Renovarse o morir

Tiempo de lectura: 4 minutos

Me compré un móvil de concha para escapar de la tecnología. Acabé con un iPhone 15 y una contradicción bastante difícil de explicar.

Durante muchos años he defendido que un móvil debería servir para llamar, mandar mensajes y poco más. Después me compré un iPhone. La evolución personal es una cosa preciosa. Y bastante humillante.

Todo empezó cuando se me rompió el móvil y estuve unas setenta y dos horas incomunicado. Las primeras veinticuatro fueron una molestia. En los tiempos muertos miraba el bolsillo por inercia y pensaba: joder, qué aburrimiento. Las siguientes veinticuatro ya fueron distintas. Y durante las últimas empecé a notar algo parecido al descanso.

Un teléfono de concha con WhatsApp

En vez de comprar otro smartphone, busqué un teléfono de esos de concha, con botones y una pantalla pequeña. Quería que tuviera WhatsApp. No por estar pendiente de todos los grupos, que los tengo silenciados, sino por una razón bastante más práctica: si me pasa algo con la moto, me caigo en el monte o necesito mandar una ubicación, quiero poder escribirle a alguien y pedir ayuda.

Encontrarlo fue más complicado de lo que parecía. Muchas tiendas tenían modelos parecidos, pero no exactamente ese. Al final apareció uno, lo compré y durante tres o cuatro semanas fui feliz. O algo parecido.

El problema llegó cuando tuve que hacer cosas normales de la vida moderna. Entrar en una página oficial para confirmar un correo. Hacer una gestión bancaria. Acceder a una web que utilizaba protocolos de seguridad que aquel teléfono no podía manejar. Para WhatsApp servía perfectamente. Para casi todo lo demás, no.

La liberación no llegó el primer día

La primera semana tampoco fue una fantasía analógica. Escribir con un teclado numérico es volver a la prehistoria: pulsar la G, la U, clic, clic, clic, clic. Contestaba mensajes porque todavía estaba acostumbrado a contestarlos. Luego dejaban de llegar. Y ahí empezaba lo bueno.

Esperabas el autobús y no podías mirar Facebook. Ni una red social. Ni una página web. Con un poco de suerte llevabas un libro. Con menos suerte, un libro electrónico. Y si no llevabas nada, te tocaba estar allí, esperando, sin convertir cada minuto muerto en una pequeña sesión de anestesia.

También podías escuchar música. El teléfono tenía una memoria ridícula, quizá para unas cuarenta canciones. Así que tenías que elegir. Tus cuarenta canciones favoritas. No las cuatrocientas que tienes guardadas por si algún día te apetece escucharlas. Las cuarenta. Y de pronto el móvil te obligaba a hacer algo que ningún algoritmo quiere que hagas: decidir.

La liberación no consistía en sentirte superior por vivir sin tecnología. Consistía en que el móvil dejaba de reclamarte atención. Si alguien necesitaba algo importante, te escribía. Si no, la vida seguía.

La tecnología que sí necesito

No quiero convertir esto en una defensa romántica de volver al pasado. La tecnología también puede salvarte el culo. Si te pegas una hostia en moto, te haces una herida seria y puedes mandar una ubicación, quizá alguien llegue a ayudarte a tiempo. Renunciar a las redes sociales es una cosa. Renunciar a poder pedir auxilio es otra.

El problema es que hemos mezclado ambas cosas. Para tener WhatsApp y poder avisar a alguien cuando lo necesitas, también parece que tienes que llevar encima un banco, una oficina pública, una cámara, un mapa, una tienda, una agenda y una máquina diseñada para distraerte durante horas.

Volví al smartphone porque tenía que hacer trámites con el banco. Y ahí descubrí otra cosa: no solo somos dependientes de la tecnología. También nos hemos acostumbrado a que todo se haga desde el móvil. Ir a una ventanilla a por un papel ya no parece una gestión normal; parece que estás interrumpiendo el ritmo de tu vida.

Coches y motos que no deberían gustarme tanto

Con los coches y las motos me pasa algo parecido. Lo ideal sería tener un coche eléctrico: menos mantenimiento, menos ruido, menos humos y toda esa parte sensata de la historia. Pero luego veo un coche viejo y se me cae cualquier argumento racional al suelo. Me gustan todos. Un Suzuki Jimny, un Seat Ibiza de segunda generación, cualquier cacharro cuadrado que todavía tenga más personalidad que una nave espacial moderna. Y ya si aparecen coches americanos, muscle cars y motores enormes, directamente pierdo la dignidad.

El problema es el precio, claro. Lo que antes era un coche viejo que comprabas por cuatro duros ahora es una pieza de colección, y mantenerlo tampoco sale gratis. Con las motos pasa igual. Ahora parecen naves espaciales, con aletas por todos lados y más electrónica que una oficina. Yo veo una CBR 600 F y me parece que alguien ha entendido perfectamente cómo debe ser una moto: sencilla, bonita y con cara de querer meterse en problemas.

Y ahora tengo un iPhone

Lo compré porque tiene soporte durante muchos años, se revende bien si lo cuidas y porque, después de probarlo, tuve que admitir algo que me dolió bastante: va como un tiro. La vida está llena de contradicciones. Algunas llegan con USB-C.

No se trata de renunciar a la tecnología por postureo analógico. Se trata de decidir qué quieres que haga por ti y qué no. Quiero poder pedir ayuda. Quiero hacer una transferencia si hace falta. Quiero escuchar mis cuarenta canciones. Pero no necesito que cada espera, cada silencio y cada minuto libre vengan con una pantalla encendida.

Y aquí llega la parte que más gracia me hace. Yo llevo toda la vida trasteando con Android. Tuve el HTC Magic, el Hero y todos los cacharros que fueron apareciendo. Cambié ROMs, pirateé la Wii, la PSP y todo lo que se podía piratear. Me encanta Linux, el código libre y la idea de que un aparato sea realmente tuyo.

También llevo media vida llamando pijos a los que tenían un iPhone.

Y ahora tengo un iPhone 15 nuevo, precintado, comprado en Wallapop por 500 pavos.

Me gusta imaginar que detrás había algún excomercial o vendedor de una tienda de móviles, alguien que acabó rayado con la empresa, se quedó con quince y decidió sacarse un sobresueldo. Una pequeña venganza laboral con caja de Apple.

¡Que os jodan!

Como dijo aquel: «Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros».

(Groucho Marx, para los de la LOGSE.)


Descubre más desde El Nómada Mental

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario