Congelaré mi cerebro y casi me voy a Marte (sí, fue real)

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Hace más de una década estuve a punto de embarcarme en una misión solo de ida a Marte. Me eliminaron en la cuarta fase; esta es la historia de lo que pudo haber sido.

No, no me había fumado nada. La misión a Marte era real y el proceso de selección también. Hace unos doce o trece años —el tiempo pasa y uno recuerda las cosas como le da la gana— me apunté a un proceso de selección para una misión privada que pretendía mandar personas a Marte en un viaje solo de ida. Llegué a la cuarta fase. Luego me eliminaron y aquí sigo, contándolo desde la Tierra.

En aquella época debía de ser más joven y salvaje, o quizá simplemente tenía menos claro todo lo que estaba dejando atrás. Oí hablar del proyecto en alguna comunidad de internet; no sabría decir si fue en TeamSpeak, en Discord o en otro sitio de esos donde acababas hablando de cualquier cosa hasta las tantas. Yo andaba buscando algo que me entretuviera, me enganchara o me llenara, como cuento en La búsqueda infinita de algo que me enganche, y de pronto apareció la posibilidad de irme a otro planeta. Pues hombre, normal que me llamara la atención.

Además, recuerdo que se hablaba de multinacionales importantes que respaldaban la iniciativa. No pondría ahora la mano en el fuego por quiénes eran ni por el alcance de su apoyo, pero entonces aquello le daba cierta seriedad. Para mandar gente a Marte hace falta algo más que mucha ilusión y una página de crowdfunding. No es como bajar los rápidos del Sella con un barco de papel: necesitas una nave, recursos y una estructura que aguante la aventura.

Si me voy a subir a un cohete para no volver, más vale que detrás haya algo sólido. Porque lanzarte con una empresa que acaba de aparecer y cuatro duros es una temeridad. Casi mejor tirarse a la vía del tren. Ja, ja. Lo digo por la barbaridad de la idea, no porque sea precisamente un plan alternativo.

Cuarta fase, pruebas y calor del bueno

El proceso tenía varias pruebas. Recuerdo algunas relacionadas con los reflejos y el reconocimiento de patrones, como una especie de Simon Dice que iba aumentando la secuencia: esto, esto, esto… y tú a repetirla.

También hubo una prueba física en la que te exponían a condiciones cada vez más calurosas mientras te hacían reaccionar o resolver cosas. Tengo en la cabeza haber llegado a los sesenta y tantos grados y haber superado seis o siete rondas, aunque no recuerdo bien el protocolo ni cómo medían exactamente la temperatura.

La última prueba, creo, era de memoria. Te decían una lista de palabras —árbol, tenedor y unas cuantas más— y luego tocaba repetirlas en el mismo orden. Diría que llegué a catorce o quince. No tengo memoria de elefante, pero tampoco está nada mal.

En cualquier caso, todo esto son recuerdos de hace más de una década; no me pidáis el acta oficial de mis reflejos marcianos.

Llegué a la cuarta fase de selección. La noticia de que no pasaba a la siguiente ronda me llegó por correo, sin explicación ni gran ceremonia. Me dio rabia y me sentí decepcionado. También hubo una parte de mí que se sintió algo liberada, porque, claro, una cosa es fantasear con abandonar la Tierra y otra contárselo a tu pareja y a tu familia.

Con mi novia de entonces llevaba ya diez u once años. Ella veía lo evidente: aquello era un viaje solo de ida. Si yo me marchaba, ella se quedaba aquí. No recuerdo sus palabras exactas; pudo ser algo parecido a un «vale, tú verás» o un «ok» de esos que pueden significar cualquier cosa y que dan más miedo que una bronca.

Pero entendía su preocupación. Yo, aun así, pensaba que una oportunidad así podía merecer el riesgo. Sin riesgo no hay progreso, ¿no?

Mis padres me planteaban otra versión de la misma pregunta: imagínate que dentro de cien, doscientos u ochocientos años te despiertan y todos tus conocidos han muerto. Y yo respondía: pues mira, una nueva aventura.

Lo que no quería era despertar y encontrarme otra vez con la misma mierda, en la misma época y con los mismos problemas. Habría una nueva felicidad, seguro, y una nueva mierda también. Pero sería algo nuevo.

Congelar o no congelar el cerebro. He ahí la cuestión.

Esa es la parte que conecta Marte con la decisión de preservar mi cerebro después de morir. No quiero contar detalles privados de cómo ni dónde; tampoco hace falta. Lo que me atrae es la posibilidad, por remota que sea, de ver el futuro.

No porque me aterre estar muerto, sino porque me jode la idea de perderme lo que viene después.

Ya sé que la criónica no garantiza que nadie vaya a despertar. Para mí es una apuesta, no una promesa. En el mejor de los casos, quizá algún día abro los ojos en un mundo irreconocible y puedo empezar otra vida.

En el peor, igual acabo convertido en un cerebro dentro de una probeta, mirando una pared durante doscientos años. Tampoco sería el despertar más espectacular de la historia.

Años después supe que la empresa que impulsaba el proyecto marciano había acabado en bancarrota. No sé si las grandes empresas que se mencionaban le dieron la espalda ni si eso tuvo algo que ver con el final. Solo sé que, cuando me apunté, aquel respaldo me hizo pensar que la misión podía llegar a hacerse realidad. Y, si se hubiera hecho realidad, yo estaba dispuesto a ir.

No sé si habría mantenido la misma seguridad cuando tuviera delante una fecha concreta, las maletas y la despedida de verdad. Supongo que entonces me habría entrado alguna duda.

Pero en aquel momento la respuesta era bastante clara: quería conocer otro planeta, participar en algo enorme y vivir una experiencia que casi nadie podría vivir.

También conozco esa mezcla de miedo y ganas en algo mucho más pequeño: viajar solo. Antes de hacerlo te preguntas qué coño estás haciendo; si el viaje se cancela, una parte de ti puede sentir alivio porque se libra del miedo, pero otra se queda jodida porque quería ir.

Algo parecido sentí cuando me descartaron: alivio por todo lo que ya no tendría que dejar atrás y decepción porque la decisión ya no estaba en mis manos. El yuyu de viajar solo: cuatro días en Londres

Habrá quien piense que nada de eso merece la pena. También habrá quien entienda que la vida consiste en ir a buscar experiencias nuevas, aunque den vértigo y aunque el precio sea alto. No tengo una respuesta que valga para todo el mundo.

Solo sé que, cuando apareció la posibilidad, yo no pensé únicamente en lo que dejaba aquí.

Pensé en lo que podía encontrar allí: bichos con tres cabezas, siete piernas y dos penes. O quizá marcianos con tres culos y una afición inexplicable por el punto de cruz. A saber qué se encuentra uno al otro lado del sistema solar.

¿Y tú qué habrías hecho? ¿Habrías tenido los huevos —u ovarios— de dejarlo todo por una aventura así, sin billete de vuelta?


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