La papelera amarilla

Tiempo de lectura: 4 minutos

La nostalgia también sabe mentir. Pero a veces solo necesita una papelera para devolverte a los diez años.

Hay olores que no te recuerdan una cosa concreta. Te devuelven una edad.

De pequeño, cuando iba a Murcia, había un olor que aparecía siempre. No sé qué plantas eran. Quizá jazmín. Pero Murcia olía a Murcia y, cuando he vuelto muchos años después, seguía oliendo igual.

Lo hueles y vuelves a tener diez años.

Eso sí que es una máquina del tiempo. Y no hace falta que el recuerdo sea importante ni especialmente bonito. A veces basta con una canción infantil, desgraciadamente. O con acordarte de Diablo 1, cuando la oscuridad era oscuridad de verdad. O de Stargate SG-1, una casa a la que volvías cada semana.

De vez en cuando aparece un olor, un juego o una serie y te deja mirando al techo como si acabaras de recibir un tortazo del fantasma de tu bisabuelo.

Y piensas que antes todo era mejor.

La papelera amarilla

Cuando eres pequeño, casi todo es nuevo. Una calle, una tienda, un sonido o una papelera amarilla.

Hoy pasamos junto a una papelera y no nos inmutamos. Pero de niño podías quedar con alguien «en la papelera amarilla» y aquello se convertía en el centro del universo.

No era una papelera. Era un punto de encuentro, una coordenada secreta, una prueba de que el mundo estaba lleno de cosas por descubrir.

Por eso se dice que, al hacerse mayores, los años pasan volando. Yo no creo que el tiempo acelere. Creo que la rutina comprime los recuerdos. Si todos los martes se parecen a todos los martes, al mirar atrás solo queda un martes enorme, repetido y sin esquinas.

La rutina es necesaria. Lo descubres al volver de quince días de vacaciones pensando: «Dios, qué ganas tenía de mi vida normal».

Nos quejamos de levantarnos a la misma hora, del trabajo y del pim, pam, pum de todos los días, pero una vida sin ninguna estructura también acaba saturando. El problema no es tener una rutina. El problema es que la rutina se convierta en todo.

Un maletín debajo de una cama

Hay recuerdos que no parecen importantes mientras están ocurriendo. Por ejemplo, ahorrar la paga con tu mejor amigo de la infancia para comprar entre los dos una revista de videojuegos.

La Superjuegos, la Micromanía o cualquiera de aquellas revistas podía convertirse en un acontecimiento. No era solo comprarla. Era guardar el dinero, decidir cuál, leerla viendo los videojuegos y suspirar por juegos que nunca alcanzarías, poniendo cara de Gollum con el anillo. Y luego llevarla a casa como si dentro hubiera un tesoro.

Mi amigo tenía un maletín debajo de la cama. Allí guardábamos las revistas. Un maletín. Debajo de una cama. Y aquello parecía una cámara acorazada llena de conocimiento: trucos, fotografías, análisis, juegos que todavía no podíamos comprar y promesas de mundos a los que entraríamos algún día.

Ahora lo miro desde lejos y pienso: era feliz y no lo sabía.

Quizá esa frase también sea una trampa. No sabía que era feliz porque no estaba obligado a ponerle nombre. Simplemente esperaba la siguiente revista, la siguiente partida o la siguiente tarde.

El futuro tampoco salió como lo dibujaron

Cuando era pequeño, el futuro tenía coches voladores. En el año 2000 ya deberían estar aparcando en los tejados. Llegó el año 2000 y siguieron pegados al suelo, quemando combustible fósil y costando un riñón.

Y, sin embargo, apareció algo que sí habría parecido imposible: la inteligencia artificial. No tenemos coches voladores, pero podemos hablar con una máquina, pedirle que escriba, que dibuje, que explique una idea o que nos ayude a ordenar la cabeza. El futuro llegó, solo que aparcó en otro sitio.

El naranja de los Cheetos

Me gustaría volver a las quedadas para jugar al ordenador en red. Las LAN party, como las llamábamos entonces —o como las llamábamos nosotros—.

Quedabas con tus amigos, ibas al supermercado y comprabas patatas fritas, Coca-Colas y todo lo que pudiera mantenerte despierto durante horas. Luego montabas los ordenadores, conectabas aquella maraña de cables y te pasabas la tarde jugando con el morro lleno del naranja de los Cheetos.

No hacía falta un restaurante de moda ni una experiencia para ser fotografiada. Había amigos, ordenadores, comida barata y la sensación de que la noche podía durar.

No es que antes no costaran las cosas. Es que no pensabas en el precio de cada experiencia. El recuerdo no llevaba factura.

No queremos volver a todo

También había problemas familiares. Claro que los había. La diferencia es que, siendo un niño, no tienes la perspectiva suficiente para entenderlos del todo. Están ahí, flotando en el ambiente, pero no sabes todavía cómo se llaman ni cuánto pesan.

Eso no los hace menos reales. Solo significa que el mundo era mucho más grande que ellos.

Cuando alguien dice que quiere volver a su infancia o a otra época, casi nunca quiere recuperar el paquete completo. Quiere recuperar algunas sensaciones: tener tiempo, sorprenderse y no convertir cada minuto libre en algo productivo.

Eso es lo que hace la nostalgia: mezcla una época con la persona que fuimos dentro de ella y luego nos vende el conjunto como si fuera inseparable.

Todo tiene su momento

También recordaré otras épocas: el club de motos custom, los bares heavies, las noches y la gente de aquel momento.

Lo que echo de menos de aquella hermandad no es solo la música. Es compartir escenarios con la misma gente sin sacar el móvil ni hacer una foto para demostrar que estabas allí.

Y también echo de menos ser más joven y salvaje. Antes te soltabas el pelo, meneabas la melena durante un solo y te daba igual todo. Ahora ves a un chaval haciendo exactamente lo mismo y piensas: «Vaya gilipollas». Luego recuerdas que tú estabas viviendo ese mismo momento. Y se te pasa.

No hace falta desmontar los recuerdos

La nostalgia no es exactamente una mentira. Es una versión montada. Recuerda la partida, pero no las horas de espera; la tarde con los amigos, pero no todos los días vacíos. El pasado llega pulido. El presente viene sin editar.

Eso no significa que haya que declarar la guerra a los recuerdos. Hay canciones que siguen abriendo puertas. Hay objetos que nos devuelven a lugares a los que no podemos volver.

Podemos mirar atrás sin convertir el recuerdo en una sentencia contra el presente. Podemos admitir que algo fue hermoso sin fingir que todo fue perfecto. Podemos echar de menos una etapa sin querer repetir cada una de sus circunstancias.

Y podemos aceptar que quizá no queremos volver.

Quizá solo queríamos acordarnos.

Porque la nostalgia también sabe mentir. No miente del todo. Solo cuenta la historia que más le conviene.

Venga, no te hagas el adulto maduro. Reconócelo: todavía te emocionas con una chorrada, sigues comiendo golosinas a escondidas y, si te ponen delante un buen chupachús, tampoco vas a decir que no.

Un abrazo,

El Nómada


Descubre más desde El Nómada Mental

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario