Antes de internet, las cuadrillas podían pasar horas discutiendo sobre cualquier cosa. No porque tuviéramos respuestas, sino porque nadie podía sacar el móvil para comprobar quién estaba diciendo una barbaridad.
Una noche, bebiendo litros en una plaza —porque cuando eres joven no puedes pagar una bebida en un bar— acabamos hablando del movimiento uniformemente acelerado. La plaza estaba pavimentada con cuadrículas y, claro, aquello se convirtió en una pista improvisada para demostrar la aceleración constante dando pasos sobre las baldosas.

La gente que pasaba nos miraba como si estuviéramos descubriendo una nueva ley del universo. Y, en cierto modo, lo estábamos haciendo: no la ley, sino nuestra versión de ella.
La seguridad siempre ha parecido conocimiento.
Antes ibas con tu verdad. La habías aprendido en el colegio, la habías leído en una enciclopedia o te la había contado alguien que parecía saber del tema. No tenías internet para comprobarlo, pero podías tener una razón para pensar que estabas en lo cierto.
Y si alguien te daba datos mejores, podías recular. Decías: “Hostias, pues es verdad”. Todos aprendían algo y se iban felices a casa.
No siempre había una respuesta.
Muchas discusiones terminaban en una aceptación global de la ignorancia. Nadie podía demostrar que tenía razón, nadie podía convencer al otro y, después de darle unas cuantas vueltas, se pasaba a la siguiente cosa. A veces era la única forma razonable de seguir adelante.
Cuando apareció la posibilidad de comprobarlo.
Al principio tampoco fue inmediato. Llegaron los móviles con Windows Mobile, las primeras aplicaciones y aquella tabla periódica que parecía contener todos los secretos del universo. Luego llegó Wikipedia, que durante un tiempo fue la Biblia del conocimiento. Si lo ponía en Wikipedia, tenía que ser verdad. Falso: cualquiera podía subir o editar un artículo.
Pero al menos apareció una posibilidad nueva: comprobarlo. Ya no hacía falta que ganara el que hablaba más alto. Bastaba con buscar.
La opinión ya viene empaquetada.
La gente ahora no aprende, escucha.
Escucha durante treinta segundos a cualquier panoli que no sabe de nada, pero que tiene mucha gente viéndole, y de pronto parece que ha sentado cátedra. Luego va a su familia y repite la teoría como si la hubiera investigado durante años. Has oído campanas y no sabes dónde, pero lo cuentas con una seguridad absoluta porque lo has escuchado a AuronPlay, a El Rubius o a cualquier influencer de medio pelo.
El problema no es que existan personas que sepan mucho. El problema es confundir que alguien tenga audiencia con que tenga razón.
Internet también es una maravilla.

Internet es una herramienta brutal. Antes, si querías aprender sobre egiptología, criptología o cualquier tema especializado, tenías que comprar libros o pasarte horas en una biblioteca. Ahora tienes acceso a una cantidad de información que antes era literalmente imposible de alcanzar.
El problema es que también puedes elegir como libro de referencia a un gilipollas que vive montando el dólar gracias a que tú te crees todas las mierdas que dice.
Puedes buscar conocimiento real, contrastar lo que te cuentan y aprender algo nuevo. O puedes dejar que otro piense por ti mientras tú le das una reproducción más.
Tú decides: conocimiento o influencers.
Un abrazo,
El Nómada
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