Defiéndete con pereza: no todo tiene que ser para ayer

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El arte de no ser productivo

Sí, soy procr… procr… procrastinador, o como coño se diga. Lo admito. Hay cosas que podría hacer hoy, pero prefiero dejarlas para mañana, y mañana ya veremos. A veces no es que no tenga tiempo. Es que no me sale de ahí. En algún punto entre la pereza y la productividad también hay una forma bastante razonable de vivir.

Durante años nos han vendido que eso es un problema que hay que solucionar urgentemente. La solución, al parecer, consiste en levantarse a las cinco de la mañana, ducharse con agua helada, escribir los objetivos del día antes de que salga el sol y pasar las siguientes dieciséis horas optimizando hasta la forma de respirar.

Todo acompañado de un vídeo de un tipo con camiseta ajustada diciendo:

—Vamos, bro. Tú puedes.

No sé vosotros, pero a mí ya me entra sueño solo de escucharlo.

Descansar también cuenta

La secta de los gurús de la productividad ha conseguido que hasta descansar parezca una actividad sospechosa. Cuando te tumbas en el sofá sin hacer nada, no estás descansando: estás desperdiciando tu potencial. Si te pasas una tarde viendo vídeos, necesitas convertirlos en una formación. Si juegas a un videojuego, deberías estar creando contenido sobre él. Y si sales a dar una vuelta, aprovecha para escuchar un pódcast sobre cómo mejorar tu vida.

Al final parece que no podemos hacer nada porque sí. Todo tiene que servir para algo.

Y yo no quiero vivir así.

No quiero que cada minuto tenga que producir dinero, conocimiento, músculo, contactos o una versión mejorada de mí mismo. Hay días en los que no quiero convertirme en nadie. Quiero llegar a casa, sentarme y que nadie me explique cómo debería estar aprovechando mejor el tiempo.

Pero tampoco se trata simplemente de descansar.

Ojalá el problema fuera que necesito dormir más o tumbarme un rato. Lo que echo de menos es otra cosa: tener un “qué”. Algo que me haga llegar a casa pensando: “Por fin”. Algo que me llene aunque no sirva para nada.

Durante muchos años ese “qué” fue la informática. Desde pequeño ya andaba trasteando con ordenadores. Primero un MSX de 128K, después un 486, cursos de Basic, sistemas operativos, móviles, Android… Cuando apareció el HTC Magic, yo ya estaba metido hasta las cejas. Luego llegó el Hero y seguí enredando.

También pirateé mi Wii. Después la de toda la familia. La de mis suegros, la de mi hermana y la de quien se pusiera por delante. No porque tuviera un negocio clandestino de consolas modificadas, sino porque era el que sabía hacerlo.

—Este controla de esto.

Y ahí estaba yo, encantado de que me llamaran para resolver cualquier cosa.

La informática tenía algo especial. Era tan amplia y estaba tan fragmentada en pequeños mundos que nunca se terminaba. Podías estar aprendiendo sobre sistemas operativos y, de repente, girar la cabeza veinte grados, ver un banner sobre otra cosa y lanzarte de cabeza. Como las moscas a la mierda.

Pero esa vez no abandonabas realmente. Seguías dentro del mismo universo. La informática era mi casa base, el lugar al que siempre acababa volviendo.

La moto también ha sido durante años una forma de escapar de la rutina. La libertad de salir sin un destino demasiado importante, coger carretera y dejar que el ruido del motor ordene un poco la cabeza. Durante ocho años estuve al frente de un club motero y viví todo aquello con intensidad. No era productividad. No había que optimizar la ruta ni convertir cada salida en una experiencia transformadora. Era salir y ya está.

Y eso debería bastar.

Ahora tengo ilusión con el WoW Forever. No porque vaya a conseguir nada importante gracias a él, ni porque me vaya a convertir en una persona más eficiente. Simplemente porque me apetece llegar a casa y tener algo que hacer con ganas. Pescar, matar bichos, entrar en una mazmorra, recoger flores, perder el tiempo de una manera que me siente bien.

Eso también es aprovechar la vida, aunque no aparezca en ninguna tabla de objetivos.

Quizá nos hemos acostumbrado tanto a justificarlo todo que ya ni siquiera sabemos disfrutar de algo sin presentar un informe. Necesitamos explicar por qué leemos, por qué jugamos, por qué viajamos, por qué hacemos punto de cruz o por qué nos quedamos mirando una pared sin tocar el móvil.

Como si el placer tuviera que demostrar su utilidad antes de que le permitamos existir.

Yo no quiero ser más productivo. Quiero estar más vivo dentro de mi propia vida. Y no es lo mismo.

Quiero recuperar la sensación de estar completamente enfrascado en algo, hasta el punto de que se me cierren los ojos delante del teclado o de la pantalla. No porque haya cumplido mis objetivos del día, sino porque durante unas horas he estado exactamente donde quería estar.

Así que sí: defiéndete con pereza.

No hace falta levantarse a las cinco. No tienes que estar ocupado todo el día. No necesitas convertir cada afición en un proyecto, ni cada descanso en una inversión de futuro.

A veces lo único que necesitas es encontrar algo que te llene. Aunque no sirva para nada.

Sobre todo si no sirve para nada.


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