Hay jaulas que aprendieron a llamarse rutina.

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Hay jaulas que aprendieron a llamarse rutina.

No tienen barrotes. Tienen horarios, mensajes pendientes, conversaciones repetidas y una agenda que parece razonable desde fuera. Nadie las señalaría como una prisión porque, en realidad, se parecen demasiado a una vida normal.

La rutina puede ser un refugio cuando el mundo aprieta. Pero también puede convertirse en una forma educada de no mirar. Uno se levanta, cumple, responde, vuelve a casa y se convence de que estar cansado es lo mismo que estar vivo.

La jaula funciona mejor cuando no parece una jaula.

A veces no hace falta que alguien nos obligue a quedarnos. Basta con que llevemos demasiado tiempo llamando estabilidad a lo que nos apaga. Basta con que confundamos costumbre con deseo y tranquilidad con ausencia de movimiento.

Entonces llega una pregunta incómoda: si mañana desapareciera esta rutina, ¿qué parte de ella echaría realmente de menos?

No siempre hay que romperlo todo. Tampoco hace falta convertir cada incomodidad en una revolución personal. Pero sí conviene reconocer cuándo una rutina ha dejado de acompañarnos y ha empezado a vigilarnos.

Hay lugares de los que uno no se marcha porque sean insoportables, sino porque ya no queda dentro de ellos ninguna versión posible de uno mismo.

Quizá la libertad no empiece con una gran decisión. Quizá empiece cuando dejamos de llamar hogar a cualquier sitio donde hemos aprendido a sobrevivir.

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