El equipaje que ya no necesitamos

A veces, menos es más

Cajas, recuerdos y la extraña libertad de empezar a soltar.

A veces, menos es más

Durante años pensé que guardar cosas era casi una obligación. Como si tirar algo fuese poco menos que traicionar una etapa de tu vida. Una caja con cosas de cuando tenías veinte años, otra con trastos de los treinta, papeles, cables, ropa, objetos que un día tuvieron su gracia y que luego se quedaron ahí criando polvo.

El problema es que, como están guardados, parece que no molestan.

Hasta que un día abres un armario y te das cuenta de que llevas media vida acumulando cosas que ya ni recordabas que existían.

Y últimamente me está pasando justo eso. Estoy haciendo limpieza, pero limpieza de verdad. No mover cajas de un sitio a otro para sentir que has hecho algo útil. No recolocar trastos para que sigan estorbando, pero más ordenados. Hablo de tirar cosas.

Y cuanto más tiro, más claro tengo que muchas de esas cosas no eran recuerdos: eran lastre.

Las cajas que llevan contigo media vida

Tengo cajas que llevan cerradas diez, quince o veinte años. Cosas que en su momento igual me importaron, pero que desde entonces no he vuelto a usar. Y he llegado a un punto bastante claro: si una caja lleva veinte años cerrada, a veces casi prefiero tirarla sin mirar.

Suena un poco bestia, sí, pero sé perfectamente lo que pasa si la abro.

Voy a encontrar algo que me dé pena tirar. Voy a pensar eso de “igual algún día…”. Voy a volver a guardarlo y esa caja seguirá ahí otros veinte años más, ocupando espacio como si dentro hubiera el Santo Grial, cuando seguramente lo que hay son tres cables de Nokia, una entrada vieja y una camiseta que ya ni me pondría.

Así que a veces pienso: si no lo he necesitado en veinte años, igual no necesito ni saber qué hay dentro.

Y cuanto más lo pienso, menos drama me parece.

Ahora entiendo un poco más a mi madre

De chaval veía a mi madre hacer limpieza y pensaba que se le iba la mano. Cogía cosas, llenaba bolsas y tiraba sin pensárselo tanto. Y yo pensaba: joder, pero mira antes lo que tiras, que igual ahí hay algo que merece la pena guardar.

Ahora me estoy dando cuenta de que igual la que había entendido algo antes era ella.

No sé si por los mismos motivos. Seguramente no. Puede que muchas de aquellas cosas para ella no tuvieran el mismo valor que para mí porque, al final, no eran suyas. Puede que simplemente quisiera espacio, orden o dejar de ver trastos por medio. Y también puede ser que ella tuviera sus propias cajas sagradas en otro armario y no las tocara ni loca.

Pero aun así hay algo curioso en llegar a cierta edad y empezar a hacer cosas que antes no entendías en tu familia.

No exactamente igual, ni por las mismas razones, pero sí con una lógica que de repente se te enciende en la cabeza.

Yo ahora abro armarios llenos de cajas con cosas de hace diez o veinte años y entiendo perfectamente el impulso de decir: fuera. No porque todo dé igual, sino porque guardar por guardar tampoco tiene mucho sentido.

Y sí, al final voy a acabar pensando que mi madre quizá no tiraba demasiado. Igual simplemente había entendido antes que yo que acumular mierda durante décadas tampoco era un plan brillante.

Cada cosa que guardas es otra cosa que te ata

Creo que buena parte de este cambio tiene que ver con algo que últimamente tengo bastante en la cabeza: la idea de poder moverme.

No digo irme mañana ni hacer una locura de un día para otro, pero sí tener la sensación de que, si me apeteciera cambiar de vida, podría hacerlo sin tener que organizar antes una excavación arqueológica en mis armarios.

Porque cada cosa que guardas no es solo “una cosa”. También es algo que tienes que almacenar, ordenar, proteger, limpiar, mover y volver a mover si algún día cambias de casa o de vida.

Es equipaje. Y muchas veces, equipaje inútil.

Con los años me atrae menos la idea de seguir sumando cosas solo porque sí. Ya no me seduce tanto eso de llenar la casa, comprar más, guardar más, tener más “por si acaso”. Cada vez me atrae más lo contrario: saber qué necesito, qué uso de verdad y qué me está ocupando sitio físico y mental para nada.

Porque si algún día me da por largarme, prefiero tener que mover cuatro cajas que cuarenta.

A veces limpiar no es ordenar, es quitarte peso

Por eso estas limpiezas ya no significan simplemente tener la casa más recogida.

No estoy buscando una estampa minimalista de catálogo ni descubrir mi yo interior entre cajas de zapatos. Lo que quiero es algo bastante más simple: dejar de cargar con cosas que ya no me aportan nada.

Hay objetos que pertenecen a otra época de mi vida y está bien. Tuvieron su momento. Pero no por haber estado ahí tantos años tienen que quedarse para siempre.

Muchas veces no necesitamos organizar mejor lo que tenemos. Necesitamos tener menos.

Menos trastos, menos cajas, menos “por si acaso” y menos cosas guardadas desde hace veinte años por pura inercia.

Porque todo eso, aunque no lo parezca, pesa.

Y si algún día me da por largarme, prefiero descubrir que lo que me frena son mis dudas y no cuarenta cajas llenas de cosas que ni recordaba que tenía.

Para mí ser rico sería no tener que trabajar

Si me preguntas qué haría si no tuviera que demostrar nada a nadie, lo primero que te digo no tiene mucho misterio: no trabajaría.

O mejor dicho, no trabajaría por obligación.

Para mí, ser rico no sería tener un cochazo ni una mansión ni una cuenta absurda en el banco. Para mí ser rico sería no tener que vender mi tiempo para vivir. Tener dinero suficiente para hacer mi vida, aunque no fuese una vida de lujo.

Y si pudiera elegir cualquier cosa, seguramente viajaría y no tendría un sitio fijo hasta que me apeteciese tenerlo. Y si me ceñiese a una vida más sencilla, con menos dinero y más realista, me atraería muchísimo más vivir en un entorno rural que seguir metido en la rueda de la ciudad.

Lo he pensado muchas veces a raíz de la casa de mis padres en Navarra. No hace falta que sea un palacio. A mí me basta con una casa tranquila, un poco de aire, salir por la mañana con el café, fresquito, sin ruido, y dormir por la noche sin estar escuchando arrastrar sillas, portazos y el concierto de la comunidad.

Y es curioso, porque en esos sitios hasta la relación con el vecino cambia. Si de día oyes el cortacésped, o cualquier ruido normal, no te molesta igual. Hasta te apetece más hablar con esa persona que con el vecino de arriba que lleva años dándote por saco y al que luego te cruzas en el portal y ni saludas. Al final no es que odiemos a la gente: a veces odiamos el roce constante y las casas de papel.

Vivir más libre no es vivir como un ermitaño

Tampoco hablo de irme al monte con una túnica y desconectarme del mundo.

De hecho, hay cosas que me gustan mucho y que seguirían estando ahí. La informática, por ejemplo. Montar algún servidor, cacharrear con proyectos tecnológicos, probar cosas, aprender. Vivir más apartado no significa renunciar a eso ni volverte un amish digital. Al revés: puedes elegir mucho mejor en qué usas tu tiempo.

Y además hay algo que me atrae cada vez más: la autosuficiencia. Las placas solares, aprovechar el sol, gastar menos, necesitar menos de fuera, montar algo sencillo pero tuyo. No sé, hay algo muy satisfactorio en eso. Mucho más que en seguir metiéndote en gastos porque sí.

Parece una tontería, pero no lo es. Cuanto más dinero tienes, más fácil es meterte en más pufos. Más casa, más coche, más historias, más cosas que mantener y más necesidad de seguir produciendo para sostenerlo todo.

Y a veces pienso que quizá vivir con mil o mil doscientos euros en un sitio tranquilo, con pocas cosas y bastante tiempo, te puede hacer sentir bastante más rico que vivir en una ciudad corriendo todo el día para pagar cosas que en el fondo ni disfrutas tanto.

Lo importante no eran los sitios

De joven yo lo veía distinto. Me parecían mejores los sitios céntricos, donde está todo, donde están tus amigos, donde está el bar de siempre y donde parece que si no estás te estás perdiendo algo.

Y claro, si vivías más lejos, todo era un coñazo: había que coger buses, volver tarde, organizar más las quedadas, depender más de horarios. En aquel momento pensaba que sería la hostia vivir en pleno centro de una ciudad.

Ahora, si pudiera elegir, probablemente me iría a vivir a una montaña, a un caserío o directamente a un castillo.

Y si el castillo pudiera tener un foso con lava, mejor todavía.

Eso sí, con puente colgante para que pueda pasar el repartidor de Telepizza. Hay límites para la autosuficiencia.

Con el tiempo te das cuenta de algo bastante sencillo: lo importante no eran los sitios.

Eran los amigos.

Cuando eres más chaval no lo ves así. Tienes el bar de confianza, las fiestas, las costumbres, y parece que la vida pasa siempre ahí. Luego pasan los años y te das cuenta de que puedes ir a comer a un sitio, dar una vuelta por el monte, quedar donde sea o no hacer absolutamente nada espectacular, y si estás a gusto con la gente, ya está.

Ahí es cuando vivir en medio del ruido deja de parecer tan importante y empiezas a valorar otras cosas bastante más básicas, pero también bastante mejores.

Lo que envidiarían no sería el dinero

Sinceramente, si un día hiciera algo así, creo que a algunas personas les daría envidia.

Pero no porque pensaran que vivo de lujo.

Les daría envidia porque habría sido capaz de dar el paso.

Porque habría roto un poco con esa cadena de vivir en la ciudad, seguir acumulando gastos, comprar más, guardar más, estar siempre con el agua al cuello y asumir que esa es la única forma sensata de vivir. Y de repente decir: mira, no. Vendo, me quito cosas de encima, me voy a un sitio más sencillo y vivo con bastante menos, pero bastante más tranquilo.

Y eso a mucha gente le tocaría algo por dentro, no porque quisieran exactamente esa vida, sino porque verían que tú has hecho algo que ellos no se atreven ni a plantearse.

No digo que esa sea la verdad universal ni que todo el mundo tenga que hacer lo mismo. Ni siquiera sé si yo acabaré haciéndolo. Pero sí sé que me gusta pensar que, si un día quisiera moverme, no me gustaría descubrir que lo que más me frena no son mis dudas, sino la cantidad absurda de cosas que he ido acumulando.

Y cuanto más tiro, más claro lo veo: hay equipajes que no contienen nada importante.

Solo retrasan la salida.

Deja un comentario