Cuando cualquier cosa puede convertirse en una obsesión
Tengo un problema. Bueno, tengo varios, pero hoy vamos a centrarnos en uno concreto: me interesa absolutamente todo. El tema de aprendiz de todo aparece aquí como una forma de entender el artículo.
Y cuando digo todo, no estoy exagerando. Me puede llamar la atención la informática, la historia, los videojuegos, la moto, las matemáticas, la física, la lectura, el Warhammer o la resistencia torsional de la madera. Si alguien me explica cómo se comporta una tabla cuando la retuerces, es bastante probable que durante los siguientes días acabe leyendo sobre tipos de madera, humedad, vetas, herramientas y estructuras.
No tengo remedio.
Durante años pensé que simplemente era una persona curiosa. Y lo soy. Pero con el tiempo he empezado a sospechar que quizá la curiosidad, cuando no sabe parar, también puede convertirse en una especie de maldición.
Porque no me acerco a las cosas con prudencia. No suelo decir: “Voy a probar un poco, a ver si me gusta”. Lo normal es que vea algo, me pique la curiosidad y quiera entenderlo por dentro. No me basta con saber que existe. Necesito saber cómo funciona, por qué funciona, quién lo inventó y qué pasaría si lo cambiamos todo de sitio.
El síndrome de la pestaña nueva
Mi cabeza funciona como un navegador con demasiadas pestañas abiertas. Empiezo leyendo sobre una cosa y, sin darme cuenta, termino investigando otras cinco.
Puedo estar viendo un vídeo sobre una afición y, de repente, aparece una referencia a un tema que no conozco. Entonces ya está. Abro otra pestaña mental. Después otra. Y otra.
Es como cuando escuchas una canción y te preguntas cómo está construida. Luego quieres saber qué acordes utiliza, quién la compuso, de dónde viene ese estilo y por qué suena así. O como cuando ves una textura en una pared y acabas pensando en cómo se fabrica el papel, qué llevan las pinturas para conseguir ese efecto y qué clase de productos utilizarán para inventarse la próxima moda de gotelé.
El mundo está lleno de cebos para alguien como yo. Giras la cabeza veinte grados, aparece un banner sobre algo nuevo y allá vas, como las moscas a la mierda.
La diferencia es que cada salto deja cosas a medias. Puedes acumular conocimientos, vídeos, artículos, proyectos y compras, pero no siempre llegas al final de ninguno.
Warhammer, libros y otras cosas que se quedaron a medias
Con Warhammer me pasó algo bastante claro. Me gustaba el universo, las miniaturas, las batallas y toda la historia que había detrás. Hubo temporadas en las que podía verme miles de vídeos y leer sobre ejércitos.
También tuve un montón de miniaturas. Pero nunca llegué a completar un ejército entero.
Siempre faltaba algo. Una unidad, una pintura, una caja, una regla nueva o una idea que parecía más interesante que la anterior. En lugar de terminar, volvía a empezar desde otro ángulo.
Con la lectura ocurre algo parecido. Hay meses en los que puedo leer tres libros seguidos y pensar que, esta vez sí, he encontrado una rutina. Luego aparece otra cosa, cambia el ritmo, dejo un libro a medias y el montón de lecturas pendientes empieza a crecer.
No es que deje de gustarme. Simplemente aparece otra curiosidad que reclama atención.
La informática es mi casa base
De todas las cosas que me han interesado, la informática es la única que ha conseguido acompañarme durante muchísimos años.
Empecé de pequeño con un MSX de 128K. Después llegó un 486, un curso de informática, Basic y aquella sensación de que los ordenadores eran una especie de territorio secreto que podías aprender a dominar poco a poco.
Más tarde vinieron los sistemas operativos, los móviles y Android. Cuando apareció el HTC Magic, yo ya estaba trasteando con aquello. Después tuve el Hero y seguí enredando. No porque alguien me hubiera dicho que era una profesión con futuro, sino porque me gustaba saber qué había detrás de la pantalla y qué podía cambiar.
También pirateé mi Wii. Primero la mía, jugándome que acabara convertida en un ladrillo. Después la de toda la familia: mis suegros, mi hermana y quien se pusiera por delante.
No tenía una empresa de modificación de consolas. Era simplemente el que sabía hacerlo.
—Este controla de esto.
Y a mí me encantaba que me llamaran. Resolver problemas, probar cosas y conseguir que algo funcionara tenía una satisfacción muy concreta.
La informática, además, tiene una ventaja enorme para alguien como yo: es tan amplia y está tan fragmentada en pequeños sectores que puedes cambiar de tema sin salir realmente de ella. Sistemas operativos, hardware, móviles, programación, redes, servidores e inteligencia artificial. Siempre hay otra puerta.
Por eso, aunque me haya ido a la moto, al WoW, a los libros o a cualquier otra afición, la informática siempre ha sido mi casa base. El lugar al que termino regresando.
Saber mucho de muchas cosas también pesa
La parte complicada es que, con los años, puedes llegar a tener más conocimientos variados que muchas personas que han estudiado una sola disciplina durante mucho tiempo, pero sin contar con una especialización clara ni un título que lo certifique.
No lo digo por presumir. El prestigio me da bastante igual.
Lo que me pesa es pensar en todo lo que quizá habría podido hacer si hubiera desarrollado la informática de una manera más completa. Si hubiera estudiado una carrera, probablemente habría tenido acceso a mejores trabajos, mayores ingresos y una calidad de vida distinta.
Y eso no significa querer un título para que otros me admiren. Lo habría querido por la libertad que podría haberme dado.
Más dinero habría significado poder viajar más, acercarme a lugares como el espacio o los aceleradores de partículas y acceder a fuentes de conocimiento que ahora parecen lejanas. No por aparentar, sino porque hay experiencias y aprendizajes que cuestan dinero.
Ese es uno de los lados más frustrantes de esta maldición: tener la sensación de que podrías haber llegado más lejos, pero no haber convertido todos esos conocimientos dispersos en algo concreto.
Siempre hay otro nivel
Lo peor es que ni siquiera estoy seguro de que alcanzar esa trayectoria profesional hubiera solucionado el problema.
Me encantaría pensar que, si mañana tuviera más dinero y más posibilidades, encontraría por fin eso que llevo tiempo esperando. Algo que me llenara completamente. Pero, sinceramente, creo que no funcionaría así.
Ahora mismo puedo sentir que he llegado al nivel cincuenta en muchas cosas. Si tuviera más recursos, quizá empezaría otra disciplina desde el nivel setenta. Y desde ahí todavía quedarían otros ochenta niveles por delante.
Esa es la trampa. Incluso cuando avanzas, sigues viendo la distancia que queda.
Por eso la curiosidad puede ser tan estimulante y tan agotadora al mismo tiempo. Te mantiene despierto, te obliga a mirar alrededor y consigue que el mundo nunca parezca aburrido. Pero también te recuerda constantemente todo lo que no sabes, todo lo que no has terminado y todo lo que quizá ya no te dé tiempo a aprender.
Aun así, no cambiaría del todo esta forma de funcionar. Sería más cómodo tener una sola pasión, dominarla por completo y construir la vida alrededor de ella. Pero probablemente también sería bastante más aburrido.
Prefiero seguir teniendo demasiadas pestañas abiertas, aunque algunas se queden sin cerrar durante años.
Y probablemente acabaré igual que he vivido: preguntándome qué le han puesto a esa jeringuilla para que no sufras al morir y cómo afecta al sistema nervioso.
Aunque, pensándolo bien, también debería recuperar el punto de cruz que me enseñó mi madre hace veinticinco años.
Porque sí, capullos, sé hacer punto de cruz.
Nunca se sabe cuándo puede aparecer una nueva obsesión textil…
Ahora que lo pienso, un abecedario de osos con pesas en el gimnasio estaría bien…
Si te pasa algo parecido, quizá te interese leer La búsqueda infinita de algo que me enganche.
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