Las putas guerras

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Las putas guerras tienen una costumbre: quien las declara casi nunca es quien pone el cuerpo.

Si yo fuera presidente y anunciara que voy a invadir Francia con un caballo y una lanza, la aventura probablemente terminaría en cuanto el primer soldado me viera venir. Me parece un plan de mierda, pero al menos sería mi plan de mierda. Pondría mi cuerpo delante.

Hoy no hace falta. Hoy puedes sentarte en un despacho, señalar una raya en un mapa y enviar a otros. Los que cruzan la frontera no llevan tu cara. Los que no vuelven tampoco. Y después sales a hablar de sacrificio, de honor y de lo difícil que ha sido tomar la decisión.

Difícil para ti. Para quien se queda debajo de las bombas, bastante más.

No me vendas una invasión como defensa

Que quede claro: si alguien entra en tu casa para matar a los tuyos, defenderlos me parece legítimo. Yo también querría proteger a mi gente. No estoy escribiendo desde una superioridad pacifista que se derrumbaría al primer disparo.

Hablo de otra cosa. De cruzar al país de al lado para quitarle lo suyo porque alguien ha decidido que nos conviene. De convertir una ambición en una amenaza urgente, ponerle una bandera encima y esperar que nadie pregunte demasiado. Y, si preguntas, llamarte antipatriota.

El Nómada se agacha ante un mojón fronterizo en una carretera lluviosa.
Una raya en el mapa no decide cuánto vale una vida.

Yo quiero mi tierra. Mis recuerdos, mi manera de hablar, las cosas que reconozco como mías. Haber viajado y conocido otras culturas no me ha quitado eso. Lo que me ha quitado es la facilidad para creer que una vida vale menos al otro lado de una frontera.

Una raya puede servir para organizar países. Lo que no entiendo es el salto siguiente: «Es de fuera, así que podemos mandarte a matarlo». ¿En qué momento hemos aceptado esa cuenta?

El que da la orden se queda

Me dirán que las guerras siempre han existido. Claro. Tontos ha habido siempre. Egoístas también. Gente a la que no le basta con lo suyo y quiere lo de otro. Lo que me cuesta entender es por qué seguimos poniendo el cuerpo para que ellos consigan lo que quieren.

¿Cómo coño puede alguien jugarse la vida para quitarle a otro lo suyo y entregárselo a un tercero?

Pienso en Irak y en las armas de destrucción masiva que se usaron para defender aquella invasión. Las inspecciones de la ONU no hallaron los programas activos que se buscaban. Décadas después podemos discutir los intereses de cada gobierno, pero no devolverle la vida a quien murió por el camino. Informe de UNMOVIC.

Y no es una cuestión reservada a los libros de historia. Rusia invadió Ucrania. Estados Unidos llevó a cabo una acción militar en Venezuela en enero de 2026. Cada caso tiene su historia y sus responsables. La pregunta que me hago al verlos es la misma: ¿quién decide que hay que usar la fuerza y quién termina pagando esa decisión?

Ya me hice otra versión de esa pregunta en «¿Y quién decide que esto es lo que toca?».

Los políticos siempre encuentran una explicación. Si la cosa sale mal, heredaron el problema. Si se alarga, no había alternativa. Si alguien vuelve en una caja, hablan de su valor. Joder, el valor lo puso él. El político puso la firma.

Y sí, también hablo de Trump. Cuando un subnormal gobierna un país con semejante capacidad militar, es normal que uno mire las noticias y se pregunte qué coño puede pasar después. Pero reducirlo todo a un nombre sería demasiado cómodo. El problema existía antes de él y seguirá ahí cuando se vaya: demasiado poder para decidir y demasiada distancia con las consecuencias.

Ya me salió esa misma rabia al escribir «El mundo está hecho una mierda. Gracias.».

La medalla no paga la factura

Hay videojuegos malos a los que nadie dedicaría diez minutos. Les pones un ranking y, de repente, la gente juega durante semanas para quedar por encima del vecino. Me pregunto cuánto de esa lógica se cuela también en las guerras: escalafones, ascensos, medallas, palmaditas en la espalda. Subir un puesto. Demostrar que puedes cumplir una orden.

No digo que todos los militares piensen así. Algunos creen de verdad que protegen a alguien. Otros quizá tengan dudas y sigan porque toda su vida está montada alrededor de obedecer. Pero el uniforme no convierte a una persona en una máquina. Se muere su madre y llora como cualquiera. Lo mismo que la persona que tiene enfrente, nacida al otro lado de la puta raya.

El Nómada mira una medalla y una carta sobre una mesa; frente a él hay una silla vacía.
La medalla no paga la factura de quien no vuelve.

Por eso me parece obsceno llamar «héroe» a alguien que murió y dejar ahí la conversación. Puede haber actuado con valor. Su familia merece respeto. Pero ¿por qué tuvo que morir? ¿A quién beneficiaba aquella misión? ¿Quién pudo decir que no y no lo dijo?

Se me ocurre una medida que no sé cómo se haría funcionar, pero que sirve para dejar al descubierto el problema: antes de ordenar una invasión, que voten quienes tendrían que ir. Apostaría a que muchos levantarían la mano para defender su casa si la atacan. ¿Cuántos la levantarían para quedarse con la del vecino?

Pico y pala

Y luego está China. La segunda economía del mundo desde hace años. Con sus problemas, sus intereses y sus amenazas, que tampoco vamos a hacernos los gilipollas. Pero ahí sigue: pico y pala, pico y pala, ganando peso sin necesitar una invasión a gran escala cada vez que quiere demostrar que existe. ¿Es un modelo que haya que aplaudir? No. ¿Demuestra que el poder no se ejerce solo con bombas? Joder, claro que sí. FMI.

Y entonces vuelvo al principio: si hay otras formas de hacerse poderoso, ¿por qué algunos siguen eligiendo mandar a otros a matar y morir?

Yo declaro la guerra. Tú vas y mueres.

No sé si me estoy haciendo mayor o más humanista. Cada vez veo menos noticias porque me duele más ver en qué nos estamos convirtiendo.

¿Y tú qué opinas de esta mierda? ¿Te estás haciendo mayor o también te niegas a acostumbrarte?

Te leo en comentarios.

Un abrazo,
El Nómada.


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