinte años viendo cómo los aficionados nos quejamos de circuitos en los que adelantar no es difícil porque haga falta echarle huevos, tener más manos que el de delante o tirarse por un exterior imposible. Es difícil porque el propio circuito te dice que por ahí no pasas.
Después de todo este tiempo aprendiendo qué funciona y qué no, Madrid tenía una oportunidad cojonuda: hacer un circuito nuevo desde cero, sin las limitaciones históricas de un trazado construido hace cincuenta o cien años y pudiendo aprovechar todo lo aprendido durante décadas de Fórmula 1.
¿El resultado? Una primera carrera con menos de diez adelantamientos en 57 vueltas y, prácticamente nada más terminar, ya se empezó a hablar de posibles modificaciones del trazado para favorecerlos.
Empezamos de puta madre.
La quali sí. La carrera me durmió. Dos veces.
Voy a reconocerle algo a MADRING: la clasificación me gustó, porque los circuitos urbanos tienen una característica que siempre me ha atraído y es que ahí se ven las manos.
Cuando tienes un muro a veinte centímetros no puedes permitirte demasiadas alegrías. El que arriesga un poco más puede sacar una décima donde parecía que no la había, mientras que el que se pasa dos centímetros se come el muro y se va a casa. Esa presión me gusta porque premia la precisión, el riesgo y, en definitiva, al piloto.
Por eso me vi la clasificación del tirón.
Luego llegó la carrera y no recuerdo si era la vuelta 14, la 16 o la 18, pero me dormí. Me desperté al rato, vi tres o cuatro vueltas y me volví a dormir. Y no es una forma literaria de decir que aquello me pareció aburrido: me dormí de verdad. Dos veces.
De hecho, cuando terminó el fin de semana ni siquiera sabía cómo había acabado el Gran Premio.
Igual el problema es mío, pero quizá tenga algo que ver que una carrera de 57 vueltas terminara con menos de diez adelantamientos.
Veinte años quejándonos de Mónaco para fabricar otro
Mónaco es Mónaco: historia, tradición, Senna, yates, glamour, famosos, dinero y una imagen que cualquiera relaciona inmediatamente con la Fórmula 1. También es, deportivamente, uno de los mayores coñazos del calendario.
Puedes tener detrás un coche capaz de rodar uno o dos segundos por vuelta más rápido que, si el de delante no comete un error, probablemente te lo comas durante media carrera sin poder hacer absolutamente nada. Sin embargo, año tras año se lo perdonamos porque es Mónaco, porque lleva ahí toda la puta vida y porque forma parte de la historia de este deporte.
Lo que no termino de entender es que, teniendo una hoja en blanco en 2026, alguien haya pensado que una buena idea era copiar precisamente parte de ese modelo.
Porque esa es la sensación que me deja MADRING: han intentado construir el Mónaco de Madrid, con mucho evento, mucho VIP, mucha celebrity y mucho sitio bonito desde el que hacerse una foto. Después, si queda un hueco, ponemos una carrera de Fórmula 1.
Y no es solo una sensación. MADRING salió al mercado con unas 20.000 plazas de hospitality y VIP, presentándose como la mayor oferta de este tipo entre los Grandes Premios europeos, mientras MATCH Hospitality comprometía 400 millones de euros durante diez años para desarrollar, explotar y comercializar todo ese negocio premium.
Que nadie me entienda mal: hacer negocio no tiene nada de malo y la Fórmula 1 es un negocio, siempre lo ha sido. El problema aparece cuando parece que eres capaz de diseñar mejor dónde colocar a quien paga miles de euros por una experiencia VIP que dónde colocar una frenada en la que un piloto pueda adelantar a otro.
Un circuito debería permitir correr
Yo no quiero una Fórmula 1 en la que todos conduzcan literalmente el mismo coche, porque entonces dejaría de ser Fórmula 1. Sé perfectamente que la mecánica importa y que siempre habrá un coche con mejor aerodinámica, otro con más velocidad punta y otro que trate mejor los neumáticos; la ingeniería, el desarrollo y la competición entre fabricantes forman parte de este deporte.
Pero el circuito debería dejar un espacio para que el cabrón que va sentado dentro pueda hacer algo.
Monza, por ejemplo, puede premiar muchísimo la potencia y, si tu coche no corre, puedes tener las manos de Fangio que vas a sufrir. Mónaco representa casi el extremo contrario: puedes clasificar delante y convertir tu coche en un tapón con ruedas porque adelantar se convierte prácticamente en una misión suicida.
Yo quiero circuitos donde las manos importen y, de hecho, me gustan los urbanos precisamente por eso. Quiero muros, quiero que equivocarte veinte centímetros tenga consecuencias, pero también quiero una frenada donde alguien pueda pensar «me la juego», una zona en la que existan dos trazadas posibles o un punto donde un piloto pueda intentar algo que me haga pensar que el resto no habría tenido los cojones —o el talento— para hacerlo.
Lo que no quiero son cinco vueltas interesantes y cincuenta de gestión de neumáticos esperando que un undercut, un overcut, un Virtual Safety Car o una parada lenta cambien unas posiciones que los propios pilotos son incapaces de cambiar sobre el asfalto.
Eso no es darle herramientas al piloto para competir. Es pedirle que espere a que ocurra algo.
Y luego está el dinero
Cuando se anunció el proyecto se habló de inversión privada y de que el Gran Premio no supondría coste para el contribuyente. La realidad económica merece, como mínimo, levantar una ceja.
La inversión para levantar el tinglado la ha asumido IFEMA, un consorcio en el que Ayuntamiento y Comunidad de Madrid tienen conjuntamente el 62 % de la titularidad, así que tampoco estamos hablando de una empresa cualquiera montando un scalextric gigante en el jardín de su casa.
¿Significa eso que se hayan cogido directamente cientos de millones de nuestros impuestos y se hayan tirado en un circuito? No, y decirlo así sería simplificarlo demasiado. Pero tampoco me voy a tragar sin masticar el eslogan de que todo esto no cuesta un euro al ciudadano.
Y aquí entra mi opinión, que seguramente a alguno le tocará los cojones. Pues mala suerte.
En mi opinión, el Gobierno de España lleva años tangándonos, robándonos y mintiéndonos, pero tampoco quiero convertir esto en una cuestión de siglas, porque me da exactamente igual quién gobierne o qué partido esté en el poder. Cambian los nombres, cambian los colores y cambian los discursos, pero al final la historia de nuestra vida suele ser la misma: buscar de dónde recaudar más, vendernos después que todo se hace por nuestro bien y esperar que aplaudamos.
Por eso, cuando una administración o una institución pública me vende modernidad, innovación, retorno económico y el futuro del espectáculo, no saco los pompones inmediatamente. Primero miro qué se está haciendo, cuánto cuesta, quién lo paga y, sobre todo, qué recibimos a cambio.
Porque yo, siendo aficionado a la Fórmula 1 desde hace más de veinte años, para empezar ni siquiera tenía claro que Madrid necesitara un Gran Premio nuevo. Hay necesidades sociales, impuestos, servicios y mil sitios donde hace falta dinero, así que si vas a levantar semejante tinglado y me quieres convencer de que merece la pena, por lo menos dame una carrera de cojones.
No una siesta.
Negocio antes que deporte
Y este es, para mí, el verdadero problema de MADRING. No son solamente sus curvas, sus muros o los pocos adelantamientos de su primera carrera, sino la sensación de que se ha diseñado primero el producto y después se ha pensado en el deporte.
Hospitality, VIP, experiencias, restauración, entretenimiento, famosos y exposición internacional: todo eso parece estar perfectamente pensado. Cuando llega el pequeño detalle de que veinte coches tienen que competir entre sí durante 57 vueltas, descubrimos que quizá habría estado bien dejarles algún sitio para hacerlo.
La ironía es bastante buena porque la propia organización vendió MADRING como un nuevo paradigma que combinaría deporte y espectáculo y, después de la primera carrera, ya se empezó a hablar de estudiar cambios para mejorar los adelantamientos.
Igual el paradigma necesitaba un par de curvas más antes de imprimir los folletos.
Mónaco tiene una excusa. Madrid no.
Mónaco seguirá siendo Mónaco, con sus yates, sus famosos, su dinero obsceno y una carrera que algunos años podría sustituirse por una procesión de coches sin que demasiada gente notara la diferencia. Pero tiene casi un siglo de historia detrás y eso le concede una licencia que un circuito recién nacido no tiene.
Y eso es precisamente lo que me cabrea de MADRING.
Tenías la posibilidad de estudiar décadas de Fórmula 1, mirar qué circuitos producen carreras espectaculares y cuáles producen procesiones, preguntar a pilotos, utilizar simuladores y diseñar algo que mantuviera la dificultad y la precisión de un urbano sin renunciar a que los coches pudieran competir entre ellos.
Tenías una hoja en blanco y has conseguido que, después de la primera carrera, ya se esté hablando de cambiarla.
No sé si MADRING terminará convirtiéndose en un gran circuito y ojalá lo haga, porque me gusta la Fórmula 1 y precisamente por eso escribo esto. Pero su estreno me ha dejado una sensación bastante clara: han intentado construir el Mónaco de Madrid antes de asegurarse de construir un buen circuito de Fórmula 1.
Cuando el negocio va primero, el espectáculo alrededor va segundo y el deporte termina tercero, pasa lo que pasa.
Porque al final esto no deja de ser la historia de siempre, pero con neumáticos blandos y olor a gasolina. Primero se diseña el negocio, luego se vende como ilusión colectiva y, cuando el aficionado pregunta dónde está la carrera, le señalan el decorado, las luces, los palcos y la supuesta experiencia.
Y no, a mí eso no me vale.
Si me vendes Fórmula 1, dame Fórmula 1. Dame coches peleando, pilotos jugándosela, frenadas donde alguien pueda intentar algo y carreras que no dependan de que un ingeniero acierte con una parada en boxes mientras veinte tíos dan vueltas esperando a que pase algo.
Para montar un escaparate ya tenemos centros comerciales.
Para vendernos que todo se hace por nuestro bien ya tenemos a los de siempre.
Y para dormir la siesta, sinceramente, no hacía falta construir el Mónaco de Madrid.
20.000 plazas VIP. Menos de diez adelantamientos. Y yo dormido en el sofá. Dos veces.
Esta sensación de que alguien decide por nosotros también aparece en ¿Y quién decide que esto es lo que toca?.
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