Mi película favorita, pero de lejos!

Conan el Bárbaro: una espada, convicción y un par de huevos

Conan el Bárbaro salió en 1982, el mismo año en que nací yo. La primera vez que la vi tendría unos ocho años y desde entonces debo de haberla visto más de cincuenta veces. La última, hace aproximadamente un año.

Así que sí, creo que a estas alturas puedo decir tranquilamente que es mi película favorita.

¿Por qué?

La respuesta sencilla sería: Conan, espadas y tías buenas. Y tampoco sería mentira.

Pero después de verla tantas veces y seguir disfrutándola décadas después, está claro que hay bastante más detrás.

De esclavo a maestro

Una de las cosas que más me gusta de Conan como personaje es que no empieza siendo el héroe invencible que todos conocemos. Empieza siendo un esclavo.

Le quitan prácticamente todo, lo someten a una vida brutal y posteriormente lo convierten en gladiador. Y ahí ocurre algo que siempre me ha llamado mucho la atención: Conan acaba siendo tan bueno en aquello que hace que prácticamente no encuentran quién pueda cargárselo.

No nació siendo el mejor. Se convirtió en el mejor a base de repetir, aprender, luchar, sobrevivir y dominar aquello que tenía delante.

Y eso me recuerda mucho a una frase que siempre me ha gustado:

«Aprendiz de todo, maestro de nada.»

Saber un poco de muchas cosas está muy bien, pero existe algo especial en ver a alguien dominar realmente una disciplina y llevarla tan lejos que aquello que empezó siendo simplemente una actividad termina formando parte de quién eres.

Conan empezó como esclavo y acabó convirtiéndose en maestro de aquello que inicialmente le habían obligado a hacer. No sé si era esa exactamente la filosofía que pretendían transmitir sus creadores, pero es una de las cosas que yo siempre he visto en él.

Una película que no necesita estar explicándotelo todo

Otra cosa que adoro de Conan el Bárbaro es su forma de contar la historia. Hay largos momentos donde prácticamente no necesitas que nadie te explique qué está ocurriendo. Las imágenes, los paisajes, las miradas y, sobre todo, la música hacen el trabajo.

Hoy estamos acostumbrados a películas donde parece que alguien tiene que estar hablando constantemente, explicándote qué siente, qué pretende hacer y por qué deberías emocionarte.

Conan no necesita tanto de eso. Te enseña un mundo duro y te deja dentro, sin necesidad de meter un chiste cada dos minutos para recordarte que los personajes también saben ser graciosos ni de rematar cada escena con una frase preparada para convertirse en meme.

Aunque, dicho esto, ver a Conan noquear a un camello de una hostia también tiene su encanto.

Tampoco vamos a ponernos ahora demasiado intelectuales.

Dos escenas que podría ver otras cincuenta veces

Si tuviera que elegir dos momentos de toda la película, lo tendría bastante claro.

Uno es la escena de la orgía, cuando Conan levanta el enorme caldero mientras suena esa banda sonora que convierte una escena de acción en algo casi mitológico.

La otra llega al final, cuando Conan mata a Thulsa Doom, le corta la cabeza y se la muestra a todos aquellos que hasta unos segundos antes lo seguían como si fuese poco menos que un dios.

Esa escena siempre me ha parecido brutal, no solamente porque finalmente acaba con su enemigo. Durante toda la película Thulsa Doom representa algo mucho mayor que un hombre: tiene seguidores, poder, miedo y una capacidad casi absurda de controlar a los demás.

Y de repente todo eso desaparece.

La gente que lo veneraba contempla cómo aquel supuesto ser intocable acaba exactamente como cualquier otro. Hay algo tremendamente satisfactorio en eso.

Y entonces empieza a sonar Basil Poledouris

Aquí probablemente pierda toda objetividad, pero me da exactamente igual.

Para mí, la banda sonora de Conan el Bárbaro, compuesta por Basil Poledouris, es la mejor banda sonora de la historia del cine. No una de las mejores: la mejor.

Y no es algo que diga porque haya visto la película muchas veces. He llegado a ir a conciertos de orquestas sinfónicas que interpretaban bandas sonoras esperando especialmente poder escucharla.

Me parece sublime.

Hay películas estupendas acompañadas por una gran banda sonora. En Conan ocurre algo diferente: cuesta imaginar esas escenas sin esa música porque ambas cosas parecen formar parte de lo mismo.

La música consigue que hombres llenos de barro dando espadazos por unas montañas parezcan personajes de una leyenda que alguien lleva contando mil años. Después de más de cincuenta visionados, sigue funcionando exactamente igual.

Eso debe de significar algo.

Un mundo brutalmente sencillo

También creo que parte de lo que me atrae de Conan es el mundo que representa.

No porque realmente quisiera vivir allí. Probablemente duraría dos tardes y a la tercera alguien me habría clavado una espada por intentar preguntar dónde está el supermercado.

Pero existe algo atractivo en esa fantasía de un mundo mucho más directo. Es brutal, injusto y salvaje, pero también tremendamente sencillo.

No hay postureo constante, filtros, seguidores ni necesidad de enseñar a miles de desconocidos lo fantástica que es tu vida. Tienes delante un problema y tienes que resolverlo, aunque muchas veces lo resuelvas mal o te partan la cara intentándolo.

No pretendo decir que antes se viviese mejor. Ni de coña. Gran parte de la historia humana consiste precisamente en intentar dejar atrás ese tipo de mundo.

Pero como fantasía tiene algo poderoso: habilidad, convicción, valor y seguir adelante.

Vamos, que una espada y un par de huevos también ayudaban bastante.

Más de cincuenta veces después

Supongo que algunas películas simplemente te acompañan. Las descubres en determinado momento de tu vida y se quedan ahí.

Puedes pasar años sin verlas, descubrir cientos de películas nuevas y tener a tu disposición prácticamente toda la historia del cine con dos clics, pero eventualmente vuelves.

Yo siempre termino volviendo a Conan.

Quizá sea nostalgia, quizá sean las espadas, quizá sea la música de Poledouris o esa idea de convertirte en alguien realmente bueno en lo tuyo.

O quizá sean las tías buenas.

Probablemente sea un poco de todo.

Lo único que sé es que la vi con unos ocho años, la he visto más de cincuenta veces y, más de cuatro décadas después de su estreno, sigo pensando exactamente lo mismo:

Qué puta película.

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