¿Y a quién coño le importa?
Hay una frase que cada vez me sale con más frecuencia cuando entro en redes sociales: “¿Y a quién coño le importa?”. No siempre la digo en voz alta, claro. A veces solo cierro el vídeo, deslizo el dedo y sigo con mi vida, que tampoco está como para ir regalando minutos a cualquier cosa que aparezca en pantalla. Porque la opinión ajena no merece siempre nuestra atención.
Porque las redes están llenas de cosas que parecen haber sido diseñadas para ocupar espacio. Vídeos cortos, shorts, reels y demás formatos en los que alguien necesita meter siete cortes para decir una frase de seis palabras. “Hola, ¿qué tal? ¿Cómo estás?”. Corte. Zoom. Otro corte. Golpe de sonido. Texto grande. Otro zoom. Y, cuando por fin ha terminado la frase, parece que te la ha disparado una metralleta.
No sé si eso fabrica yonquis de la dopamina, ni voy a ponerme ahora una bata blanca para diagnosticarlo. Pero desde luego sí parece diseñado para que no aguantes ocho segundos sin que algo haga “¡pam!”. No te dejan escuchar una idea, ni una frase, ni siquiera una respiración. Todo tiene que ser rápido, intenso y perfectamente troceado para que el dedo pida el siguiente vídeo antes de que hayas pensado en el anterior.
Y luego está el contenido en sí. La foto de los pies en la playa. El desayuno. El cóctel. La puesta de sol. La persona que te comunica que está disfrutando muchísimo de sus vacaciones mientras te enseña exactamente la misma playa que han enseñado otras trescientas mil personas esa semana.
Me importa una mierda que estés en la playa. Me importa una mierda lo que has desayunado. Me importa una mierda que hayas encontrado una hamaca con vistas al mar. No porque tu vida no tenga valor, sino porque no tengo ninguna relación con ese desayuno, esa hamaca ni esos pies. No todo lo que te ocurre necesita convertirse en contenido.
También están las frases motivacionales. Gente que te explica cómo tienes que vivir, cómo tienes que luchar, cómo tienes que madrugar y cómo tienes que levantarte cada mañana a conquistar el mundo.
Normalmente lo hacen mientras ponen una música épica de fondo y miran a cámara como si acabaran de regresar del Himalaya.
Para mí, muchas de esas personas son como un cura dando consejos sobre el matrimonio. El que menos experiencia tiene sobre el asunto es el que se sube al púlpito a explicarte cómo tienes que vivirlo. Y así con todo: si alguien no ha demostrado nada, pero habla con suficiente seguridad y pone una frase blanca sobre un fondo negro, de repente parece que tiene las respuestas.
Y luego está el contenido sexual disfrazado de otra cosa. La persona que “cocina” prácticamente desnuda, el vídeo de la playa que consiste en enseñar el culo, el directo en el que alguien baja el escote mientras finge que está interactuando con su comunidad o el supuesto body painting que empieza con una persona en tetas y termina con dos cacharros estratégicamente colocados.
Todo eso ocurre para que el algoritmo pueda mirar hacia otro lado.
No tengo ningún problema con que exista el porno digital. Siempre ha habido películas porno, revistas y contenido para adultos. Si no te gusta, no lo veas. El problema es que se intente vender como otra cosa mientras la plataforma se lleva su parte. Para mí, eso es vender el cuerpo en formato vertical: una especie de prostitución digital con filtros, algoritmo y música de fondo.
Y lo digo habiendo pasado por ese mundo. He hecho más de mil vídeos y muchísimas horas de streaming. Durante años estuve haciendo directos en Twitch y llegué a recibir un baneo de tres días porque, al levantarme para ir al baño, se me vio accidentalmente la raja del culo. Tres días.
Mientras tanto, si tienes suficientes espectadores y generas suficiente dinero, parece que las normas se vuelven flexibles. Puedes cocinar, agacharte, posar, enseñar medio cuerpo y llamarlo entretenimiento, interacción o arte. Pero si tienes cien espectadores, cuidado con que no se te marque un huevo al levantarte de la silla. No vaya a ser que alguien descubra que los seres humanos tenemos cuerpo.
No es que me crea moralmente superior ni que quiera decidir qué puede ver cada uno. Simplemente me parece bastante evidente que las plataformas tienen una moral muy flexible: estricta cuando no sacan dinero y comprensiva cuando sí lo sacan.
Ajá, muy bien. Toma un pin. Pero meh
Luego está el contenido que no es completamente inútil, pero tampoco merece la ceremonia con la que se presenta. La rutina de gimnasio. El house tour. Cómo alguien se cepilla los dientes, prepara la comida o coloca los calcetines por colores. “Así organizo mi mañana”. “Esto como en un día”. “Ven conmigo a hacer algo absolutamente normal”.
Ajá, muy bien. Toma un pin. Pero meh.
Aquí hay que reconocer que depende mucho de quién lo vea. Para alguien que está empezando en el gimnasio, una rutina puede ser útil. Alguien puede aprender una receta viendo cómo otra persona prepara la comida. Un house tour puede inspirar a quien está buscando ideas para organizar su casa. Siempre hay algo que rascar si buscas lo suficiente.
Pero, en general, muchas de esas publicaciones son el equivalente digital de los temas de relleno de un disco. Los discos buenos de AC/DC, de grupos de los ochenta, de los noventa o como mucho de los primeros dos mil podían tener tres o cuatro canciones brutales: con mensaje, con técnica, con música y con algo que las hacía quedarse contigo. Luego había que completar doce o quince pistas, así que se metían unas cuantas más.
No eran necesariamente insoportables. Simplemente estaban ahí porque había que llenar el disco.
En las redes pasa lo mismo. Hay vídeos que sí tienen una idea cojonuda, otros que te enseñan algo y una cantidad enorme de contenido que existe porque alguien sentía que tenía que publicar. No tenía nada especialmente importante que decir, pero tampoco quería dejar de aparecer en la lista de novedades.
Mi rutina de gimnasio. Mi casa. Mi desayuno. Mi forma de doblar camisetas. Mi mañana perfecta. Mi tarde productiva. Mi noche de autocuidado.
¿A quién coño le importa? Bueno, quizá a alguien. Pero no necesariamente a mí, y eso también debería estar permitido.
Venga, va, te lo compro
Después está el contenido que no te cambia la vida, pero te resuelve una pequeña putada cotidiana. Y eso sí tiene valor.
Por ejemplo, los macarrones. Toda la vida cogiendo la cazuela, llevándola a la fregadera y volcando el agua sobre el escurridor, esperando que no se escape ningún macarrón por el camino. Y entonces alguien te enseña que puedes poner el escurridor encima de la propia cazuela, apretar y girar. El agua sale y los macarrones se quedan dentro.
No has descubierto la penicilina. No has conseguido que el microondas caliente la comida por los dos lados. Tampoco has resuelto el problema del precio de la vivienda. Pero llevas media vida perdiendo macarrones por la fregadera y, de repente, alguien te enseña una forma sencilla de no volver a hacerlo.
Venga, va. Te lo compro.
Ese tipo de cosas me encantan. Pequeños trucos, descubrimientos cotidianos y soluciones que parecen una chorrada hasta que te das cuenta de que las vas a utilizar cada semana. No son grandes avances mundiales, pero te hacen pensar: “¿Cómo narices no se me había ocurrido antes?”.
También puede ser una receta que realmente te da una idea, una recomendación que te ahorra dinero, una forma de arreglar algo o alguien explicando cómo ha resuelto una cagada. No hace falta que cada vídeo cambie tu manera de entender el universo. A veces basta con que te mejore un poco la vida.
Esa es la diferencia entre compartir una experiencia y rellenar espacio. Una persona puede enseñarte cómo cocina y no aportarte absolutamente nada. Otra puede enseñarte una forma de preparar algo que vas a repetir durante años. La acción es la misma; lo que cambia es lo que te llevas al terminar.
¡Aleluya! Por fin algo útil
Y luego están los contenidos que sí merecen tiempo. No porque sean espectaculares, ni porque tengan un montaje perfecto, ni porque alguien grite cada veinte segundos para impedir que cambies de vídeo. Merecen tiempo porque cuentan algo de verdad.
Por ejemplo, me gusta mucho el canal de Nelo Fernández, Viaja o Revienta. No por la versión bonita y perfectamente iluminada de la vida en furgoneta, esa en la que todo consiste en despertarse frente a una playa, tomarse un daiquiri y contemplar la naturaleza sin ruidos. Las buenas ya nos las sabemos todos.
Lo interesante es que también cuenta lo demás: los gastos, las averías, el mantenimiento, los problemas, las aguas negras y todo lo que desaparece misteriosamente de los vídeos cuando alguien te vende la vida nómada como una sucesión de puestas de sol.
Nelo habla de su autocaravana, la Gran Penélope, de viajes y de motos. Suele moverse con Royal Enfield y ahora va con una 250. Se nota que vive en la moto, pero no intenta convertirse en un gurú ni venderte una vida perfecta. Un día está eufórico, otro está más apagado y otro está amargado. Y se nota en el tono de voz, porque parece una persona normal contándote cómo está, no una marca personal intentando mantener una sonrisa durante doce minutos.
Yo he sido durante ocho años presidente de un club motero de Harleys y motos custom, así que sé reconocer cuándo alguien habla desde la experiencia y cuándo alguien simplemente está rellenando minutos. Por eso valoro ese tipo de contenido: no porque quiera copiar exactamente su vida, sino porque alguien está dispuesto a enseñar la experiencia completa.
También prefiero ver un vídeo de ciencia de QuantumFracture, aprender algo sobre el mundo y quedarme pensando un rato, que ver el enésimo vídeo de una tormenta, una campaña y una persona cortando leña mientras posa para la cámara. Una cosa me aporta conocimiento. La otra puede tener una puesta de sol preciosa, pero no sé qué hago yo con ella después.
Con los años te das cuenta de que hay cosas que antes te emocionaban y que, si eres un pajero, puedes seguir consumiendo eternamente. Pero también aprendes que el tiempo vale más que el dinero, más que unas tetas grandes y más que cualquier contenido fabricado para retenerte treinta segundos.
Por eso empiezas a bloquear cosas. Ves un título, reconoces el clickbait y ya sabes que dentro hay otra mierda disfrazada de contenido. Pues fuera. No quiero que me salga ni en la lista. Siguiente. Siguiente. Siguiente.
No porque te hayas vuelto un señor aburrido que desprecia todo lo que no sea una conferencia científica. Simplemente has aprendido que cada minuto que le regalas a algo que te resta es un minuto que no puedes dedicar a algo que sí te interesa. Y eso también ocurre con las personas, con las discusiones y con las relaciones.
Si una relación se vuelve tóxica, da igual que lleves muchos años dentro. Si te está haciendo daño, se deja. No tienes que seguir ahí porque hayas invertido demasiado tiempo. Hay más peces en el río. Algunos serán unos idiotas, otros te harán perder el tiempo y alguno, con suerte, sabrá preparar unos macarrones sin que se le escape ninguno por la fregadera.
Con internet pasa igual. Si un contenido te enfada, te amarga o no te aporta nada, puedes apartarte. No hace falta entrar a discutir con todo el mundo, ni comentar en un canal que detestas para explicar que lo detestas. Si no te gusta, no lo veas. A veces la decisión más inteligente es cerrar la pestaña y buscar otra cosa.
No se trata de hacerse el superior. Se trata de elegir.
Al final, o evolucionas o te quedas consumiendo lo mismo para siempre.
Evolucionar o morir.
Aunque, bueno… las pajillas siempre estarán ahí…¿no?
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