El mundo está hecho una mierda. Gracias.

Tiempo de lectura: 4 minutos

Sobre el catastrofismo constante y las ganas de tirar la televisión por la ventana

Yo solo me entero de lo que pasa en el mundo cuando escucho la radio mientras voy al trabajo. Y eso ya me vale para pensar que el mundo se ha levantado con ganas de joder.

Una guerra por aquí. Un escándalo por allá. Millones que desaparecen. Gente que roba a manos llenas. Catástrofes, crisis, amenazas, polémicas y una señora que lleva siete días sin comer porque vive en la calle.

Y luego llegas tú, con tus cuatro perras, intentando pagar la luz, la compra y alguna multa que se te haya quedado olvidada. Porque si no pagas una factura, ya te están buscando. Pero si desaparecen millones, parece que hay que abrir una comisión, redactar un informe y esperar a que todo se enfríe.

Así empieza el día: con el café en una mano y la sensación de que el mundo está roto en la otra.

No veo las noticias

Yo no veo las noticias habitualmente. Tampoco veo esos programas de televisión donde varias personas gritan durante dos horas para explicar que todo va fatal. No veo la televisión. Veo series, películas y poco más.

Ah, bueno, sí: y el porno, que no falte el porno.

Las noticias solo suelen entrar en mi vida cuando ha pasado algo realmente gordo. Algo que no puedes esquivar aunque quieras. Y, de vez en cuando, escucho la radio por las mañanas mientras conduzco.

No es que no me importe lo que ocurre. Es que intento protegerme un poco la cabeza.

Porque una cosa es estar informado y otra muy distinta es vivir conectado a una máquina que te recuerda cada cinco minutos que el planeta está lleno de desgracias, imbéciles y gente con demasiado poder.

El problema no es saber que existen los problemas. El problema es recibirlos todos, a todas horas, en formato urgente.

Todo tiene que parecer una emergencia

Hemos convertido la actualidad en una sucesión de titulares. Ya no hace falta entender lo que ocurre. Basta con reaccionar.

Algo pasa y, en cuestión de segundos, aparece en la pantalla acompañado de una palabra enorme: urgente, histórico, escándalo, indignación.

Después llega otro titular que sustituye al anterior. Y luego otro. Y otro más.

La noticia deja de ser algo que intentas comprender y se convierte en una pequeña descarga emocional. Te enfadas, te indignas, comentas algo y sigues deslizando el dedo. Al rato ya estás reaccionando ante otra cosa completamente distinta.

No has solucionado nada. No has entendido demasiado. Pero has estado entretenido.

Y eso es lo que importa.

Sí, ya sé que todo va mal, joder

Bastantes problemas tiene ya cada uno como para cargar también con todas las calamidades que le pasan a los demás.

Tú tienes tus preocupaciones. El trabajo. El dinero. La salud. La familia. Las facturas. Esa cosa que llevas semanas intentando arreglar y que sigue mirándote desde una esquina de la casa.

No necesitas que alguien te recuerde cada mañana que el mundo está roto. Ya lo sabes.

Lo que necesitas, quizá, es que alguien te explique cómo se arregla algo.

Pero eso no genera tanta audiencia. Es más fácil enseñarte el incendio que explicarte cómo se apaga. Más fácil señalar al culpable que hablar de soluciones. Más fácil mantenerte enfadado que ayudarte a pensar.

Y aunque no te des cuenta, escuchar continuamente que el mundo está cada vez peor acaba pasándote factura.

Se te mete en la cabeza. En la placa base.

Hasta que empiezas a mirar alrededor y solo puedes pensar:

«Joder, qué mierda de mundo».

Desconéctate de toda esa mierda

Hace un tiempo estuve casi un mes utilizando un móvil de concha. Tenía WhatsApp y poco más.

Móvil boca abajo frente a un televisor encendido en una habitación tranquila

No podía hacer scroll infinito. No podía entrar en una aplicación para mirar una cosa y acabar cuarenta minutos después viendo vídeos de gente opinando sobre otra cosa completamente distinta. No podía desbloquear la pantalla y encontrarme con una noticia sobre una guerra, una sequía, un escándalo o la última polémica del día.

Y fue liberador.

No porque el mundo dejara de estar hecho una mierda, sino porque dejó de entrar en mi cabeza a todas horas.

Durante ese tiempo no me convertí en una persona mejor. No empecé a meditar al amanecer ni a leer filosofía sentado frente a una ventana. Simplemente dejé de recibir una avalancha constante de información que no podía controlar ni solucionar.

Y resulta que eso ayuda bastante.

Como conté en «Renovarse o morir», a veces cambiar de dispositivo también es una forma de cambiar la relación que tienes con tu propia cabeza.

Volver a tu propia vida

Cuando dejas de consumir actualidad constantemente, empiezas a recuperar espacio mental.

Vuelves a prestar atención a lo que tienes delante. A una conversación. A una comida. A una película. A ese paseo que ibas a dar y nunca dabas porque te quedabas mirando una pantalla.

La vida sigue teniendo problemas, por supuesto. Las facturas no desaparecen. El trabajo no se vuelve maravilloso. La gente poderosa no adquiere de repente conciencia.

Pero al menos puedes enfrentarte a tus propios problemas sin cargar también con los titulares del planeta entero.

Y eso ya es bastante.

Quince días sin actualidad

Por eso recomiendo hacer una prueba sencilla: pasar quince días sin consumir actualidad.

No hacen falta meses para notar la diferencia. Durante ese tiempo seguirán ocurriendo guerras, escándalos, polémicas y situaciones absurdas. El mundo no se detendrá porque tú no estés mirando.

Ya sabes aquello de:

«Si un árbol cae en mitad del bosque y no hay nadie para escucharlo, ¿hace ruido?».

A que nunca te lo habías planteado.

Pues eso es, efectivamente, lo que quiero decir con este artículo. Aunque tú estés ajeno a todas las calamidades que le pasan al mundo, seguirán pasando. La diferencia es que, durante un rato, no las tendrás metidas en la cabeza.

Y probablemente vivirás un poco más feliz.

Ya sabéis que me gusta terminar los artículos con alguna ironía, una risa o una frase para quitarle hierro al asunto. Pero esta vez prefiero terminar con un poco de esperanza.

Porque esto va en serio: nos están machacando la cabeza para mantenernos enganchados a unas pantallas que no dejan de decirnos que todo va mal.

Un abrazo,

El Nómada


Descubre más desde El Nómada Mental

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario