El dinero es importante. Mucho. A saco. Demasiado, si hace falta decirlo claro.
Decir lo contrario queda muy bonito en una taza con una frase de autoayuda, pero no es verdad. Si no tienes para comer, para pagar un techo o para invitar de vez en cuando a un amigo, eres pobre. No importa que tengas una huerta, una cabaña en la montaña y una vida sencilla elegida por ti. Eso no es pobreza. Pobreza es no poder cubrir lo básico. Pobreza es no tener margen para nada.
Puedes comer macarrones durante seis meses si sabes que lo haces porque has decidido ahorrar o porque estás atravesando una mala racha. Lo que duele no es comer macarrones. Lo que duele es trabajar y seguir sin poder permitirte una cena, una cerveza o un pequeño gesto con alguien que quieres.
El dinero mueve el mundo. Te da acceso a mejores médicos, puede alargar tu vida, cuidar a tu familia y abrirte puertas que para otros están cerradas. Negarlo sería demagogia. Pero también es verdad que mucha gente no sabe qué significa ser rica.
Porque ser rico no es tener un coche más caro que el del vecino.
Tampoco es comprarte un Mercedes cuando estás con el agua al cuello y dejarlo aparcado en la calle porque no puedes pagar un garaje. Eso no es riqueza. Es aparentar riqueza mientras sigues siendo esclavo de tus propias decisiones.
Vivimos en el país de la banderita, de los símbolos, de los escaparates y de los posers. Gente que se endeuda para demostrar que le va bien. Personas que no tienen tiempo, tranquilidad ni dinero disponible, pero necesitan que los demás crean que han triunfado.
Y mientras tanto, trabajan.
Trabajan ocho horas. Duermen otras ocho. Las horas que quedan se van entre desplazamientos, compras, obligaciones, pantallas y cansancio. Cuando llega el fin de semana, necesitan descansar de la vida que llevan para poder volver a soportarla el lunes.

A eso le llaman normalidad.
Yo no quiero vivir como un marajá. No necesito una mansión, un coche de lujo ni una piscina con vistas. Para mí, ser rico sería tener cubierto lo básico: comer, tener un techo y poder decidir qué hago con mi tiempo.
Eso es todo.
Poder levantarme y no tener que vender ocho horas de mi día para que otra persona siga haciéndose más rica. Poder escribir, viajar, aprender, aburrirme, perder el tiempo o no hacer absolutamente nada. Que mis horas sean mías.

Entre mis futuros destinos está Tailandia. Ya he estado allí y hay algo que se me quedó grabado. El idioma era un problemón de la leche. No entendías lo que te decían y ellos tampoco entendían lo que intentabas explicar. Pero cuando alguien que no te entiende y aun así te sonríe, te da igual todo.
Si tienes que pasarte tres horas intentando comunicarte, te las pasas. Te relacionas como sea. Con gestos, con dibujos, con traductores, con paciencia. Ojalá me sonriera la gente así por la calle.
Allí he visto a personas vivir con cuatro duros y mantener una ligereza que aquí parece imposible. No porque la pobreza sea buena ni porque vivir con poco sea una solución mágica. Simplemente porque quizá no han convertido toda su vida en una carrera por aparentar y acumular.
A mí me bastaría con un terreno, una cabaña de madera, arroz, mango y algo de tranquilidad. No necesito mucho más.
Claro que internet tiene cosas buenas. Me gustaría conservarlo durante unos años para documentar la aventura, dejar constancia y sacar unas pocas pelas. No para convertirme en un gurú ni para venderle a nadie la fórmula de la felicidad. Solo para contar lo que ocurre cuando decides salirte del camino marcado.
Después, si pudiera elegir, lo apagaría.
Ojalá desapareciera de Tailandia. O del planeta entero. Pero tampoco voy a ponerme ahora a exigir imposibles. Con tener una oportunidad de vivir de otra manera, me bastaría.
El problema es que nos han enseñado a esperar.
Espera a tener más dinero. Espera a tener una casa. Espera a jubilarte. Espera a que llegue el momento adecuado. Espera a que tus padres lo entiendan. Espera a que tus amigos no se enfaden. Espera a que todo esté asegurado.
Y mientras esperas, pasan los años.
La edad de jubilación sube. Primero eran sesenta y cinco. Después sesenta y siete. Luego será más. Siempre hay una razón: la esperanza de vida, la economía, el sistema, las circunstancias. Y tú sigues trabajando diez años más para conseguir una pensión que, cuando llegue, quizá ya no disfrutes igual.
Diez años. Diez años de tu vida. Diez años levantándote para producir, pagar y esperar.
No estoy diciendo que todo el mundo tenga que marcharse a Tailandia. No estoy diciendo que haya que renunciar a la familia, a la seguridad o a una pensión. Cada persona tiene sus circunstancias y sus límites. Pero sí digo que deberíamos hacer números y preguntarnos qué estamos comprando con nuestro tiempo.
Porque el dinero puede comprar cosas. Pero el tiempo no se compra.
Puedes decidir vivir en España, en Europa o donde naciste. Puedes querer jubilarte cuando toque y conservar todas las garantías posibles. Perfecto. Pero que sea una decisión, no una condena aceptada por inercia.
Yo prefiero calcular cuánto necesito para vivir con poco y comprar libertad antes. No vivir como un rey. Vivir como una persona que todavía puede decidir.
Y también sé que la salud, el dinero y el amor importan. Que pueden pasar cosas. Que puedes ahorrar, invertir, planificar y que la vida te golpee igualmente. No hay garantías.
Pero precisamente por eso aprendí algo por las malas.
Hay familiares que enferman. Hay personas que mueren. Hay días en los que entiendes, demasiado tarde, que llevabas años aplazando tu propia vida.
Y cuando llegue el momento de mirar atrás, no quiero pensar: “Podría haberlo hecho”.
Si quieres hacer algo, hazlo. Si te mueres de hambre, ya verás cómo sales adelante. Si pierdes estatus, que le den por culo al estatus. Si alguien no lo entiende, lo siento mucho. Tus padres hicieron lo que pudieron o lo que quisieron. Tus amigos harán su vida. Y tú tienes derecho a hacer la tuya.
No mires atrás buscando permiso.
Solo tienes una vida. Y, aunque te hayan vendido otra cosa, ser rico no es tener más cosas que los demás.
Rico es poder comer, tener un techo y decidir qué haces con tus horas.
Lo demás es escaparate.
Un abrazo,
El Nómada
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