Internet: lo que pudo ser y en lo que se ha convertido

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Del acceso a la información a la depravación: cómo pasamos de la biblioteca universal a un sitio donde el más gilipollas puede convertirse en referente sin tener ni puta idea de nada.

Hace años circulaba una coña vieja de Internet: un Tauren de World of Warcraft cantando «INTERNET IS FOR PORN». Era una parodia friki, una tontería de aquella red en la que todavía parecía que todo estaba por descubrir. Una broma de hace quince o veinte años.

El problema es que, como tantas bromas, acabó sonando a profecía.

Internet prometía ser la biblioteca universal. El lugar donde cualquiera podía aprender, investigar, encontrar a gente con sus mismas rarezas y asomarse a una cantidad de conocimiento que habría dejado sin palabras a cualquier generación anterior. Bastaba con una conexión, un buscador y algo de curiosidad.

No hacía falta ser rico, famoso ni tener un programa de televisión. Podías leer sobre historia, aprender a reparar un ordenador, descubrir música de otro continente o pasarte tres horas investigando por qué una civilización utilizaba un material concreto para construir sus templos. Internet podía ser una puerta abierta al mundo.

Y, en parte, todavía lo es.

Pero también se ha convertido en una piscina de plástico. Mucho color, mucho ruido, cuerpos brillando al sol y gente entrando y saliendo sin saber muy bien qué está haciendo allí. La biblioteca sigue detrás, claro, pero cada vez cuesta más encontrarla entre el griterío, las notificaciones y el culo con algoritmo.

La biblioteca universal convertida en escaparate

No se trata de decir que antes Internet era puro y ahora todo está podrido. Eso sería una gilipollez nostálgica. La Internet antigua también estaba llena de foros horribles, páginas cutres, bromas estúpidas y gente que escribía como si le hubieran pegado con un diccionario en la cabeza.

La diferencia es que ahora la red conoce mejor nuestros reflejos. Sabe cuánto tardamos en aburrirnos, qué imagen nos detiene el dedo, qué discusión nos enciende y qué tipo de intimidad estamos dispuestos a mirar durante veinte minutos aunque aseguremos que no nos interesa.

El algoritmo no necesita que algo sea bueno. Solo necesita que funcione.

Y funciona la rabia. Funciona la provocación. Funciona la exposición constante. Funciona convertir cualquier aspecto de la vida en un episodio, una suscripción, una propina o una oportunidad para que alguien nos venda algo mientras fingimos que estamos viendo otra cosa.

Por el interés te quiero, Andrés

Ahí entra Twitch, por ejemplo. No porque hacer directos sea malo, ni porque toda persona que emita desde su habitación esté participando en la decadencia de Occidente. El problema aparece cuando la plataforma convierte la atención en una competición permanente y la intimidad en un producto que debe mantenerse caliente.

Ya no basta con estar. Hay que emitir. Hay que reaccionar. Hay que enseñar algo. Hay que seguir siendo interesante mientras miles de personas entran, salen, comentan y esperan que ocurra algo.

La vida deja de ser una experiencia y se convierte en material.

Esto no empezó ayer. En los chats antiguos ya circulaban bromas y máximas que resumían aquella Internet con una mezcla de ingenuidad y suciedad: «los chicos son chicos, las chicas son chicos y los niños son policías». También estaban los privados enviados en masa a supuestas chicas, los nicks absurdos —como aquel Manolo25cm— y la sensación de que detrás de cada pantalla podía haber cualquiera.

Era cutre, sí. Pero también tenía algo de juego. Ahora hemos profesionalizado muchas de aquellas pulsiones y les hemos puesto métricas, contratos, suscripciones y publicidad.

El cuerpo como producto, la limpieza sexualizada y la prostitución 2.0

El body painting es un ejemplo perfecto de esa frontera borrosa. Puede ser arte, performance, trabajo, juego o simplemente una persona haciendo algo que le apetece. El problema no está automáticamente en el cuerpo ni en quien decide mostrarlo.

Estudio de streaming con una silueta adulta, un aro de luz y un maniquí cubierto por un mosaico de censura.

El problema está en el sistema que convierte cualquier cuerpo en reclamo, cualquier gesto en mercancía y cualquier límite en una oportunidad para negociar con el algoritmo.

Las plataformas dicen que quieren proteger a la comunidad, pero sus reglas parecen escritas por alguien que ha tirado una baraja al suelo y ha llamado política de contenidos a las cartas que han quedado boca arriba. Se toleran violencia, humillación y comportamientos directamente repugnantes, pero un pezón puede provocar una alarma internacional.

Después aparece la limpieza sexualizada: esa estética de inocencia, pulcritud y contenido supuestamente apto para todos los públicos que, al mismo tiempo, utiliza el cuerpo como reclamo. Todo parece blanco, ordenado y familiar, pero debajo hay una maquinaria perfectamente consciente de lo que está vendiendo.

Y si alguien señala la contradicción, se le responde que todo es libertad.

Claro que hay libertad. También hay mercado. También hay necesidad. También hay plataformas diseñadas para premiar unas decisiones y castigar otras. Reducirlo todo a «cada uno hace lo que quiere» es tan cómodo como fingir que nadie elige dentro de un sistema que ha sido construido para empujarle en una dirección concreta.

La llamada prostitución 2.0 no consiste en insultar a quienes crean contenido ni en fingir que toda persona que monetiza su intimidad es una víctima sin capacidad de decisión. Consiste en observar cómo el cuerpo, la atención y la privacidad se convierten progresivamente en producto.

Una foto lleva a una suscripción. La suscripción lleva a un mensaje privado. El mensaje privado lleva a una propina. La propina alimenta al algoritmo y el algoritmo pide un poco más. Más exposición, más frecuencia, más intimidad, más intensidad.

El sistema no necesita obligarte con una pistola. Le basta con pagarte por cruzar la siguiente línea.

Y nosotros tampoco somos espectadores inocentes. Consumimos lo que decimos criticar. Abrimos el vídeo para indignarnos, seguimos la cuenta para comprobar si aquello va en serio y volvemos al día siguiente para ver qué ha pasado. Nos quejamos de la piscina de plástico mientras estamos dentro, con el agua por las rodillas y preguntando quién ha traído los flotadores.

Lo que Internet pudo ser

Internet no nos hizo mejores ni peores por sí solo. Nos dio una herramienta gigantesca y nosotros metimos dentro nuestras curiosidades, nuestros deseos, nuestras inseguridades y nuestra necesidad de llamar la atención.

La diferencia es que ahora hay empresas que estudian cada una de esas cosas para vendernos la siguiente dosis.

La biblioteca universal sigue abierta. Todavía podemos aprender, investigar, conversar y encontrar personas que nos hagan pensar. Pero está rodeada de escaparates que gritan más fuerte. Como en ¡Muerte a la dopamina digital!, la pregunta no es solo si Internet está perdido: también cuánto tiempo estamos dispuestos a pasar mirando la piscina de plástico antes de volver a entrar en la biblioteca.

Quizá aquel Tauren del WoW tenía razón.

O quizá solo estaba cantando una canción absurda mientras todos construíamos el algoritmo.

Sea como sea, algo está claro: INTERNET IS FOR PORN.

Un abrazo,

El Nómada


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