La borrachera del conocimiento

Tiempo de lectura: 6 minutos
En un bar heavy, entre cervezas y preguntas imposibles, tres chavales descubrieron que una buena conversación podía durar semanas.

Los heavys borrachos que hablaban de química

En el bar heavy de siempre, lo normal habría sido discutir sobre grupos, discos o aquel solo de guitarra que uno considera una obra maestra y otro no soporta. Nosotros, medio cepillos —o cepillos completos, para qué engañarnos—, acabábamos hablando de cosas bastante más raras.

Química. Álgebra. Trigonometría. Cuánta agua puede absorber una bayeta y cómo demonios se calcularía. La clase de conversación que no esperas escuchar de unos tíos con una cerveza en la mano y música heavy de fondo.

Lo de la bayeta parece una chorrada, pero era muy nuestro. En cuanto alguien preguntaba cuánta agua podía absorber, ya no bastaba con dar una cifra al azar: había que pensar de qué bayeta hablábamos, cómo lo mediríamos y qué haríamos con el resultado. Una pregunta doméstica nos llevaba, sin darnos cuenta, a discutir de números. Y de ahí podíamos saltar a cualquier otra cosa.

No había un programa. Alguien soltaba una pregunta y los demás empezábamos a tirar del hilo. Una cosa llevaba a otra y, cuando te dabas cuenta, ya no estabas hablando de la pregunta inicial. Esa manera de interesarme por todo —y de no saber parar— ya la conté en «Mi maldición: aprendiz de todo, maestro de nada». Tampoco hacía falta que cada duda sirviera para algo. ¿Desde cuándo hay que justificar el placer de entender una cosa?

Había tres chavales, de unos quince a dieciocho años, que se quedaban escuchando como si hubieran comprado entrada. A veces intervenían. No iban al bar para que les diéramos una clase. Iban porque, entre tanto ruido, allí pasaba algo que les interesaba.

Eso es lo que todavía me hace gracia. Con esa edad, y con un bar heavy lleno de gente, podían haber pasado la noche hablando de música o buscando cualquier otra cosa. En cambio, se quedaban cerca de unos borrachos que saltaban de la química al álgebra y de ahí a una bayeta. No porque aquellas conversaciones fueran importantes en el sentido solemne de la palabra. Importaban porque una duda, por absurda que pareciera, podía abrir otra. Y ellos querían saber qué venía después.

El árbol que cayó entre cervezas

La primera pregunta que les lancé fue la de siempre. Un pequeño tanteo:

«Si un árbol cae en un bosque y no hay nadie allí para escucharlo, ¿hace ruido?»

Árbol recién caído en un bosque oscuro, con hojas y polvo suspendidos

Parece una pregunta tonta hasta que alguien intenta responderla. El árbol cae y genera ondas, haya alguien delante o no. Pero si no hay un oído que las reciba, nadie escucha el golpe. Y ahí empieza la discusión: ¿llamamos sonido a esas ondas o solo a lo que oímos?

Lo bueno no era tenderles una trampa para luego sacar la respuesta correcta. Si te quedas en un «sí» o un «no», te pierdes media conversación. Primero tienes que decidir qué estás llamando ruido: ¿lo que ocurre fuera de ti o lo que llega a tus oídos? Dos personas pueden discutir un buen rato y descubrir al final que cada una estaba respondiendo una pregunta diferente. A mí eso me parecía mucho más interesante que ganar la discusión.

Para los de la LOGSE: el árbol se cae igual. Lo que no hay es nadie para decir «hostia, qué ruido».

No recuerdo qué respondió cada uno. Podría inventarme una réplica brillante y quedar de puta madre, pero sería mentira. Lo que sí recuerdo es que volvieron. Habían pasado dos o tres semanas dándole vueltas a una pregunta lanzada entre cervezas y aparecieron con sus propias impresiones.

No me importaba que acertaran o no. Ni siquiera había una respuesta única con la que ponerles nota, porque parte de la gracia estaba en discutir qué queríamos decir con «ruido». Me importaba que se hubieran ido a pensar. Y, sobre todo, que quisieran regresar.

Aquello era «cocaína mental», por decirlo ahora de broma: salías con una duda y, cuando creías haberla resuelto, encontrabas otra detrás. No había premio ni diploma al final. Solo el gusto de volver con una idea que alguien podía desmontarte en dos frases, y tener que pensarla de nuevo. Ver regresar a aquellos chavales me decía que habían entendido el juego. La pregunta no era una prueba para entrar en ningún sitio; era una invitación a seguir tirando del hilo.

¿No quieres taza? Pues toma, taza y media

Aquello no quedó en una noche. Volvían a encontrarnos. En vez de irse a cualquier otro bar a hacer lo esperable a esa edad, elegían regresar donde «los heavys borrachos estos» hablaban de química o se preguntaban cuánta agua cabe en una bayeta. Llegaban con respuestas y les esperaba otra pregunta.

Ahí estaba la parte buena de todo aquello. La conversación no terminaba cuando cerrábamos la noche: se la llevaban puesta. Tenían días para pensar, darle vueltas y regresar con una opinión propia. Yo no recuerdo las palabras exactas que dijeron, y no voy a ponérselas ahora en la boca. Recuerdo algo mejor: que no se conformaron con escuchar y marcharse. Volvieron. Habían convertido una pregunta lanzada casi de pasada en un motivo para seguir hablando. Para mí, eso valía más que cualquier respuesta perfecta.

Grupo de adultos conversando con atención en un bar heavy de luz cálida

La segunda sí la recuerdo: si un platillo volante pasara de cero a dos mil por hora en un instante, ¿cómo evitarías que sus ocupantes acabaran estampados contra la pared de la nave? ¿Se podría evitar de alguna forma?

Ahí la conversación daba otro salto. Una cosa es imaginar una nave rapidísima y otra preguntarse qué les pasaría a las personas que van dentro cuando acelera de golpe. La inercia entraba en el bar sin pedir permiso. No buscábamos que los chavales resolvieran un problema de ingeniería entre dos cervezas; queríamos ver por dónde empezaban a pensar. En una película aceptas que la nave sale disparada y sigues comiendo palomitas. Si te detienes un momento, aparece la pregunta incómoda: ¿y los cuerpos? Ese pequeño «espera, esto no cuadra» podía tenernos hablando toda la noche.

No recuerdo cuánto duró aquello ni qué respondieron a esa segunda pregunta. Recuerdo el mecanismo: una duda salía del bar, seguía viva durante días y regresaba convertida en conversación. Una especie de gymkana sin premio, salvo el de descubrir algo que antes no sabías.

Quizá nos veían como unos gurús. No lo éramos. También dudábamos, nos equivocábamos y nos entusiasmábamos con asuntos que a otra persona le parecerían una gilipollez. Lo que teníamos era una necesidad de tirar del hilo. Si algo nos llamaba la atención, no nos bastaba con decir «qué curioso» y pasar a otra cosa.

Eso era lo que aquellos chavales habían reconocido. No unos maestros. Una forma de estar en el mundo: hacer preguntas, buscar por tu cuenta, volver con una idea y dejar que otro la discuta. Para eso no hace falta una carrera, una biblioteca enorme ni saber usar palabras difíciles. Hace falta que te importe lo suficiente como para volver.

¿Qué fue de ellos?

Hace unos cuatro meses me encontré con uno de ellos en un centro comercial. Él estaba con su familia; nosotros íbamos a ver una película al cine. Hablamos. Me fijé en cómo me miraba la mujer que iba con él, pero no tengo ni idea de qué significaba aquella mirada. Puede que él le hubiera contado algo de las noches del bar. Puede que me conocieran por otra parte de mi vida: fui presidente de un club y, en nuestro entorno, conocía a mucha gente. No voy a adjudicarle a esa escena una importancia que quizá solo existe en mi cabeza. Lo cierto es más sencillo y más bonito: nos reconocimos, hablamos y me alegró saber que le va bien.

Yo sí sé cómo lo recuerdo a él. Como alguien interesante. Con quince o dieciocho años, cuando podía estar pendiente de cualquier otra cosa, decidió escuchar a unos heavys borrachos hablar de preguntas que no daban dinero ni mejoraban el currículum. Y volvió para seguir preguntando. No sé qué lugar ocupa aquello en su memoria; en la mía sigue estando muy vivo.

Tampoco voy a decir que aquellas noches expliquen que hoy le vaya bien. Sería apropiarme de una vida que ha construido él. Pero encontrarlo años después, ya con su familia, me devolvió por un momento al chaval que prefería una pregunta rara a una respuesta fácil. No sé si él hizo ese viaje al verme. Yo sí. Y me recordó que a veces una conversación que para uno es una noche cualquiera se queda guardada durante años en la cabeza de otro.

No creo que aprender te garantice una vida fácil. Ojalá. Pero hay una diferencia enorme entre tener hambre de dinero y tener hambre de entender. La primera puede saciarse o no. La segunda hace que hasta una noche cualquiera en un bar te abra una puerta. Esa necesidad de seguir aprendiendo, incluso cuando nadie entiende por qué te importa tanto una cosa, también atraviesa «Lo que nadie entiende de mis obsesiones».

«El conocimiento es poder», se dice. Yo no sé si poder es la palabra. Para mí, en aquel bar, era otra cosa: la libertad de no quedarte con la primera respuesta. De seguir tirando del hilo aunque nadie te lo haya pedido.

¿Recuerdas alguna conversación aparentemente absurda que te hiciera querer aprender más? Cuéntame tu caso

Un abrazo,

El Nómada


Descubre más desde El Nómada Mental

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario